Una niña quiere jugar fútbol y lo que encuentra no es una cancha abierta, sino el retrato completo de un país. Juegan como niñas, serie santandereana nominada a los India Catalina, convierte esa pelea en una historia imposible de ignorar.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Hay series que uno ve para distraerse y otras que terminan revelando la temperatura moral de una época. A mí me pasa eso con las historias de adolescencia. Nunca he podido verlas como un “género menor”, ni como una vitrina sentimental donde la industria guarda sus recuerdos de colegio, sus primeras veces, sus fiestas y sus desencantos. Las veo, más bien, como un laboratorio. El lugar donde una sociedad ensaya sus miedos, exhibe sus prejuicios y, a veces, se atreve a imaginar una versión menos cruel de sí misma.
Y no es casual que sigamos volviendo ahí. La adolescencia no es una metáfora cómoda: es una etapa concreta, feroz, decisiva. La Organización Mundial de la Salud la define como la fase entre los 10 y los 19 años, un tramo de crecimiento físico, cognitivo y psicosocial acelerado; Unicef añade que hoy hay 1.3 mil millones de adolescentes en el mundo, el 16 % de la población global. Es decir: cuando el audiovisual mira a los adolescentes, no está mirando a un nicho caprichoso, sino a una porción inmensa del presente. Y la vieja raíz literaria del coming-of-age —ese bildungsroman o relato de formación en el que un personaje se hace moral y psicológicamente en el choque con el mundo. Sigue ahí, aunque ahora la pregunta ya no sea solo cómo se madura, sino cómo se sobrevive a una sociedad que vigila cuerpos, distribuye permisos y decide quién pertenece y quién no.
Por eso interesa tanto una serie como Juegan como niñas. Según ha contado Catalina Serrano, una de sus creadoras y guionistas, la historia sigue a Jimena, una niña venezolana que llega a un barrio con un deseo elemental: jugar fútbol. Lo que encuentra no es una cancha abierta, sino la muralla de siempre: un entrenador convencido de que las niñas no deben estar ahí. La serie, producida dentro de Abre Cámara y emitida por el sistema público de televisión, aparece en fuentes oficiales como una serie web de ocho capítulos sobre una adolescente venezolana que quiere entrar al equipo del barrio y se enfrenta a barreras de género; La serie está nominada a los premios India Catalina que se entregan hoy.
Juegan como niñas fue creada por Mario Mantilla, David Carlier y Catalina Serrano. Los guiones estuvieron a cargo de Catalina Serrano y Smith Cuenca, la dirección es de Isabel Martínez y la producción de Mayerly Cely.

Una niña que quiere jugar fútbol parece, en apariencia, una historia linda. Pero en Colombia pocas cosas son realmente “lindas” cuando se trata del cuerpo de una niña, de su derecho a ocupar espacio, a insistir. En Juegan como niñas está, claro, el machismo más obvio: la burla, la exclusión, la idea de que las niñas deberían estar haciendo otra cosa, pero también el catálogo entero de prejuicios que todavía cae sobre las mujeres que juegan fútbol, desde la sospecha sobre su feminidad hasta la obligación de agradar antes que competir. ONU Mujeres resumió esa atmósfera con una cifra brutal: en 2025 reportó que el 70 % de las niñas dice no sentir que pertenece al deporte debido a los estereotipos de género.
Y, sin embargo, la serie no se queda ahí. Hace algo más incómodo y más verdadero: cruza la historia con la migración. Su protagonista es venezolana. Eso desplaza el eje. Ya no estamos hablando solamente del derecho de una niña a jugar fútbol, sino del derecho de una niña migrante a ser vista sin sospecha, sin desprecio, sin esa forma automática de hostilidad que en Colombia se volvió, durante años, un reflejo social. Acnur concluyó en la evaluación de la campaña Somos Panas que quienes conocían la iniciativa mostraban niveles más bajos de xenofobia que quienes no habían tenido contacto con ella. Dicho de otro modo: la representación también disputa el clima emocional de un país.
Ahí hay una idea más amplia que me persigue desde hace tiempo: las mejores series de adolescencia tanto de jóvenes como del tipo de adultos que estamos siendo. Cuando una niña debe demostrar que sí puede patear un balón, lo que queda expuesto no es su fragilidad, sino la pobreza simbólica del mundo que la recibe. Cuando Heartstopper se volvió importante, no fue porque hubiese inventado el amor adolescente, sino porque ofreció a muchos jóvenes LGBTQ+ una imagen de ternura, apoyo y posibilidad que durante mucho tiempo no estuvo disponible. Cuando Reservation Dogs fue celebrada como un hito, no fue solo por contar una historia juvenil, sino por cambiar el centro de gravedad de la mirada y volver la experiencia indígena algo vivo, complejo, cotidiano. Y cuando Adolescence incendió la conversación británica al punto de llegar a escuelas del Reino Unido, lo que quedó claro es que seguimos necesitando mirar a los jóvenes cada vez que queremos entender los síntomas más violentos del presente: misoginia, redes, humillación pública, cultura de odio.

