La captura de Nicolás Maduro tras una operación militar estadounidense reabre el debate sobre la neutralidad de la FIFA, el precedente ruso y si el país anfitrión del próximo Mundial puede quedar al margen de sanciones deportivas.

La madrugada del sábado 3 de enero no solo alteró el tablero político de América Latina: también estremeció al fútbol mundial.
Mientras los bombardeos estadounidenses caían sobre territorio venezolano y se confirmaba la captura del presidente Nicolás Maduro, una pregunta incómoda comenzó a recorrer estadios, federaciones y despachos internacionales: ¿puede un país anfitrión del Mundial 2026 involucrarse en una acción militar de esta magnitud sin consecuencias deportivas? A menos de seis meses de la Copa del Mundo, el silencio de la FIFA vuelve a poner bajo la lupa los límites reales de su proclamada neutralidad.
La operación en Venezuela y la duda que llegó al fútbol
La intervención militar ejecutada por el gobierno de Estados Unidos contra Venezuela, que incluyó bombardeos y una operación para capturar a Nicolás Maduro, generó de inmediato especulación sobre posibles represalias en el ámbito deportivo. El foco se trasladó rápidamente hacia la FIFA, considerando que Estados Unidos es el eje organizativo y operativo del Mundial 2026, junto con México y Canadá.

Hasta el momento, el máximo ente del fútbol mundial no ha emitido ninguna postura oficial sobre lo ocurrido, ni ha anunciado la apertura de procesos disciplinarios o administrativos contra la federación estadounidense.
La postura histórica de Gianni Infantino
En octubre de 2025, Gianni Infantino, presidente de la FIFA, había dejado clara su visión institucional:
“La FIFA tiene el compromiso de utilizar el poder del futbol para unir a las personas en un mundo dividido”.
No obstante, el dirigente también marcó un límite evidente al señalar que la FIFA “no puede solucionar los problemas geopolíticos”, aunque sí debe fomentar el fútbol mediante valores como la unidad, la educación, la cultura y la solidaridad. Esa declaración hoy adquiere una dimensión distinta frente a un conflicto armado protagonizado por uno de los países anfitriones del Mundial.
Qué dicen los estatutos de la FIFA
El reglamento de la FIFA, en sus artículos 16 y 17, establece las condiciones para suspender o expulsar a una asociación miembro. Según el texto, una federación puede ser suspendida únicamente a petición del Consejo, o de manera temporal e inmediata si viola gravemente sus obligaciones. La expulsión, en cambio, aplica si incumple obligaciones económicas, viola gravemente los estatutos o pierde su condición de federación representativa del fútbol de su país.
Publicidad

Sin embargo, el reglamento no contempla la posibilidad de retirar la sede de un torneo como la Copa del Mundo a un país involucrado en un conflicto armado externo. La FIFA se declara neutral en materia política y religiosa, aunque reconoce excepciones solo cuando se afectan directamente sus objetivos estatutarios.
El antecedente inevitable: Rusia y Ucrania
La comparación con Rusia es inevitable. En 2022, tras la invasión a Ucrania, la FIFA y la UEFA suspendieron a las selecciones y clubes rusos de todas sus competiciones. El 28 de febrero de ese año, ambos organismos anunciaron de manera conjunta la exclusión “hasta nuevo aviso”, una decisión acompañada por un mensaje de solidaridad con el pueblo ucraniano.
En ese momento, la FIFA sostuvo que el mundo del fútbol estaba “totalmente unido” y que confiaba en que la situación mejorara para que el deporte volviera a ser un factor de paz. Rusia quedó fuera del Mundial de Qatar 2022 y de todas las competiciones internacionales.
Por qué Estados Unidos enfrenta un escenario distinto
Jurídicamente, el caso estadounidense presenta matices decisivos. Los estatutos de la FIFA habilitan sanciones cuando existe injerencia gubernamental directa en la gestión del fútbol o violaciones estrictamente deportivas. La política exterior, incluso cuando es agresiva o controvertida, no figura como causal de sanción.

