En la Feria Ulibro 2025 se vivió una interesante puesta en escena que combinó yoga, danza y movimiento.
‘Estruendo’, una maravillosa puesta en escena de danza contemporánea y compuesta por cinco actos, logró despertar las emociones de quienes se dieron cita ayer a Neomundo, en el que fuera uno de los momentos más conmovedores del tercer día de la Feria Ulibro 2025.
La obra, concebida como un viaje entre el yoga, la danza y el movimiento, fue una experiencia profundamente sensorial y espiritual.
Las escenas, envueltas en la penumbra y las luces, impactaron al público. El crepitar del fuego resonó en el silencio y se transformó en símbolo de la intuición, esa sabiduría natural que surge desde lo más profundo de cada ser humano y que guía, aunque a veces se ignore, las decisiones de la vida.
Sobre el escenario, niños, adolescentes, adultos y personas mayores —que son estudiantes de Mukti, el espacio vivo de Cabecera, liderado por María Lucía Agón Ramírez— dieron cuerpo a esta metáfora.
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Agón Ramírez, quien por tercera vez participó en Ulibro, unió su talento al de estudiantes y docentes de la Facultad de Música de la Universidad Autónoma de Bucaramanga, logrando que cada espectador se conectara con esa voz interior que clama ser escuchada más allá del ruido social.
Los personajes representados eran la mujer, el hombre, la madre selva, los jóvenes, los adultos y el propio público, invitados todos a reconocerse en el espejo de la obra. Con cada escena, las luces evocaban el fuego, mientras retazos de tela en el suelo se recogían lentamente, como fragmentos de la vida. La música incorporó sonidos urbanos -bocinas, motores, el bullicio de la calle- para dar paso a los movimientos rígidos y mecanizados de jóvenes y adultos. Esa escena, cargada de fuerza, representó la vida desconectada de la intuición, sometida a la rutina, las obligaciones y las responsabilidades que sofocan la voz interior.
Luego, el escenario se llenó de sonidos selváticos, un estruendo revelador que abrió paso a los niños. Ellos, con su naturalidad y alegría, simbolizaron la suavidad y la esencia primigenia de la sociedad. Corrieron, jugaron y se movieron con espontaneidad, como un cardumen que retorna a los orígenes: libres, sensibles y reactivos a los estímulos del entorno. En ellos se reveló la intuición pura, esa capacidad innata de percibir más allá de los cinco sentidos.
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Luego, los bailarines se unieron en la formación de un cardumen abierto, metáfora de la interiorización de la intuición. El cuerpo entero se entregó al contacto con el suelo: pies, manos, pecho y espalda fundidos con la tierra.
Cada movimiento encarnó un “yo” salvaje, instintivo e irrepetible, capaz de contener infinitas ideas, imágenes y particularidades. Ese “yo” que sabe escuchar al otro, que elige vivir para el amor y para los ciclos inquebrantables de la vida, la muerte y el renacer.
En el cierre, los bailarines se acercaron al borde del escenario y lanzaron un llamado al público: la invitación a despertar su propia naturaleza intuitiva, aquella que late dentro de todos y que a veces queda sepultada bajo el mundanal ruido













