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Domingo 15 de agosto de 2010 - 10:00 AM

Custodios al ritmo de la noche

No todas las historias que cuentan los vigilantes nocturnos del centro de Bucaramanga están marcadas por la tragedia. Muchas tienen más comicidad que cualquier película de Hollywood. Esto fue lo que Vanguardia Liberal pudo encontrar durante una noche de recorrido por la calle 36 entre carreras 15 y 21.

Publicado por: Xiomara Montañez Monsalve xmontanez@vanguardia.com

Enanos prostituyéndose, hombres en flamantes vehículos movilizándose a baja velocidad buscando a La Tatis - el travesti más solicitado de la zona-, indigentes peleándose un anden para dormir, borrachos declarando poemas a la patria y delincuentes tratando de robarse entre ellos. Estas son algunas de los personajes  que recuerdan los vigilantes nocturnos del centro de la Bucaramanga, específicamente en la calle 36 entre carreras 15 y 21, quienes durante años han entregado su vida a custodiar bienes ajenos. Se ubican en las esquinas de los parques, en los andenes, en las puertas de los bancos, en las entradas de los casinos y los alrededores de los almacenes de cadena. En su puesto de trabajo y bajo la luz naranja del alumbrado público, ven pasar la noche al ritmo de cumbias, vallenatos y merengues que suenan en las tabernas de la zona.A pesar de que hay más historias tristes que cómicas, ellos prefirieron  compartir a Vanguardia Liberal lo que los hace reír, lo que a veces en las mañanas o los fines de semana le cuentan a sus familias como simples anécdotas. Se agotan los candados Desde hace un mes Luis* recorre las calles del centro vigilando la vía en una bicicleta. En su turno que comienza a las 6:00 de la tarde y termina a las 6:00 de la mañana, asegura haber visto muchas escenas deprimentes. Ñeros robando a borrachitos, viciosos atacándose por un cigarrillo de bazuco y muchas peleas, son las escenas más frecuentes. Sin embargo, lo que más lo sorprende es el robo de candados de los portones de la zona. 'No he podido entender qué pasa con la delincuencia. Es ridículo, pero créame, ridículo, ver todas las cosas que hacen por robarse un candado', narra este hombre. 'Si uno va a armar tanto lío por robarse un candado pues también debería robar lo que hay en el local. Pero los ladrones son felices robando candados y cadenas', añade. Para Luis*, no todo es malo en su labor. Lo que más le gusta de las madrugadas es vigilar las entradas de las discotecas que funcionan sobre la carrera 15.  Allí, como él asegura, se puede pescar a cuanto pillo quiera dárselas de vivo. 'Un fin de semana logramos capturar a un tipo que se había robado cuatro celulares y $500 mil. Llamamos a la Policía y se lo llevaron. Aquí toca trabajar en equipo', añade. Luis, quien todos los viernes después de su turno toma clases en el Sena de mantenimiento de tablas de computadores hasta las 9:00 la mañana, no le recomienda a nadie que visite la zona después de la 1:00 de la mañana. 'Los pobres borrachos parecen marionetas; no se pueden ni parar. Los esculcan, les sacan todo entre dos o tres. No sé como llegan vivos. Definitivamente, no hay nada qué hacer por estos lados', concluye. Buscando a La Tatis 'Es alta, de cabellera larga y natural. Pómulos arreglados, figura de 90-60-90 y piernas firmes. Es lo único que le puedo decir de La Tatis, pues no sé como más describir a un hombre que es mujer'. Esto asegura Edgar*, un vigilante de un banco que se ubica frente al Parque Santander todas las noches desde hace dos años. Para él, La Tatis es el mayor personaje de la zona céntrica durante las noches. 'La mujer transformada es la más buscada de todas. Vienen en carros finos y camionetas Murano y Honda, último modelo, a preguntarla. Lo chistoso de eso es que la mayoría de hombres que la buscan son los mismos que uno ve salir de las oficinas de esta zona', narra Édgar*. 'Ellos no lo conocen a uno por el uniforme, pero uno sí los recuerda. En últimas nuestro trabajo no es delatar a nadie, sino cuidar; pero fichados sí quedan (suelta una carcajada)'.En ese momento pasa por su lado un hombre que camina en zigzag con una botella de trago en la mano. Lo saluda y le dice unas cuantas palabras que no se entienden. Édgar* lo identifica y cuenta que es un cuidador de carros en Cabecera que casi a diario viene a embriagarse al centro. Mientras voltea la cara y continúa con su relato, el borracho le da una fuerte patada a un indigente que duerme en un andén y lo despierta.'Así es todo el tiempo. Esa es la realidad de los indigentes de Bucaramanga. El hotel cinco estrellas de todos es el Parque Santander', asegura. Este vigilante cambia el tema y comienza contar cosas de su vida. Por ejemplo, que recibe como mínimo 20 llamadas durante la noche de su esposa, que llegó a este trabajo luego de prestar el servicio militar y que no se ha arriesgado a cambiar de profesión porque le da miedo dejar sin sustento a su familia. En el momento más inesperado entra nuevamente a escena el borracho, quien le dice: '¿Sabe qué es lo lindo de este planeta? Que hay gente nueva'. Fue inevitable reventar en risas y continuar con la conversación. El borracho se robó toda la atención hasta que atravesó el parque y siguió su camino. El pequeño hombre de la nocheAdemás de ser testigo de los accidentes después de la media noche, de soportar la intransigencia de los conductores que pasan a toda velocidad por la vía y ver disputas de territorios entre indigentes, Camilo*, otro vigilante de la zona, no para de reír al recordar una escena poco usual. 'Una noche vi a un grupo de muchachos, muy amanerados, que iban junto a un enano. El pequeño hombre sólo llevaba puesta una tanga o como lo llaman ahora, un hilo, y encima unas medias de malla. Nada más'. Camilo* no para de reírse y afirma: 'con todo lo que uno ve, este trabajo no es para muchos, es para machos'. Como vigilante, Camilo* sólo lleva un año en el oficio. Su turno de trabajo, aunque es diurno, tiene que complementarlo con recorridos nocturnos. En el tema de los travestis, coincide con Édgar* al afirmar que La Tatis es la más buscada. Sin embargo, asegura que hay hombres sinvergüenzas que se dan todas las mañas para buscar en esta zona, a altas horas de la noche, lo que no se les ha perdido. 'Uno los ve en motocicletas, con cascos en la mano recorriendo los alrededores del parque. Cuando encuentran a un travesti y hacen el trato, lo primero que hacen es ponerles el casco. Así disimulan un poquito lo que llevan a sus espaldas', cuenta. Como muchos vigilantes del centro, Camilo* llegó a este trabajo por la necesidad. 'Con el desempleo tan grande que hay, la labor de vigilante no desmerita; además, el trabajo no es deshonra', concluye. No es negra, es negro 'Ella, bueno o él, se para en la esquina de la carrera 21 con calle 36. Tiene piernas y trasero firme, largas trenzas y un busto mejor que el de una modelo'. Así describe Alfonso*, un hombre de 45 años que fue vigilante del centro y que desde hace unas semanas es taxista, a otro de los travestis que trabajan en la zona. Según Alfonso*, nunca olvida el día en que un hombre de baja estatura y abdomen predominante llegó un martes en la noche a buscar los servicios de una mujer morena. 'Me preguntó por una mujer morena, que lo hiciera bien. Yo le respondí que la única morena que conocía de la calle era la que estaba parada en la esquina y enseguida salió a hablarle', narró.'La Negra parecía una gigantona como las que sacan en los desfiles de carnaval trepada en la moto. El resto de hombres y mujeres que estaban en la esquina comenzó la rechifla y fue inevitable verlos cómo avanzaban a baja velocidad', asegura el ex vigilante. Nadie pensó que algo raro podría suceder, dijo Alfonso*. Sin embargo, aún no se explica porqué el gordito y la Negra quedaron tendidos en la calle. 'Corrimos a mirar qué pasaba y lo más chistoso fue ver la cara de asombro del hombre, a quien casi se le salen los ojos cuando vio que su Negra estaba tratando de acomodarse los genitales dentro de su pequeña tanga. Nunca me cansaré de recordar ese momento', asegura.  Afirma que la labor de ser vigilante es muy dura y que el tiempo que se gasta cuidando algo que nunca será de su propiedad, es mejor invertirlo en otra cosa. 'La calle no deja nada bueno. También es deprimente ver cómo la gente se expone a cosas innecesarias. Es mejor dedicarse a cosas más sanas y vigilar no lo es. ', afirmó. *Nombres cambiados a solicitud de las fuentes.

Publicado por: Xiomara Montañez Monsalve xmontanez@vanguardia.com

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