Desde Tumaco hasta Bucaramanga, José Ocampo ha tejido con su música un puente entre la tradición afrocolombiana y la experimentación contemporánea. Su proyecto artístico es una declaración de identidad, memoria y ritmo.
Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
José Ocampo no llegó a la música por moda, ni tropezó con ella como quien encuentra una moneda en la calle. La música lo abrazó desde la cuna, como el eco constante del mar de Tumaco, como el tambor que late antes del alba. Lea también: Laura Prías: la compositora colombiana que está detrás de los nuevos hits latinos
Su madre le hablaba en notas, su abuelo tejía melodías en las cuerdas de una guitarra cansada, y aunque ninguno supo de partituras, la música era leyenda viva en su sangre.
Fue el primero en ponerle nombre académico al canto de sus raíces. Desde niño, sus manos sabían de tambores como quien hereda el lenguaje del trueno. Después, la banda sinfónica lo recibió como un hijo curioso y el maestro Wilmar Adrián Giraldo le mostró que la música también podía tener formas, estructuras, silencios con intención.
“Siempre he sido un guerrero de la música”, confiesa. Y se nota. Llegó a Bucaramanga con el alma llena de mar y se hizo maestro en música, con el corazón partido entre la selva y el pentagrama. Desde entonces no ha parado.Porque un guerrero como él no descansa mientras haya ritmos por nacer, mientras el Pacífico siga cantando en su memoria.
Su proyecto musical, José Ocampo y su Ubuntu, surgió entre 2019 y 2020, como parte de una tesis universitaria que, más allá de ser un requisito académico, se convirtió en un manifiesto artístico: un canto a la raíz afrocolombiana, a la herencia del Pacífico, y a la posibilidad de unir mundos a través del ritmo.
La esencia del proyecto se resume en una sola palabra: Ubuntu, un concepto africano que significa “yo soy porque todos somos”. Desde ese principio, José construye una propuesta que honra la colectividad, el dar y el recibir, y sobre todo, el poder transformador de la música como lenguaje común.
“Todo lo que se hace en el grupo tiene como fin mostrar esa hermandad entre culturas latinoamericanas y el Pacífico sur colombiano, que es de donde yo vengo”, cuenta Ocampo con la voz serena pero firme, como quien sabe que lleva algo más grande que sí mismo entre manos.
La herencia Ubuntu
Ubuntu no es solo un nombre bonito; es una filosofía que vibra en cada nota de su música, que no se limita a replicar sonidos ancestrales, sino que los entiende, los respeta y los lleva a nuevos espacios sonoros. En su laboratorio musical se fusionan géneros y geografías, pero siempre desde un conocimiento profundo de los códigos tradicionales. Nada es por azar. Lea también: “Celebrando el Teatro con una Sonrisa”: humor y crítica en Bucaramanga por el Día Internacional del Teatro
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Su más reciente trabajo es una sesión en vivo con Chimp Project, un ensamble de jazz de Bucaramanga, ciudad que lo adoptó cuando llegó a estudiar música. En esta producción, Ocampo presenta dos de sus composiciones: Oriki e Vita, una pieza que es una mezcla brasileña y afro caribeña.
“Mi proceso no ha sido de pegar elementos como si fueran stickers, dice. Es más bien como un experimento, un laboratorio en el que una vez conozco bien los conceptos, empiezo a jugar con ellos, a cruzarlos desde el respeto y la comprensión”.
Y esa palabra, respeto, es un pilar fundamental en su discurso. José no solo hace música: representa. Y lo sabe. Por eso insiste en que, aunque su propuesta tenga componentes urbanos y contemporáneos, el alma del proyecto está anclada en la tradición. Su marimbatero, Luis David Nacar, es de la región; los patrones rítmicos se interpretan como manda la costumbre; las deidades, los saberes y los instrumentos son parte viva del relato.
Aunque su propuesta no es comercial en el sentido tradicional, José tiene algo que el mercado no siempre entiende, pero el arte sí: una identidad sonora propia. Sus composiciones suenan a él, a Tumaco, al mar, al tambor, a lo que se hereda y se transforma. No busca encajar, sino expandir los límites.
Algunos de sus referentes han sido Hugo Candelario, Alexi Lozano, Peregoyo, Francisco Tenorio, Gualajo, Changó, sin embargo, “los sabedores de la cultura del Pacífico nos han dado herramientas para seguir aprendiendo y seguir evolucionando en la música de esta zona”, explica.
Y es que en un país como Colombia, donde las músicas tradicionales suelen quedar relegadas a festivales o fechas folclóricas, proyectos como el de José Ocampo son un grito necesario: la tradición no es estática, y se puede renovar sin perder su esencia.
Para José, la música es una forma de conectarse con lo sagrado. Su obra es una conversación entre el pasado y el presente, una búsqueda constante por aportar a la historia musical del país desde su raíz afrocolombiana.
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“Nosotros no hacemos música solo para entretener”, dice con convicción. Lo que hacemos es compartir sentimientos, memorias, momentos de nuestras vidas, como seres humanos, y eso atraviesa cualquier cultura”.
Su mensaje es claro: la cultura afro, la música del Pacífico, los saberes ancestrales no están en peligro si se les honra, se les entiende y se les lleva con amor hacia nuevos horizontes. José Ocampo lo hace con cada canción, con cada ensayo, con cada tambor que suena como el eco de su Tumaco natal, pero con la mirada puesta en el mundo.