Tal vez por eso el coming-of-age nunca se agota. Porque la adolescencia es la edad en que el mundo deja de presentarse como promesa y empieza a mostrarse como sistema. Ahí aparecen, con una nitidez incómoda, la clase, la desigualdad, la soledad, la presión sobre el cuerpo, el miedo a no encajar, la violencia digital, el aprendizaje de la vergüenza. La adolescencia funciona como una lupa. Todo se ve más crudo ahí.
Publicidad
En Santander, además, el conflicto que narra Juegan como niñas tiene canchas, calendarios y fatigas muy concretas. El departamento llega a 2026 con dos equipos en la Liga Femenina, Real Santander y Atlético Bucaramanga, dentro de un torneo de 16 clubes. En marzo y abril, el panorama regional dejaba ver esa mezcla de ilusión y fragilidad que tantas veces acompaña al fútbol femenino: Atlético Bucaramanga aparecía como el equipo más goleado del campeonato, con 18 tantos en contra y apenas 4 a favor tras seis fechas, mientras Real Santander y el propio Bucaramanga habían abierto la temporada con un clásico que fue el primer empate de la liga. Al mismo tiempo, Santander sigue produciendo talento: Daniela Arias y Maithe López fueron llamadas recientemente a la Selección Colombia femenina y la cantera también empuja, con convocatorias como la de Marlyn Trujillo, de Atalanta Santander, al microciclo Sub-15 de la Federación. Hay semillero, hay deseo, hay jugadoras. Lo que no siempre hay, o no con la fuerza suficiente, es una estructura que las sostenga.
El fútbol femenino en Colombia vive una paradoja de esas que parecen escritas por un país que aplaude mejor de lo que cuida. La Selección femenina viene de ser finalista de la Copa América 2025, un torneo que ganó Brasil en penales, y Colombia aparece en el puesto 20 del ranking femenino de la Fifa, con una trayectoria reciente que confirma su peso continental. Pero ese brillo internacional convive con una liga que todavía arrastra precariedades demasiado elementales para llamarse plenamente profesional. En su informe sobre la Liga Femenina 2025, Acolfutpro reconoció avances como que hay más partidos, calendario ampliado, contratos extendidos en algunos clubes, pero también denunció que varios equipos se limitaron al mínimo de contratos laborales, que hubo terminaciones contractuales atadas a la eliminación, incumplimientos en pagos, casos de hacinamiento y fallas en la afiliación plena al sistema de protección social. El país que celebra a sus futbolistas todavía no termina de construir condiciones dignas para sus trabajadoras.

Y acaso ahí reside la potencia real de Juegan como niñas. Su fuerza está en mostrar el momento exacto en que una niña entiende cómo funciona el mundo. Ese instante puede llegar en una cancha, en un salón, en una fiesta, en un rechazo, en una burla. Llega cuando una descubre que el deseo propio no basta: hay que negociar con una sociedad que ya decidió de antemano qué puede hacer una niña, cómo debe verse, a qué debe aspirar, cuándo debe sentirse de más. El coming-of-age sigue importando por eso: porque vuelve visible el momento en que la inocencia se rompe y, detrás del vidrio, aparece la arquitectura entera del país.
Por eso una cancha de barrio puede contener el mapa completo de Colombia. Ahí caben el machismo, la burla, la ternura, la amistad, la xenofobia, la ambición, la rabia de no encajar, la voluntad de insistir. Ahí cabe también la distancia entre el discurso que celebra a las mujeres cuando ya son medallistas, figuras, capitanas, orgullo patrio, y la realidad que todavía mira con sospecha a una niña que solo pide un lugar para jugar. Entre esas dos imágenes, la del aplauso y la del portazo, se escribe buena parte de nuestra verdad.
Puede votar por Juegan como niñas entrando al sitio oficial de los Premios India Catalina: allí debe ir a la opción de “Votaciones finales ganadores” o “Votaciones abiertas nominados”, registrarte con tu correo si aún no tienes cuenta, iniciar sesión y luego buscar la categoría en la que compite la serie para marcar su voto.
















