Cultura
Jueves 14 de agosto de 2025 - 10:52 AM

Crimen, prejuicio y esperanza: la historia real que inspiró la primera novela del santandereano Julián Galvis

Inspirada en un crimen de odio, la primera novela del escritor santandereano Julián Galvis desnuda el miedo, el prejuicio y las heridas que persisten para amar libremente en Colombia. La novela se presentará en Ulibro el 31 de agosto 3:30 p.m. y en la Feria del libro de Manizales, el 6 de septiembre a las 10:00 a.m.

Crimen, prejuicio y esperanza: la historia real que inspiró la primera novela del santandereano Julián Galvis. Foto suministrada/VANGUARDIA
Crimen, prejuicio y esperanza: la historia real que inspiró la primera novela del santandereano Julián Galvis. Foto suministrada/VANGUARDIA

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

La escena ocurre en una librería de segunda mano, donde el polvo parece una capa de tiempo. Julián Alberto Galvis hojea sin prisa, pero meticuloso: primero el título, después la sinopsis. No importa el género ni el autor, lo que decide si abre un libro es el fulgor de esas pocas palabras en la portada. Ese gesto sería la brújula que años más tarde lo llevaría a titular su primera novela con la precisión de quien conoce la importancia de un buen anzuelo.

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“Para mí, el nombre es lo primero. Antes de escribir, ya sé cómo quiero que se llame. Es mi punto de partida”, cuenta. Sin embargo, su primera novela no obedeció a esa regla. El título inicial, “Una persona más que diferente”, sonaba correcto, pero no lo suficientemente impactante. “Era básico, no tenía ese toque que buscaba”, confiesa. La chispa surgió después, cuando advirtió que lo que recorría toda la trama era un obstáculo persistente: dos personajes que nunca lograban besarse, aunque lo quisieran. “Siempre pasaba algo, siempre había un impedimento. Ese detalle se convirtió en el corazón del libro… y en su nombre”.

La historia no nació de una imagen idílica ni de un recuerdo adolescente, sino de una noticia. Un día, revisando titulares en Google, se encontró con un caso en Argentina: un padre había asesinado a su hijo de 14 años con tres disparos después de que este le confesara que era gay. “Me impactó muchísimo, por lo que significaba en términos de intolerancia, de violencia extrema. Desde ese momento empecé a buscar otras noticias y a toparme con casos locales, aquí en Colombia, que me confirmaban que el miedo y el prejuicio siguen ahí”.

Colombia no es ajena a esta violencia. Este año avanza con una estadística que hiela: entre 43 y 63 personas Lgbtiq+ han sido asesinadas. La cifra exacta depende de la fuente, la Defensoría del Pueblo u ongs defensoras de derechos humanos, pero la tendencia es clara: los homicidios por prejuicio crecen.

Este es uno de los periodos más letales para la población diversa en la última década. Las historias detrás de esos números suelen ocurrir en silencio, lejos del foco mediático, y con frecuencia en territorios atravesados por la violencia armada o por estructuras criminales que operan con total impunidad. Allí, la ausencia de mecanismos efectivos de protección convierte la diferencia en un riesgo mortal.

Este repunte no es casualidad. Responde a un clima social donde la discriminación estructural y los discursos de odio siguen teniendo licencia para circular, a menudo disfrazados de opinión o tradición.

Aunque en papel existen avances legales para la comunidad Lgbtiq, en la vida real esas garantías rara vez se traducen en seguridad tangible para quienes rompen con las normas de género y sexualidad dominantes.

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Lo que muestran las cifras de este año es más que un conteo: es una alerta. Activistas y organizaciones insisten en que, para detener esta violencia, el Estado debe reconocerla por lo que es, crímenes motivados por odio, y responder con políticas de prevención y sanción que no dejen espacio para la indiferencia.

Para Julián, el crimen se convirtió en el detonante de algo más ambicioso: una historia que no romantizara el amor entre dos hombres ni lo envolviera en morbo, sino que funcionara como crítica social.

“No quería edulcorar nada. Quería mostrar cómo se vive realmente en un mundo donde, aunque haya más libertades, persisten los prejuicios y los gestos que te dicen que no encajas”.

Nathan y Luis: la amistad, el reencuentro y el miedo

En el centro de la novela están Nathan y Luis. De niños fueron amigos inseparables, pero la vida, esa trama paralela que nadie escribe, los separó. Cuando vuelven a encontrarse, uno de ellos ha aprendido a reconocer su identidad y a vivir con ella; el otro sigue atrapado en las dudas, buscando en la amistad un refugio para entenderse. “Es un proceso de descubrimiento mutuo”, dice Julián. “Quería mostrar lo difícil que es, incluso hoy, decirle a alguien lo que sientes, cuando sabes que tu sola existencia ya puede incomodar”.

