Puno Ardila Amaya ha dedicado su vida a cuidar la palabra. El premio “Toda una Vida” 2026 reconoce una trayectoria que ha dejado huella en la edición, la universidad, la prensa y la cultura santandereana.

Cuando atravesaba uno de los peores momentos de mi vida, la Universidad Nacional, donde estudiaba y solía alimentarme gracias a su cafetería, fue cerrada. Esto me obligó a cubrir los altos costos de la Universidad Javeriana, donde también cursaba estudios. El dinero habría sido suficiente de haber contado con el apoyo de mi familia, pero en aquel entonces atravesábamos una situación complicada y no estaba recibiendo recursos.
Mi hermano menor me escribió una carta muy simpática explicándome la situación familiar; no se trataba propiamente de un déficit económico, sino de un conflicto interno del que me narraba todos los pormenores. Al final, al despedirse, escribió: “Perdóneme por los errores, porque sé que lo molestan”. Tenía razón: siempre ha sido un problema para mí, pues un texto fascinante pierde todo su interés ante mis ojos cuando está plagado de errores.
Son fallos que he visto repetirse a lo largo de mi vida, no solo ortográficos, sino gramaticales y de sintaxis; errores que hoy encuentro en todos los periódicos. Resulta increíble que se siga escribiendo, por ejemplo, “mesas para señoras de cuatro patas” y que esto se tome con ligereza. Ante el llamado a la corrección, la respuesta suele ser cínica: “Pero me entendió”.

Esa molestia a la que se refería mi hermano tenía un antecedente importante: los hombres de mi familia teníamos fama (solo fama) de conquistadores. Yo, por supuesto, también participaba de ese plan; sin embargo, enfrentaba un obstáculo logístico: en esa época no existían los teléfonos celulares, y las llamadas telefónicas, de larga o de corta distancia, se cobraban por impulsos, lo que suponía un costo altísimo y peleas seguras en casa al llegar la cuenta. Por ello, recurríamos con frecuencia a la carta y al papelito. Pero todo el encanto de una chica, de ojos llamativos, verdes, azules o zarcos; de cuerpo hermoso y cabello brillante, se venía abajo cuando la nota que decía “me gustas” o “estoy enamorada de ti” llegaba cargada de errores. El desencanto era inmediato; como si bailara mal o su sonrisa estuviera enmarcada por dientes cariados o exhalara un aliento feroz.
Mi inquietud por el castellano y por el uso preciso de la palabra comenzó en casa. Mis padres eran meticulosos con la ortografía y con el léxico. De mi papá aprendí a consultar el diccionario, porque él obligaba a que las frecuentes discusiones se zanjaran con la consulta y la verificación de los significados en el diccionario.
Mi historia editorial, no obstante, comenzó gracias a mi hermano Édgar. En un momento de crisis, me instó a buscar mis virtudes vocacionales. Yo ya le había revisado su tesis de posgrado y él insistía en que ese era mi fuerte: que la gente siempre buscaba mi apoyo para el manejo del idioma y el buen método de escritura.

Mi proceso académico fue, en gran medida, autodidacta. Aunque tuve profesoras memorables en la primaria, como doña Julia Martínez, y maestros en el bachillerato, como Eduardo Manrique, fue en la universidad donde conocí a Fernando Ávila, quien sigue siendo un referente y un apoyo en mis trabajos. En aquel entonces no supe de una carrera formal para editores; incluso, cuando inicié un doctorado en Filología Hispánica, descubrí que el enfoque institucional estaba totalmente alejado de la formación filológica real, así que me retiré y continué buscando información y consultando libros.
Así, continué por la senda autodidacta, reforzada por el ejercicio de la enseñanza. Como decía Estanislao Zuleta, para aprender en profundidad hay que desaprender. Empecé a profundizar en el conocimiento a través de la cátedra en la Corporación Universitaria del Meta, en la Universidad Cooperativa, en la Autónoma de Bucaramanga y, finalmente, mi labor se forjó en la Escuela de Idiomas de la Universidad Industrial de Santander (UIS).
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Este trabajo editorial termina formalmente en mi vida a partir de lo desempeñado en la UIS desde el año 2016, pero en realidad mi formación como editor comenzó en tiempos inmemoriales. En realidad, llevo casi treinta años en procesos editoriales, desde los periódicos Vivir la UNAB y 15 hasta la corrección idiomática en Vanguardia.
Vale la pena terminar diciendo que es necesario distinguir conceptos: muchos hablan de “corrección ortotipográfica” cuando se refieren a la “revisión de estilo” (que es la forma práctica de la escritura), y el “proceso editorial” es un asunto distinto que implica la definición de contenidos, la organización del texto y la jerarquización de la información.

Premio Toda una Vida
Puno Ardila Amaya ha hecho del lenguaje, la cultura y la edición una vocación. El premio “Toda una Vida” 2026 reconoce una trayectoria marcada por el cuidado de la palabra.
En Santander ha dejado huella en la universidad, la prensa y la música. Desde la UIS fortaleció la edición universitaria; en Vanguardia ha aportado a la conversación cultural como columnista y gestor.
A ello se suma su faceta como director y guitarrista de Los Muchos. Premiarlo es reconocer a un hombre que ha puesto su vida al servicio de la cultura.













