Magazín cultural
Sábado 27 de junio de 2026 - 01:51 AM

Raúl Gómez Jattin y las mujeres (1)

En la poesía de Raúl Gómez Jattin, las mujeres ocupan un lugar central. Su madre, Lola Jattin, y las mujeres reales e imaginadas que atraviesan su obra marcan un mundo poético hecho de amor, pérdida, memoria y locura.

Raúl Gómez Jattin y las mujeres (1). Foto suministrada/VANGUARDIA
Raúl Gómez Jattin y las mujeres (1). Foto suministrada/VANGUARDIA

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Publicado por: Beatriz Vanegas Athías

En 1989 si mal no estoy vi por vez primera a Raúl en el Centro de Convenciones de Cartagena, iba a recitar en el marco de una convocatoria que hacía María Mercedes Carranza desde la Casa de Poesía Silva. Estaban también Darío Jaramillo Agudelo y Jaime Jaramillo Escobar, todos acompañados por el presidente conservador Belisario Betancourt. Cuatro imágenes visuales y verbales tengo de esa noche: la primera, María Mercedes afanada escribiendo el discurso de apertura cuando me acerqué a que me firmara la edición de “Vainas y otros poemas” publicada por Simón &Lola Guberek; la segunda, Raúl gigantesco carcajeándose con alguien mientras avanzaba descendiendo hacia la tarima central; un Jaime Jaramillo Escobar flaco y diminuto leyendo “Mama Negra” y “Alheña&Azumbar” en sus interminables rollos; y la voz rítmica y casi cantada de Darío Jaramillo Agudelo leyendo el poema de amor que se volvió grafiti: “Sé que el amor /no existe/ y sé también/ que te amo/”.

Fueron los poetas colombianos de mi primera juventud junto con Juan Manuel Roca cuyos libros no podía comprar y por ello los transcribía en mi vieja máquina brother. De ese tiempo me quedaron memorizados “Días como agujas”, “Con coronas…”, “Una carta rumbo a Gales”, “País secreto”. También está Meira Delmar con quien conviví y hablé tanto en Cereté de Córdoba y de quien poseo el recuerdo de su voz harto rítmica declamando de memoria en la plazoleta del Centro Cultural Raúl Gómez Jattin de Cereté: Como decir mañana/y estar pensando nunca, /como saber que vamos/hacia ninguna parte/y sin embargo nada/podría detenernos, /como la mansedumbre/del mar, que es el anverso/de ocultas tempestades, /este amor. /Este/desesperado amor.

Y allá también estaba Raúl como árbol que protegía de la sofocación constante y eterna con su poesía que a nadie dejaba ileso. La poesía de Raúl Gómez Jattin en la que la mujer no es un personaje que acompaña, sino un centro de gravedad. Desde Lola María Jattin Safar (la madre que nació al igual que el poeta, en mayo, pero ella de 1908, que lo adoró y que él idolatró: “Lola Jattin”); pasando por la inflexible y odiada abuela Catalina Safar (la abuela malvada, la “Abuela oriental”); Sara Ortega de Petro (la hermana entrañable); Martha Isabel Cabrales, la misma que inspiró los poemas “El leopardo” y “Qué te vas a acordar Isabel”; la actriz Tania Mendoza Robledo con quien compartió su pasión por la actuación cuando estudió Derecho en la Universidad Externado de Colombia; hasta la amiga Beatriz Castaño, a quien homenajeó por dedicarse ella a musicalizar sus versos, entre otras.

Capítulo aparte merecen las mujeres imaginadas en Los hijos del tiempo.

Raúl Gómez Jattin y las mujeres (1). Foto suministrada/VANGUARDIA
Raúl Gómez Jattin y las mujeres (1). Foto suministrada/VANGUARDIA

Al principio del principio fue Lola Jattin

Al principio del principio fue Lola Jattin sobre quién se preguntaba el joven Raúl ¿por qué la maltrataron tanto? Lola Jattin, la bella y altiva, quien padeció “un dolor inmenso como una puñalada” y quien lo amó con delirio. Este, el poema escrito en su libro Los hijos del tiempo es el poema. A través de la memoria y la poesía, Gómez Jattin transforma el dolor de la pérdida en una forma de permanencia, haciendo que su madre siga viva en el único lugar donde el tiempo no destruye que es el verso. Por ello Lola y la poesía o lo que es igual madre e hijo terminarán fundidos en un único recuerdo que es el poema mismo.

