Magazín cultural
Jueves 28 de mayo de 2026 - 01:55 PM

¿Has visto morir a un pájaro?

La muerte de un pájaro contra el vidrio, la llegada temblorosa de un cachorro y la espera fiel de un perro ante la ausencia revelan una misma verdad: los animales habitan el amor, la pérdida y el desconcierto con una pureza que nos desarma. En ellos, la vida conserva su misterio más vulnerable.

¿Has visto morir a un pájaro? Foto: collage/VANGUARDIA
¿Has visto morir a un pájaro? Foto: collage/VANGUARDIA

Compartir

Publicado por: Beatriz Vanegas Athías

1

¿Has visto la dignidad con la que cierra sus ojos?

¿Cómo su pico, en un asomo de estertor,

se abre solo una vez después del golpe seco

porque sabe que el canto llegó a su fin?

¿Has visto cómo las alas entran en tensión

para emprender el último no vuelo?

¿Has visto cómo su cuerpo crece unos centímetros

Publicidad

y se hace boca arriba para quedarse

en tu ventana para siempre?

¿Has sentido la impotencia de tus manos

impedidas para romper el vidrio que el ave creyó aire?

Yo lo he visto esta tarde y no he parado de llorar.

2

Todavía está su cadáver al otro lado del vidrio.

Publicidad

Los ojos pétreos me piden que lo lleve a un mejor estar.

Las alas que ayer estaban abiertas

hoy se han recogido como

si quisieran abrazarse

Publicidad

para protegerse de la noche y del viento

que ya no es el sendero hacia el árbol.

Nadie me habló de este aire vuelto vidrio

nadie me habló de este aire asesino.

Publicidad

Morir para un pájaro es sentir que el viento

se ha vuelto el enemigo.

Bajo la persiana para evitar

que se repita la fatal confusión

o tal vez para arrancarme este

nuevo rol de no sepulturera,

de vigilante del cadáver de un pájaro.

¿Cómo he de habitar el día,

el color que se derrama sin pudor,

el aire de esta oficina,

si estás detrás de mí, muerto y sin consuelo?

¿Tendrás pichones que te aguardan?

¿Hacia dónde ibas con tanta entereza

que no avisaste su cercana muerte?

Estoy presa de la lógica,

del ser desalado que soy.

Habito el reino de la multitud de aprendices de fotógrafos

que se lamentan, pero disparan el flash

para divulgar el acontecimiento de tu muerte,

para hablar de ti que nada dices,

para mostrarte en la obscenidad degradada

del que captura un momento

e ignora lo sublime que es;

para hacer de la muerte

ese espectáculo efímero

que dura lo que

un suspiro sin amor.

Romance de Marcel y Momo

Donde habita Marcel

el tiempo es una siesta abrigada

por el cariño de Valentina,

tan rotundo como la eternidad.

El sol entra lento sobre el patio

atraviesa las sábanas

y dibuja un cuadro de luz.

A las diez de la mañana

la vida es un suspiro confiado

que abraza su alma.

Dueño de esquinas,

de sombras conocidas

de juegos sin secretos,

Marcel conoce cada metro de la casa

distingue cada tacto y olor.

Ha trazado mapas con su hocico

y dormido mil veces en el mismo rincón.

Una tarde la puerta se abre

y trae un temblor que no proviene

del viento:

un bulto pequeño, de patas torpes,

entra en su mundo

con el asombro sin estrenar.

Es un ladrido que aún no se oye.

Trae en los ojos una luna negra alargada

y en la cola, la timidez por derrumbar.

Marcel lo mira, no gruñe, no salta,

solo inclina el hocico, se estira y espera.

Momo tropieza,

muerde el aire, se queja sin razón.

Marcel lo observa,

le ofrece una rabia disimulada.

Momo sueña con tetas tibias

y hermanas juguetonas;

Marcel con celos, intrusos y rabias.

La espera de Marcel

Hace una quincena

murió Valentina,

la que apareció en la casa

cuando aún la casa no tenía olor.

Desde el primer día

Marcel carga un desconcierto.

Cuando ocurre el quinto

hay en su quietud explayada

en mitad del desierto de la sala,

una tristeza como herida

que sangra por dentro.

Al día décimo,

persiste su lealtad sin fractura:

cada mañana cree que la llave

entrará a la chapa,

girará con estruendo

para que ella suba las escaleras

y ocurra el abrazo batiente

y desmesurado.

En ese nuevo estado de vida

que es la muerte,

Marcel no olió a Valentina.

Tal vez por eso, ante cada ruido,

se empeña en afinar el hocico

para atraer el rastro de su voz,

o las partículas tibias de sus pasos.

Con el hocico junto a la puerta,

el tiempo ha desaparecido.

Y sin reproche él aguarda

como si la espera fuera

la forma que tiene el amor

de quedarse para siempre.

Publicado por: Beatriz Vanegas Athías

Publicidad

Publicidad

Noticias del día

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad