Una mañana creativa en familia se vivirá en el taller “Fábrica de Monstruos” en Bucaramanga, donde niños y adultos darán vida a criaturas coloridas con plastilina.

Publicado por: Redacción Cultural
Un sábado cualquiera puede ser una excusa para correr al supermercado, lavar el carro o revisar pendientes. Pero este sábado 24 de mayo, en el Centro Cultural del Banco de la República en Bucaramanga, ocurrió algo distinto: las familias se reunieron para dar vida a criaturas con ojos desparejos, lenguas enormes y colores imposibles. No fue un experimento de laboratorio ni un ensayo de teatro. Fue la Fábrica de Monstruos, un taller de creación artística donde la imaginación tuvo permiso de salir a jugar.
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Desde las diez de la mañana, la Sala de Exposiciones del tercer piso se llenó de risas, manos untadas de plastilina y conversaciones entre niños y adultos que, por un rato, dejaron atrás el mundo real para entrar en otro mucho más maleable. La consigna era sencilla: crear monstruos. Pero no cualquier tipo. Se trataba de figuras que contaran historias, que hablaran desde sus formas y colores, que nos ayudaran a entendernos mejor a través del arte.
La propuesta, dirigida por el artista y docente José Ramón Díaz, surgió en diálogo con la exposición ¿Esto tiene arreglo?, una muestra que explora el arte como posibilidad de transformación, de juego y de reparación. Inspirados en las obras exhibidas, los participantes dieron rienda suelta a sus emociones: hubo monstruos tristes con ojos de lluvia, monstruos risueños que parecían haber salido de un chiste contado por abuelas, y también otros que parecían sostener un secreto entre sus manos de plastilina.
Pero más allá de la estética, el taller propuso algo más hondo: pensar el arte como un vínculo familiar. En cada rincón de la sala, se podían ver madres moldeando alas junto a sus hijos, padres recortando cartón piedra, abuelos atentos a los detalles. Aquí, el arte no se contemplaba en silencio, se construía entre todos.
“Los monstruos también son parte de nosotros, nos ayudan a nombrar lo que no entendemos”, decía José Ramón Díaz mientras acompañaba a los niños en su proceso creativo. Y tenía razón. En esas criaturas modeladas había miedos, ternuras, sueños, travesuras. Había algo de todos.
Fábrica de Monstruos no es solo un taller, sino una experiencia para recordar que crear es una forma de estar juntos. Que la plastilina no es solo un material escolar, sino una herramienta para imaginar otros mundos posibles. Y que el arte, cuando se comparte en familia, no necesita grandes discursos: basta una mesa, un poco de color, y muchas ganas de escuchar lo que nuestros monstruos tienen por contar.
Porque a veces, las criaturas más increíbles nacen de las manos más pequeñas. Y lo monstruoso, en el mejor de los sentidos, puede ser también lo más humano.