La madre es el tiempo configurado en una elegía en la que Lola aparece como una imagen que trasciende y va más allá de la infancia pues en el recuerdo prenatal está ya presente. Más allá de las lágrimas y el dolor, sigue viva en la memoria. Más allá del presente y del verso mismo, persiste como una fuerza que atraviesa la existencia del poeta. Lola no solo engendra al hijo, sino que le da sentido a su tiempo todo, esto es el interior, el anterior y el posterior.

El poema, de acuerdo con la cronología, fue escrito luego de la muerte de su madre en el año 1984, ocho años después de la muerte del amado padre Joaquín Pablo Gómez Rainiero. Lola tuvo que huir de Sincelejo hacia Cereté y dejar a su primer marido Abdalá Chadid con quien tuvo cinco hijos. Se había enamorado del padre de Raúl y su osadía fue castigada con la sanción social que se le aplicó tal como una letra escarlata. Lola, altiva pero sufrida, con su voz y cuidados que rayaban en la pechichonería, sostiene la arquitectura del mundo poético de Raúl. La mujer es origen, herida, ausencia y símbolo. La niña Lola que fue capaz a principios del siglo XX de abandonar a su primer marido y a sus cinco hijos por amor a Joaquín Pablo Gómez es al mismo tiempo madre y amante, infancia y olvido, mito y figura social. Lola tenía cifrada todas sus esperanzas en el triunfo de ese hijo de memoria prodigiosa y bello como ella, ante el despojo de los cinco hijos de los que la obligaron a separarse, Rubén, pero especialmente Raúl, eran su aliciente.

Lola no es solo la madre del poeta, es la raíz de su existencia, el lugar donde comienza la vida, es decir, el tiempo. “No sabe que en su vientre me oculto para cuando necesite / su fuerte vida la fuerza de la mía”, y en ese verso ya está la idea de que la vida del hijo es prolongación de la vida materna. El poema recorre distintas edades —la juventud de Lola frente al espejo, su muerte convertida en presencia luminosa en el balcón— y termina en un gesto de fusión definitiva: “cuando los dos recuerdos: el de mi madre y el mío / sean sólo un recuerdo solo: este verso”.

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Sin embargo, en El libro de la locura (Libro póstumo-2000) la madre reaparece como una figura demoníaca: Soy tu madre atiéndeme en el pensamiento/ Al nacer te vendí al diablo me alimento de ti/ Te crie para la muerte Soy eterna gracias a ti/ Te cuidé como una mujercita te llené/ de mimos y caricias te hice frágil como el vidrio/ para cuando llegara la hora -¡Y ha llegado¡-/ no opusieras resistencia/ Entrégate al dolor que será tu compañero/ en la eternidad Porque la muerte es eterna / El dolor es eterno Dolerás para siempre / Y yo reiré para siempre.

El poema comienza con “Soy tu madre…” nos hace oír una voz que perturba: no se trata de la madre protectora y amorosa de la tradición, sino de una figura demoníaca que confiesa haber vendido a su hijo al diablo, que se alimenta de él y que lo ha criado para el sufrimiento. De hecho, en este libro póstumo a un poema Satán. La madre es un espectro que ahora regresa (siempre lo hace) con un tono de sentencia: el dolor será eterno, la muerte será su destino, y la risa de la madre acompañará esa condena sin fin. La maternidad aquí no es un refugio sino un laberinto del que no hay salida. Es origen, sí, pero también es condena. La madre ya no es un cuerpo cálido y protector, sino una fuerza que devora, que dispone sobre la existencia del hijo sin consultarlo. En esta inversión del imaginario materno, Gómez Jattin revela la complejidad de la relación filial que siempre sostuvo con Lola: el amor absoluto puede contener en sí mismo la semilla del dolor más profundo.

Esta ambivalencia materna, esta mezcla de amor y condena, de ternura y fatalidad, es una constante en la obra de Gómez Jattin. La mujer, especialmente en su figura de madre, es al mismo tiempo salvación y perdición. Es el lugar al que se quiere volver y del que se quiere huir. La madre —Lola o la demoníaca—es un destino. Y el poeta escribe desde esa herida, desde esa risa eterna que lo condena y lo acompaña, desde ese amor que duele porque nunca deja de estar.

Publicado por: Beatriz Vanegas Athías

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