Cultura
Jueves 05 de diciembre de 2024 - 12:16 PM

Domingó visto por su hijo Julián David: un hombre que “vivió como quiso” y dejó un legado eterno

Desde las caricaturas que marcaron a generaciones hasta las profundas enseñanzas que dejó en su familia, la vida del reconocido ilustrador santandereano Domingó, fue un lienzo lleno de creatividad, amor y libertad. Su hijo, Julián David Rincón, revive con emotivas anécdotas la esencia de un hombre que nunca dejó de soñar ni de enseñar.

Domingó desde los ojos de su hijo Julián David: un hombre que “vivió como quiso” y dejó un legado eterno. Foto suministrada/VANGUARDIA
Domingó desde los ojos de su hijo Julián David: un hombre que “vivió como quiso” y dejó un legado eterno. Foto suministrada/VANGUARDIA

Compartir

Publicado por: Paola Esteban

Las luces del mundo del arte se apagaron tras la inesperada partida hoy martes 3 de diciembre en Bucaramanga de Luis Domingo Rincón, conocido como “Domingó”. El ilustrador y caricaturista santandereano, cuya pluma siempre fue más afilada que una espada, dejó este mundo con el misterio que solo un maestro de su calibre podría generar. Lea también: Desafiando la adversidad: historias que transforman el dolor en arte en Bucaramanga

Nacido en 1958 en Contratación, Santander, Domingó dedicó su vida a capturar la esencia de Colombia en trazos cargados de crítica, humor y una mirada aguda. Desde su trabajo en el magazín dominical de Vanguardia, donde durante más de 15 años regaló al país sus reflexiones gráficas, hasta sus colaboraciones en proyectos sociales y comunitarios, Domingó fue más que un artista: fue un cronista visual, un testigo de los matices de la sociedad.

En una casa llena de arte, palabras y sueños, creció Julián David Rincón, hijo del fallecido caricaturista e ilustrador Domingó. Desde pequeño, tuvo la fortuna de ver a su padre trabajar, soñar y, sobre todo, vivir de una manera tan libre que parecía desafiar las reglas del tiempo y las convenciones de la sociedad. Hoy, mientras revive los recuerdos de su infancia, Julián no solo narra la historia de un padre, sino de un hombre que decidió ser auténtico hasta el último respiro.

Domingó, un hombre que "vivió como quiso" y dejó un legado eterno. Foto Foto suministrada/VANGUARDIA
Domingó, un hombre que "vivió como quiso" y dejó un legado eterno. Foto Foto suministrada/VANGUARDIA

Un hombre que no imponía, pero guiaba

“Mi papá no quería obligarme a nada”, comienza Julián, con una sonrisa cargada de nostalgia. “Siempre me decía que lo único que deseaba era que yo fuera un buen ser humano. No importaba si quería ser presidente, científico o artista, lo fundamental era mi esencia”. Esa libertad marcó el camino de Julián, quien desde niño supo que tenía un respaldo incondicional, pero nunca una presión.

Recuerda vívidamente un momento especial, cuando un noticiero nacional llegó a la casa para hacerle un reportaje a su padre. Las cámaras eran enormes, los focos deslumbrantes, y todo sucedió en la intimidad de su hogar en San Gil. “Yo tenía como cuatro años, y lo que más me impresionó fue cómo mi papá hablaba con tanta claridad sobre su trabajo, pero también sobre lo que significaba para él ser un padre. Dijo algo que nunca olvidaré: ‘Si mi hijo quiere ser lo que sea, está bien, pero quiero que sea una buena persona por encima de todo’”.

Domingó, un hombre que "vivió como quiso" y dejó un legado eterno. Foto tomada de redes sociales/VANGUARDIA
Domingó, un hombre que "vivió como quiso" y dejó un legado eterno. Foto tomada de redes sociales/VANGUARDIA

Domingó tenía una rutina tan meticulosa como humana. Salía temprano a trabajar, regresaba al mediodía para almorzar en familia, descansaba un poco y volvía al estudio. Su vida giraba en torno a su arte y su familia. “Era como un ritual sentarnos a almorzar con él. Siempre había conversación sobre el país, la economía, la filosofía. Mi papá tenía una manera única de ver las cosas, siempre buscando el trasfondo”.