Además, el Mundial 2026 se rige por Hosting Agreements jurídicamente vinculantes entre la FIFA y Estados Unidos, México y Canadá. Estos contratos solo pueden rescindirse por incumplimientos graves, fuerza mayor o riesgos directos para la seguridad del torneo. Los hechos geopolíticos externos, por sí solos, no habilitan automáticamente un cambio de sede.
Desde el punto de vista reglamentario, no existe una sanción automática por conflictos armados que no afecten directamente la actividad futbolística ni la organización del evento. En términos estrictamente legales, el Mundial 2026 no corre riesgo inmediato.
Rusia, una excepción más que una regla
El caso ruso, según expertos, fue tratado como una situación extraordinaria. La invasión a Ucrania generó una imposibilidad material inmediata para competir: cierres del espacio aéreo, restricciones de visados, riesgos de seguridad y selecciones que se negaban a jugar contra Rusia. La exclusión respondió más a la inviabilidad práctica de sostener las competiciones que a la aplicación de una norma general contra la guerra.
Publicidad

Ese precedente, aunque contundente, no establece una regla automática aplicable a todos los conflictos armados.
El Premio FIFA de la Paz y la figura de Trump
El debate se intensifica por la cercanía política y simbólica entre la FIFA y Donald Trump. El pasado 5 de diciembre, durante el sorteo del Mundial 2026, el presidente de Estados Unidos recibió el Premio FIFA de la Paz. Infantino justificó el reconocimiento por los esfuerzos de Trump para promover la paz y la unidad.
Cuestionado por la aparente contradicción entre el premio y su promesa de atacar Venezuela, Trump respondió que su objetivo era “salvar vidas”. Días después, el medio The Athletic reveló que la organización FairSquare presentó una queja formal ante el Comité de Ética de la FIFA, alegando infracciones repetidas al deber de neutralidad política y solicitando una investigación sobre la entrega del galardón.
Neutralidad, poder y conveniencia
Más allá del marco legal, el silencio de la FIFA abre una discusión política inevitable. La relación entre el poder deportivo y el poder estatal queda expuesta en un contexto donde Estados Unidos no es un actor periférico, sino el corazón del próximo Mundial.
Publicidad

Infantino ha cultivado una relación estrecha con la administración Trump, en una agenda que incluye el Mundial de Clubes FIFA 2025 y la Copa del Mundo 2026. Para Trump, el Mundial representa una herramienta de proyección internacional y de sportswashing, capaz de suavizar críticas y desplazar el foco de decisiones políticas y acciones militares.
¿Se cancela el Mundial 2026?
Por ahora, la respuesta es clara: no. No existe ningún anuncio oficial que indique que el Mundial 2026 esté en riesgo de cancelación o cambio de sede. A diferencia de Rusia, Estados Unidos es país anfitrión, y la FIFA históricamente ha sido mucho más cautelosa al sancionar a organizadores por el enorme impacto logístico, económico y político que implicaría.

Existen antecedentes, como la expulsión de Yugoslavia en 1992 o el retiro de sedes en competiciones europeas por razones de seguridad, pero todos respondieron a contextos excepcionales y a recomendaciones de organismos internacionales.
Una conclusión incómoda
La conclusión jurídica es clara, aunque incómoda: no existe base reglamentaria para sancionar a Estados Unidos ni para suspender el Mundial 2026 por hechos políticos externos. Ese vacío normativo explica el silencio de la FIFA, incluso cuando el contexto internacional vuelve a tensar la relación entre fútbol, poder y soberanía.
Por ahora, el Mundial 2026 sigue en pie. Pero la intervención de Estados Unidos en Venezuela confirma que, en el fútbol moderno, la geopolítica nunca está tan lejos del balón.
















