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Domingo 15 de marzo de 2026 - 03:00 AM

El ‘Campo en Tacones’ en Santander: una historia que transforma

Todo comenzó con unos mangos gigantes. En una finca de la provincia comunera de Santander, unos frutos de hasta seis kilos despertaron la curiosidad de medios y redes sociales.

Todo comenzó con unos mangos gigantes. En una finca de la provincia comunera de Santander, unos frutos de hasta seis kilos despertaron la curiosidad de medios y redes sociales.
Todo comenzó con unos mangos gigantes. En una finca de la provincia comunera de Santander, unos frutos de hasta seis kilos despertaron la curiosidad de medios y redes sociales.

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Publicado por: Ileana Margarita Garnica Ruiz

En junio de 2021 ocurrió algo inesperado en la provincia comunera de Santander. En una finca de la región se cosecharon unos mangos que llamaron la atención por su extraordinario tamaño. Algunos pesaron entre 4 y 5 kilos y el más grande alcanzó los 6 kilos con 125 gramos.

La noticia se propagó rápidamente. En cuestión de horas comenzó a circular por emisoras, periódicos y redes sociales. Aquellos mangos gigantes despertaron curiosidad dentro y fuera del país. Incluso surgió la posibilidad de registrar el caso ante Guinness World Records.

Sin embargo, la pandemia que atravesaba el mundo en ese momento hizo imposible realizar el proceso de verificación oficial que exige ese tipo de registros.

Pero, más allá de un posible récord, aquel episodio dejó algo mucho más importante: la historia de una mujer que años atrás había tomado una decisión que para muchos parecía arriesgada, dejar la vida de ciudad para venirse a vivir al campo.

Hoy quiero presentarme ante ustedes, estimados lectores. Quiero contarles quién es “la mujer del campo en tacones” y cómo aquellos mangos gigantes terminaron dando nombre a un proyecto de vida que hoy se llama Maranatha Agroecológica.

Hace diez años tomé una decisión que para muchos parecía arriesgada: venirme a vivir a una finca. Sabía que significaba trabajo duro, inversión económica, paciencia y, sobre todo, la incertidumbre de no saber si algún día ese esfuerzo daría frutos.

Todo comenzó con unos mangos gigantes. En una finca de la provincia comunera de Santander, unos frutos de hasta seis kilos despertaron la curiosidad de medios y redes sociales.
Todo comenzó con unos mangos gigantes. En una finca de la provincia comunera de Santander, unos frutos de hasta seis kilos despertaron la curiosidad de medios y redes sociales.

Aun así, decidí hacerlo

No tenía formación agrícola. Llegué al campo con más preguntas que respuestas, pero con un sueño que me acompañaba desde joven: aprender a cultivar los alimentos de una manera más natural.

Así comenzó una aventura que me ha enseñado más de lo que jamás imaginé. Porque los sueños verdaderos no se cumplen de un día para otro. Los sueños se siembran, se cultivan, se riegan con paciencia, hasta que un día comienzan a florecer.

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Para aprender busqué a quienes sabían de agricultura orgánica. Conversé con expertos y con campesinos, consulté libros, vi videos, asistí a conferencias y recorrí muchas fincas.

Cuando no conocía el nombre de algún insecto, preguntaba a los agricultores cómo lo llamaban. Ellos me explicaban el manejo químico que solían utilizar y yo regresaba a investigar cómo podía manejarlo de una manera ecológica.

Cuando inicié ese camino soñé que la finca fuera un pequeño pulmón para el planeta, un lugar donde el suelo pudiera regenerarse, donde las plantas crecieran en equilibrio y donde los frutos recuperaran el sabor que la naturaleza les dio.

Durante ese recorrido, los árboles de mi finca han sido testigos silenciosos de mi aprendizaje. Ellos recibieron mis primeros bioinsumos, algunos bien preparados y otros no tanto. Hoy en día son fórmulas bien estandarizadas, pero en aquel momento tuvieron que soportar mis errores.

Existe una frase que dice que la dosis hace el veneno. No importa si un insumo es orgánico o ecológico: una aplicación incorrecta puede intoxicar una planta, dañar su floración, causar amarillamientos, retrasar su desarrollo o incluso tumbar sus frutos.

Pero cada error se convierte en una lección. Es una experiencia que hoy comparto cuando enseño agroecología a quienes desean aprender. Y aun así continúo estudiando, aprendiendo cada día cómo producir alimentos en armonía con nuestros ecosistemas.

En los primeros años escribí un manifiesto inspirado en mi profundo sentimiento de conservación de la naturaleza, en el deseo de ofrecer frutos saludables y en la convicción de dignificar la labor agrícola como un camino de conocimiento y sabiduría iniciado por las mujeres en los primeros asentamientos humanos.

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Fueron ellas las primeras guardianas de semillas y las primeras agricultoras de la historia.

Y si algo me ha marcado profundamente en este camino ha sido conocer a las mujeres del campo: mujeres que trabajan solas en sus fincas, con una fuerza admirable, que hunden las manos en la tierra todos los días y que sostienen silenciosamente buena parte de la agricultura y de la producción pecuaria de nuestro departamento.

Con el tiempo empecé a observarlas con atención. Tal vez no hablan de microbiología del suelo en términos académicos, pero saben reconocer cuándo la tierra está viva y cuándo necesita descanso.

No utilizan palabras técnicas para describir la resiliencia, pero la practican todos los días cuando enfrentan sequías, lluvias intensas o dificultades económicas, tomando las riendas de sus fincas y sembrando futuro.

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Muchas veces su trabajo pasa desapercibido, pero buena parte del campo se sostiene gracias a ellas. Porque si algo he aprendido en estos años es que las transformaciones más profundas casi siempre ocurren en silencio, como ocurre en una semilla cuando germina bajo tierra.

Conozco de cerca las dificultades de la ruralidad, especialmente la creciente escasez de mano de obra.

Aun así, desde mi propia labor continúo sensibilizando corazones e impulsando la transformación de los sistemas de producción hacia prácticas más sostenibles. No hablo desde grandes estructuras ni poderosas instituciones. Hablo desde mi finca, desde mi empresa, desde mis convicciones, como una golondrina que intenta anunciar un nuevo tiempo para el campo.

Tenemos el deber de seguir sembrando, cosechando y llevando al mundo los frutos de nuestra tierra, honrando el suelo que nos alimenta y dignificando con orgullo el trabajo rural.

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Y si en este camino mi labor logra despertar esperanza en un campesino, motivar a un productor, encender el espíritu de un joven rural o recordarle a una mujer que también puede liderar desde el campo, entonces sabré que todo ha valido la pena.

Porque recorrer enamorada el campo en tacones ha sido, y seguirá siendo, un acto de amor, de valentía y de compromiso con la vida que brota de la tierra.

Publicado por: Ileana Margarita Garnica Ruiz

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