Esa tarde llovía sobre Bucaramanga. Sandra llegó como un torrente, y me abrió su corazón apasionado, triste ahora. Y, sin embargo, pese a las lágrimas, es inocultable su fuerza y su entereza.

Publicado por: CRISTINA ÚSUGA
Llegué al Teatro Corfescu con unos minutos de retraso. Sandra había salido a una reunión de última hora, así que mientras esperaba, me senté a mirar, en silencio, y a respirar a solas eso que no supe qué era en ese instante, y a lo que ahora, mientras escribo, le encontré un nombre: Corfescuamor.
Hablemos de usted, de sus sueños, de sus luchas…
Mi nombre es Sandra Fabiola Barrera Ruiz, sangileña de nacimiento; soy la quinta de siete hermanos, hija de Otto Barrera y Gladys Cecilia Ruiz Angarita. Soy una mujer sensible, apasionada con lo que hace, terca, obstinada. No soy capaz de hacer las cosas a medias, si empiezo algo, así ya esté hundiéndome, voy hasta el final.
Tuve dos hijos (se le quiebra ligeramente la voz). Camila, que hace tres años largos se fue para el cielo, y Nicolás, ambos también con una fuerte inclinación hacia lo artístico. Y Josecito, que es la razón de todos; nuestro mundo personal y nuestra vida familiar giran alrededor de ese encargo de amor que dejó Camila.
Desde muy niña soñé con estar metida en el mundo del arte; siempre me apasionó, me despertó muchas inquietudes. En el colegio yo era la que organizaba todo: el centro literario, la izada de bandera, la semana cultural, la semana técnica de Matemáticas… Y cuando entré, en el año 1989, a estudiar Trabajo Social en la UIS, antes de buscar dónde quedaban los salones de mi facultad, me fui a buscar los grupos artísticos. Me acerqué a muchas agrupaciones, a muchos amigos, me enamoré de un artista en la UIS, y empecé a trabajar organizando y gestionando actividades culturales, a la par con mi carrera. En esa época nació el germen de la Corporación Festival de Cuenteros –Corfescu–, de la que soy cofundadora, y he dirigido el Festival Iberoamericano de Cuenteros Abrapalabra durante la mayor parte del tiempo.
El tema cultural es mi vida, mi pasión; no sé hacer otra cosa. En estos veintiocho años, desde Corfescu hemos desarrollado muchísimos proyectos culturales, espacios en los barrios, en las comunidades, talleres, proyectos institucionales… Hemos hecho muchas cosas; tantas que no sabría, no podría enumerarlas, y no me veo haciendo otra cosa, a pesar de lo duro, de lo difícil, de las lágrimas que me ha arrancado esta pasión y esta terquedad tan tremenda por lo cultural.
En junio, adiós al Teatro Corfescu…
El cierre es un hecho. Hay circunstancias que van detrás y que uno quisiera seguir aguantando por esas dos, tres, diez, cien, quinientas personas que te piden que no te vayas, pero hay razones que te dicen que ya no se puede continuar más, ya tocó parar y ponerle la cara y el pecho de frente a toda esta situación. Y a pesar de eso, podemos decir que hicimos las cosas bien.
El teatro se cierra; Corfescu sigue. Estamos revaluándonos, reinventándonos para saber de qué manera podemos continuar nuestra labor cultural desde un espacio que no nos genere tantas obligaciones económicas como las que supone el teatro. También queremos evaluar cómo se comportan todos los implicados en esta situación: la parte oficial, la empresa privada, el público…
El público, ese otro elemento de la ecuación
¿Qué es lo que pasa?; ¿por qué la gente no se motiva? Eso es algo que la misma gente debe responder. A veces dicen que nuestras entradas son muy onerosas, pero nosotros tenemos eventos con entradas de tres mil pesos; la más cara es de cincuenta mil pesos. Es que a la gente aquí le parece caro hasta lo que es gratis.
Salvo un grupo excepcional, la generalidad de la gente es un público muy exigente que da muy poco: la gente quiere que uno traiga al Circo del Sol y le cobre un peso, y que como compraron cinco boletas le regale otras cinco, y que vengan con crispeta. Aquí hemos tenido que ver y afrontar cosas que uno no creería; cosas como que se les regala la boleta y los ve uno a la entrada del teatro vendiéndola, o que al día siguiente del evento venga una persona con sus boletas y diga: “Mire, es que yo compré estas boletas y no pude asistir, y necesito que me devuelvan la plata”, y resulta que fueron de obsequio. Y esto ha pasado, por poquito, cincuenta veces… ¡eEs increíble que esto pase, pero pasa!
¿Hay desencanto?
Hay tristeza. Mucha tristeza. Teníamos muchos sueños, muchas esperanzas; soñamos con que algún día nos íbamos a ganar el Baloto e íbamos a comprar el teatro (porque, contrario a lo que muchos creen, es propiedad privada) para salvar el escenario que don Saúl Díaz hizo para la ciudad.
Ahora tenemos que pensar cómo continuar, cómo nos reinventamos, porque aquí hay una apuesta de vida de mucha gente. Yo soy la cara visible, pero hay mucha gente metida en esto, y personas que me llaman y me dicen: “¿Qué puedo hacer? Yo no tengo plata, pero, ¿qué puedo hacer?”. Pero desafortunadamente en un proyecto como estos el principal problema viene siendo la plata, porque sin dinero no se puede funcionar.
Corfescuamor
Cada rincón del Teatro Corfescu está vivo, dijo Sandra. Y lo sabe todo aquel que ha puesto sus pies allí. ¿Cómo lo hicieron? Es puro ‘Corfescuamor’; el alma puesta en cada cosa. Y es ese amor el que hace que cada día se acicalen las hadas de la esquina, que a los títeres se les hable: “Porque ellos viven solos, ahí colgados todo el día. Y a ellos se les habla, porque el títere solo tiene vida si tú le hablas; entonces nosotros bajamos nuestros títeres para limpiarlos y les hablamos, y cuidamos nuestro piano como nuestro niño consentido”. Por eso aquí todo es el “corfescualgo”: el corfescupiano, la corfescugreca, la corfescumóvil, una Volkswagen modelo 53 en la que transportaban a los artistas y que tuvieron que vender, como un presagio de lo que sobrevendría después…
Es triste comprobar que una vez más la ciudad, sus habitantes, sus administraciones, le fallaron a la cultura, y que se cierra el último, el único teatro que funcionaba en Bucaramanga. ¡Cómo duele y avergüenza este corfescuadiós!