Esa pasión por entender lo que otros pasaban por alto lo convirtió en un maestro sin título formal. Julián recuerda cómo a los 10 años su padre lo introdujo al cine de arte. “Me hizo ver Chinatown como cinco veces: con sonido, sin sonido, pausando para mostrarme la composición de las escenas, cómo entraba la luz... Era su manera de enseñarme que el arte estaba en los detalles”.

Pero Domingó no solo dibujaba y filosofaba; también era fotógrafo, y siempre había cámaras en casa. Fue él quien le inculcó a Julián el amor por la fotografía, prestándole una vieja Pentax y guiándolo en sus primeros pasos. “Cuando publiqué mi primer dibujo en un periódico sin decirle, él solo me dijo: ‘Lo importante es que te lo ganaste por ti mismo’. Ese era él, un hombre que valoraba la autenticidad por encima de todo”.

Publicidad

Domingó, un hombre que "vivió como quiso" y dejó un legado eterno. Foto suministrada/VANGUARDIA
Domingó, un hombre que "vivió como quiso" y dejó un legado eterno. Foto suministrada/VANGUARDIA

Un espíritu incansable

Entre las historias más entrañables que Julián comparte está el amor entre su padre y su madre, a quien Domingó llamaba “Paloma”. Todo comenzó en un evento en el que ella apareció vestida de blanco, y él, desde unas escaleras, la miró y dijo: “Eres una paloma”. Desde entonces, ese apodo quedó grabado como símbolo de su amor. “Los últimos años de su vida, mi papá no quería salir de la finca. Decía que ya tenía todo: su paraíso y su palomita”.

Esa relación, sencilla pero profunda, es una de las razones por las que Julián recuerda a su padre como alguien completo, feliz con lo que tenía y con quien era. “Él vivió como quiso, y eso es algo que siempre voy a admirar”.

Incluso en sus últimos días, Domingó no dejó de crear. Dibujó para las enfermeras, hizo arte digital y les dejó a sus hijos un mensaje claro: “Pueden verme en un atardecer, en una flor, en un dibujo, en cualquier parte. Siempre estaré con ustedes”.

Julián recuerda cómo, incluso en su lecho de muerte, su padre lo consoló. “Yo estaba devastado, pero él me habló con calma, me dijo que viviera mi vida, que hiciera lo que quisiera, porque él siempre estaría ahí. Era su filosofía: libertad con propósito”.

Julián David con su mamá, a quien Domingó llamó siempre "Paloma" y quien fue su gran amor. Foto suministrada/VANGUARDIA
Julián David con su mamá, a quien Domingó llamó siempre "Paloma" y quien fue su gran amor. Foto suministrada/VANGUARDIA

El legado de Domingó

Para Julián, su padre no murió. “Él decía que vivía en dos mundos: el racional y el espiritual. Y yo siento que sigue aquí, en cada cosa que dejó, en cada enseñanza que me dio”. Domingó no solo fue un artista talentoso, sino un hombre que entendió la vida como un lienzo en el que cada pincelada debía ser auténtica.

Su curiosidad y su afán por aprender nunca se apagaron. En sus últimos años, exploró el arte digital y creó obras que combinaban lo clásico con lo moderno. “Siempre decía que uno no debía quedarse con lo que veía a simple vista, sino buscar el trasfondo. Esa es una de las lecciones más grandes que me dejó”.

“Para mí, mi papá era mi superhéroe”, confiesa Julián. Y es fácil entender por qué. Domingó no solo vivió plenamente, sino que logró inspirar a quienes lo rodeaban con su pasión, su amor por la vida y su capacidad para ver belleza donde otros solo veían rutina.

Hoy, Julián lleva consigo el legado de su padre, no solo en sus recuerdos, sino en cada fotografía que toma, en cada reflexión que hace. Porque, como decía Domingó, el arte y la vida son dos caras de la misma moneda, y ambas deben vivirse con intensidad y verdad.

Publicado por: Paola Esteban

Publicidad

Publicidad

Noticias del día

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad