A lo largo de la breve historia de la fotografía, mucha tela se ha cortado sobre su condición o no de obra de arte. La descalificación que mayor asidero ha tenido dentro de la crítica ha sido la condición de poder multiplicarse desde un mismo original, hecho que contradice la esencia de obra única e irrepetible que para ellos tiene una obra de arte.

Publicado por: César Mauricio Olaya Corzo
Pues bien, si ese era el argumento sostenido por los opositores de considerar la fotografía un arte, la sola observación de una de las fotografías realizadas por este juez penal pensionado se constituye en prueba incontrovertible de que es imposible realizar una de sus fotos dos veces con los mismos resultados.
“Soy, a pesar de mi preparación y mi carrera en las leyes, una persona a quien las normas y los procesos la tallan. Mi esencia es la libertad, y es evidente que en mi mente prevalecen imágenes cuyos referentes son huellas vivas que empezaron a consolidarse desde mi nacimiento, literalmente a orillas de la Ciénaga de San Silvestre en Barrancabermeja, mi primera infancia en Socorro y buena parte de mi juventud en Confines. Referentes como la extensión ilimitada de las aguas, las cadenas de montañas dibujadas en el horizonte mismo de mi alma, el vuelo libre de las águilas, el verde de los campos, la furia del río Fonce, al que desafiaba con alguna periodicidad, la bruma que inundaba las calles de Confines cada despertar de paso para la escuela. Todos son referentes que marcan la identidad de una persona”, asegura Pedro José.
“Desde el mirador de mi apartamento, que lo convertí en mi refugio fotográfico, empezaron a nacer centenares de imágenes que como fantasmas salían de la nada en la pantalla de la cámara…”
Los fantasmas de la naturaleza
La fotografía aparece en la vida del artista en un principio ligada al objetivo normal de salvaguarda de los instantes íntimos de la vida personal y familiar. Leer de manera asidua semana a semana los fascículos coleccionables de la Enciclopedia Planeta de fotografía le fue resolviendo vacíos y, de alguna manera, brindándole información que constituiría su ingreso formal al universo de la imagen.
“Soy un caminante de universos, y en esos caminos hace más de una década me encontré con unos amigos que se volvieron mis íntimos entre las montañas del Cañón del Chicamocha; se trata de los árboles barrigones, unas criaturas centenarias extraordinarias, cuyas formas, al momento de despojarse de sus hojas, evocaban en mí todo un mundo de referentes, al punto que hoy cada uno de ellos tiene su propio nombre y a cada visita los saludo de abrazo y canto: Poema al Viento, Pulgarcito, el Amante, Blanca Nieves, Cíclope, Hombre Araña, en fin, cada uno de los más de cien amigos tiene su propio nombre y de esa manera dejan de ser los fantasmas del Chicamocha, como les ha puesto mi amigo Jorge William Sánchez a la última de mis exposiciones fotográficas en el Museo de Arte Moderno de Bucaramanga, para convertirse en mi familia natural”.
De hecho, Pedro José, aunque le agrada el reconocimiento que últimamente se la ha dado por un noticiero de televisión al presentarlos como “el descubrimiento” de un árbol nativo en el Chicamocha, no duda en afirmar que este encuentro ni siquiera le pertenece a él, pues hace más de treinta años que se viene estudiando esta particular especie.
“… La sola observación de una de las fotografías realizadas por este juez penal pensionado se constituye en prueba incontrovertible de que es imposible realizar una de sus fotos dos veces con los mismos resultados”
Los fantasmas de la ciudad
Con la aparición de las cámaras digitales, y obligado por motivos de salud a permanecer varios meses separado de sus actividades como caminante, empezaron surgir ante sus ojos unos nuevos fantasmas, unos sentimientos que se plasmaban en imágenes tras una permanente puesta en práctica de sus conservados consejos técnicos en el manejo de las ópticas, las velocidades de obturación, la composición y la temperatura de color, entre muchos lineamientos más técnicos que estéticos.
“Desde el mirador de mi apartamento, que lo convertí en mi refugio fotográfico, empezaron a nacer centenares de imágenes que como fantasmas salían de la nada en la pantalla de la cámara y, de nuevo, por supuesto, los recuerdos de la infancia volvieron a materializarse. Sensaciones como las que se me ocurrían cuando en el trapiche de mi padre veía el ritmo apenas sugerido de los trabajadores en medio de los vapores de la molienda, durante las quemas que precedían la siembra, de las permanentes lluvias sobre Confines; en fin, esos fantasmas estaban de regreso a la ciudad”.
Ahora estas ilusiones o sentimientos visuales se materializan de manera exclusiva para los lectores de Vanguardia Liberal, pues por vez primera el fotógrafo artista comparte con personas ajenas a su familia y en especial a su hija Carolina, a quien ha dedicado cada una de estas imágenes que no define, pues considera, deben ser protagonistas de la magia que cada persona quiera otorgarle en la intención de materializarlos.
















