En el Centro Cultural del Oriente Colombiano, y hasta el 10 de junio, se puede encontrar la exposición ‘Camisola’, del grupo Ojearte.

Publicado por: CRISTINA ÚSUGA
En una de las salas que rodean el patio interior del Centro Cultural del Oriente, en el ambiente sereno que otorgan los pisos de arcilla cocida y las rústicas paredes de antaño, se encuentra la exposición ‘Camisola’, del grupo Ojearte, integrado por ocho artistas, entre hombres y mujeres, al que se sumó, como invitada especial, Cecilia Tello Ribero.
La muestra se compone de cerca de una treintena de obras realizadas con diversas técnicas: pintura, escultura, grabado, arte textil e instalación, que abordan, desde la particular mirada de cada uno de los artistas participantes, a la mujer. Se revelan allí los clásicos imaginarios sobre el universo femenino: la belleza, la delicadeza, la inocencia, su faceta erótica; pero también está el cuerpo sin más, desprovisto de atributos más allá de lo orgánico; el cuerpo político, como territorio de violencia –física y emocional–, y la mujer cuerpo-territorio como sujeto consciente de sí misma, que pugna por su autodeterminación en un entorno es hostil con inusitada frecuencia.
Están también los rostros de la mujer: aquella ensimismada, que contempla el mundo con una cierta melancolía, atrapada entre encajes; otra, también silenciosa, parece interrogar al mundo desde lo profundo de sí; una más, con su llanto, hace evidente su hondo sufrimiento, otra, es el rostros de la muerte, que se ha hecho carne en la víctima de feminicidio. Pero también está la niña, que sonríe desde la clara luz de su infancia, protegida aún por las puertas del hogar, asomándose con timidez e inocencia al mundo, al que le regala su sonrisa; y aquella otra, infante también, cuyo gesto adusto y su mirada que parece volver al pasado, recuerdan la soledad y las privaciones que viven miles de niños en nuestro país: niños sin esperanza, abocados a la dureza que la sociedad ha construido para ellos, desde siempre. Y está el rostro de la mujer indígena, cuya mirada indescifrable escruta el mundo desde su particular cosmovisión, y el de la mujer negra, rodeada de manigua, que en medio de la noche parece haber atrapado la magia del universo en el pequeño cuenco que sostiene con sus manos: hay magia allí.













