Dos sobrevivientes de la fatal avalancha que dejó a Mocoa bañada en barro y dolor narraron la forma en que evitaron la muerte. Al menos 250 muertos deja la tragedia.

Publicado por: COLPRENSA
“Si yo me quedó con ella, también me voy. Yo sí salí corriendo. ¿Pa' dónde va vecina?, pal parque –respondió ella-- pero vecina no alcanzamos a llegar”.
Eneira Cerón narra la forma en la que logró salir de la avalancha que se produjo en Mocoa. No puede contener las lágrimas mientras cuenta como vio morir a sus vecinos, en una noche de terror y angustia, en la que el lodo hundió las casas y a más de 200 habitantes del lugar.
Era la madrugada del sábado en el barrio Los Pinos (uno de los primeros y más afectados por la catástrofe). El agua producía un sonido perturbador parecido a un zumbido, en la casa solo estaba ella y su sobrino, Esteban. Él insistía en que debían salir de ahí lo antes posible, pero Eneira pensó que no podía salir a la calle en Pijama.
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Tomó unos pantalones cortos de índigo y una camiseta amarilla, que estaban sucios encima de la moto, y se vistió; buscó una bolsa plástica y metió 100 mil pesos que tenía enrollados en un huequito de la pared, cogió su celular y sacó la sombrilla.
Esteban ya no estaba, había salido despavorido para salvar su vida. Eneira vio cómo su vecina en lugar de salir puso los candados a las rejas, “seguro que el papá le dijo que lo esperará, pero si yo me quedó con ella, también me voy”.
Ella salió corriendo y se cruzó a otra de sus vecinas. ¿Pa' dónde va vecina? --preguntó Eneira--, Pal parque --respondió--, pero vecina no alcanzamos a llegar.
Sin embargo, lograron cruzar el puente. La avalancha venía detrás de ellas, la amenaza de lodo y rocas las acechaba, “pero nosotros caminábamos entre solo agua, fue entonces, cuando un árbol me cayó encima, pero fue ese mismo árbol el que me sacó a flote”.
Su nueva compañera de huida no podía creer que la estaba viendo de nuevo y con vida, la abrazó y continuaron su marcha por medio de cadenas humanas, que les permitieron unir esfuerzos para salir de adelante.

Eneira cuenta como en este éxodo, uno de sus vecinos de no más de 14 años agarró con todas sus fuerzas los cables de la luz mientras sostenía a su pequeña hermana de 4 años en la mano, pero la avalancha se la arrebató. Solo él resultó con vida.
Al final de la noche llegaron al ITP, un centro educativo ubicado en la parte más alta de Mocoa, donde su esposo, Alejadro Iles, le había dicho que fuera en caso de emergencia. Allí en el andén de la entrada fue donde pasó la noche. Solo hasta el otro día lo abrieron e instalaron el albergue en ese lugar.
Su sobrino Esteban la dio por muerta, sin embargo, fue a buscarla al día siguiente. Él decidió pasar la noche en la casa de un amigo que vive fuera de Mocoa, en Pueblo Viejo, caminó toda la noche para llegar allá. “Mi meta era salir de Mocoa, porque siempre he pensado que toda se va a inundar, si porque solo ahí canales de agua y eso es como un hueco”.
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Cuando llegó a Los Pinos le costó ubicar el lugar donde antes quedaba la casa, “quedó como una playa, no había nada y todo el tiempo sacaban cadáveres y más cadáveres”. Buscando entre los muertos, escuchó el rumor de que su tía estaba en el albergue y salió a su encuentro.
Por su parte, el esposo de Eneira, no puede venir por su trabajo y su hijo que estudia en Neiva, quiere venir a visitarla pero ella le asegura que está bien y que es mejor que venga para Semana Santa. Les dijeron que les iban a subsidiar 250.000 para pagar un arriendo, aunque ella aún no sabe qué va a hacer, aún le cuesta aceptar que ya no está su casa y solo espera que su esposo le diga dónde vivirán.
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A pesar de haber perdido totalmente sus bienes, de tener heridas en sus rodillas y brazos, de haber recibido un golpe en la cabeza y de que un compañero le hubiera tenido que enderezar un dedo del pie de un solo golpe; Eneira piensa que la vida le dio una segunda oportunidad. “Es que yo vi a la muerte de frente y me encomendé a mi Dios”.

"No perdemos la fe"
Aferrado a su santo de devoción, Alonso Martínez trata de recuperar lo poco que le queda de los enseres que le dejó la avalancha presentada este fin de semana en la ciudad de Mocoa, Putumayo.
“Esa noche me fui con mis dos hijos de 8 y 11 años para la casa de un hermano que estaba de cumpleaños, nos había invitado a una comida, y con los niños nos fuimos, pero a las 9:00 de la noche comenzó a llover duro y no escampaba, entonces mi cuñada me dijo que nos quedaremos a dormir con ellos”, relató el afligido hombre, mientras sostenía en sus manos la imagen del Sagrado Corazón, elaborado en yeso.
“Estamos vivos por un milagro de mi santo”, sonrió nervioso. Sigue hablando mientras busca en los escombros de lo que fue su casa algunos enseres que le sirvan para empezar de nuevo.
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Martínez fue uno de los primeros que llegó al barrio San Miguel, a principio del año 2005, huyendo de los paramilitares, que los desalojaron de su finca junto con sus padres por señalarlos de auxiliar a las FARC.
“Fuimos unos de los primeros de levantar casa en este sitio que al principio fue invasión”, puntualizó.

Sin embargo, y a pesar del dolor que le embarga, dice que no se ha perdido nada y que le tocará empezar de nuevo como en el pasado.
Hoy junto con sus dos hijos pasa las primeras noches en la casa de su hermano mientras consigue la propia.
Eso sí afirma que lo primero que hará será un altar al Sagrado Corazón de Jesús, el santo de su devoción.














