En medio de un homenaje marcadamente visual a Gabriel García Márquez, el director regional del Taller Relata UIS narra y describe su visita a los pabellones de la Feria Internacional del Libro de Bogotá.

Publicado por: ÓSCAR HUMBERTO MEJÍA BLANCO
Letras de hierro levantan un aviso grande que obliga a alzar la nuca al cielo y leer ‘Macondo’. A las afueras del pabellón se adivina –en toda la utilería– la entrada a una falsa gallera del Caribe. Y escondidos, quién sabe en dónde, unos parlantes liberan voces cíclicas de aves que pálidamente recrean el trópico en el frío constante del altiplano. Fuera, una fila paciente da la vuelta al pabellón; esperan, y el ingreso es por turnos. La gente quiere echar un vistazo al país invitado de honor de este año en la Filbo, Macondo.
También en la fila, me pregunto cómo se las habrían ingeniado los organizadores de la feria para recrear el universo que bien escribió García Márquez y no morir en el intento.
Ingresamos:
Como un mantra, en la pared frente a mí están las primeras líneas de Cien años de soledad. En este punto, el pasillo se bifurca, y nosotros, el grupo que recién ingresó, nos dividimos. Es un lugar oscuro donde sobresalen, como islas, ornamentos y referencias a la patria de letras. La voz de García Márquez recorre los pasillos, y a su manera es un fantasma que también camina en círculos. Unos pasos más adelante, las paredes de los pasillos cobran una vida forzada gracias a las pantallas que proyectan los manglares de donde proviene el canto fingido de las aves que lloran a la entrada de este mundo de utilería. Al final, otra vez juntos, desembocamos en un centro luminoso con una gallera –lugar donde se han hecho muchos conversatorios sobre la obra del Nobel en esta feria–. Alrededor de ella se desperdigan una extraña versión del cuarto de trabajo y experimentos de los Buendía, unos conos metálicos que caen del techo para escupir noticias de otro tiempo, vitrinas que contienen fragmentos de la vida de García Márquez en sus diferentes etapas y un cilindro gigante de madera con lentes para ver imágenes en blanco y negro, todas confusas en mi resignado astigmatismo.
Hay cierta fascinación momentánea, pues los sentidos se estimulan, las referencias se activan, y uno quiere volver a las lecturas. Sin embargo, me preocupa que los asistentes se figuren como única esta interpretación de un Macondo que no han leído todavía, sobre todo los más pequeños. Guardo la esperanza de que al abandonar el pabellón todos los asistentes empiecen a visitar los libros, las páginas. Y que no se perpetúe la costumbre que ya toma cuerpo desde la muerte de García Márquez, y es el intento de convertirlo casi en otro himno nacional que se traga sin masticarse; una retahíla triste, la nueva estatua de Bolívar en todas las plazas, otro Juan Valdez…
Invención en el desconcierto
I
En otra de las paredes del recinto, había varios mapas de Macondo; se marcaban allí sus límites, las patrias vecinas, mares y confines. No me había fijado bien en los detalles, quizá sí en un dragón que emergía al sur del territorio. Entonces una niña de unos doce años le pregunta a su acompañante: “¿Qué es Comala y qué la Mancha?”, señalando al norte del muro, y el hombre, con un humor fenomenal, le responde: “Sobrina, ellos son libros vecinos”.
II
Al salir duelen dos cosas. La primera, que es un sentimiento generalizado: la unidad del país invitado no se respira en toda la feria. Recrearon con mucho esfuerzo un Macondo verbi-voco-visual, sí, pero sin pedagogía, apelando únicamente al mito de Gabo y no a la obra de García Márquez. Me explico: el tío del relato anterior pagó mi entrada a la Filbo, porque en su humor estuvo ese Macondo mágico de los cuentos y novelas; los libros son patrias vecinas. Lo demás, fotografías y flores amarillas son meros lugares comunes; la canción de Macondo, sonidos comunes. Otra cosa, los buenos encuentros de críticos, escritores y periodistas, que los hubo, difícilmente se comunicaban a la comunidad que asistía a los diferentes pabellones… La segunda, todavía estamos a tiempo de empezar a leer la obra de Gabriel García Márquez y dejar a un lado las biografías sobre Gabo.