Para el autor, el miedo es casi un personaje más. “La gente cree que ya está todo ganado porque hay leyes o porque ves a parejas del mismo sexo en la calle. Pero hay un miedo implícito que no se va. Es esa aceptación con condiciones, ese ‘te acepto, pero allá tú’, o el típico ‘no te enamores de mí’. Son frases y gestos que parecen inofensivos, pero te recuerdan que hay un límite invisible”.

El proceso creativo estuvo marcado por una especie de banda sonora. Secret Love Song se convirtió en el himno privado de la novela. “La letra habla de no poder darse un beso, de esperar ese momento que parece que nunca llega. La escuchaba mientras escribía, como si me ayudara a sostener la emoción de la historia”.

También hubo lugar para otras influencias: Heartstopper, el cine que retrata relaciones queer en lo privado, y las novelas de suspenso de John Cafferty, que le enseñaron a dosificar la tensión narrativa.

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En la cultura pop, la presencia Lgbtqi+ ya no es una rareza: es una corriente que crece, se diversifica y empieza a reclamar un espacio propio en la narrativa global. Lo vemos en la televisión, la música, el cómic y los videojuegos, donde nuevas historias y rostros aparecen para ampliar lo que significa verse representado.

En la pantalla, las tramas sáficas y gays han ganado visibilidad y conversación, impulsadas por momentos virales o narrativas intensas que han dado a los fandoms un lugar central en la conversación cultural.

La música también suma himnos y voces que resuenan en la audiencia queer. Orla Gartland, cantante bisexual, convirtió Why Am I Like This?, parte de la banda sonora de Heartstopper, en una canción que muchos jóvenes han adoptado como espejo emocional por su vulnerabilidad honesta. Y también está el caso de Chappel Roan, ícono demasiado popular que habla abiertamente del amor entre mujeres.

Al mismo tiempo, 2025 ha visto a figuras como Bain (integrante de un grupo K-Pop) y el atleta olímpico Yared Nuguse hacer pública su identidad Lgbtiq+, pasos que fortalecen la visibilidad en escenarios de alcance masivo.

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En el terreno del cómic y los videojuegos, la diversidad también se escribe en tinta y píxeles. DC Pride 2025 reunió a personajes icónicos como Alan Scott, Midnighter, Apollo y Harley Quinn en una historia coral que celebra la comunidad queer dentro del universo DC.

Y en la industria gamer, los Gayming Awards 2025 consagraron títulos como Dragon Age: The Veilguard (Juego del Año) y Kitsune Tails (mejor indie Lgbtiq+), al tiempo que destacaron a intérpretes de voz y creadores de contenido queer, confirmando que el reconocimiento a estas identidades se abre camino más allá de los márgenes.

En la literatura colombiana, el amor queer todavía aparece en pocos títulos, aunque hay excepciones como El beso de Dick o La maldita primavera o Fiebre Tropical.

“Aún es valiente hablar de estos temas, sobre todo si eres un autor nuevo. Hay gente que directamente te dice que hables de otra cosa, que no es buena idea empezar por ahí”.

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Esa resistencia no lo desalienta. Por el contrario, lo empuja a insistir. “Mi novela está inspirada en hechos reales, en noticias, en conversaciones que he tenido. Creo que la literatura también sirve para incomodar, para poner en palabras lo que preferimos no ver.”

Publicar sin red

A la hora de estructurar el libro, Julián se apoyó en un curso de Coursera, “Escribe tu primera novela”, que le exigía 20 capítulos de 2.500 palabras cada uno.

“Ya tenía un borrador corto, pero el curso me ayudó a darle forma. Eso sí, era en inglés y no lo manejo bien, así que tenía que traducir todo, entenderlo, y luego volver a escribir. Fue un reto doble”.

Si escribir fue un reto, publicar lo fue aún más. Contactó con editoriales, pero los costos estaban fuera de su alcance. Optó entonces por un camino independiente: la plataforma bogotana Autores Editores.

“Tuve que aprenderlo todo: maquetar, diseñar la portada, escribir dedicatorias y epígrafes. No sabía ni qué eran. Buscaba en internet y lo aplicaba. También me ocupé de registrar la obra antes de mostrarla, porque tenía miedo de que se quedaran con la idea”.

La autopublicación, dice, no solo fue un ejercicio de paciencia, sino también una manera de entender su libro como un objeto completo, donde cada detalle cuenta.

Mientras sigue promocionando su ópera prima, Julián ya trabaja en la segunda parte. “Quedan misterios sin resolver y creo que los lectores se merecen conocerlos. Me interesa mucho seguir explorando cómo se construyen y se destruyen las identidades, cómo el amor sobrevive a pesar de las barreras”.

Su doble formación, es psicólogo además de escritor, le permite combinar la observación clínica con la intuición narrativa. “Me gusta mucho ver cómo la literatura y la psicología se encuentran. Al final, ambas buscan entender al ser humano”.

Antes de despedirnos, vuelve al punto de partida: los títulos. “Un buen título es como un primer beso: si no te deja algo, probablemente no quieras repetir. Con mi novela, espero que el título sea la primera razón por la que alguien la tome… y que la historia sea la razón por la que no la suelte".

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

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