Nacido entre tertulias universitarias, poesía, pensamiento crítico y preguntas sobre el país, el todoísmo celebra 18 años de presencia en Santander como una práctica viva que dialoga con la tradición poética regional y con el legado irreverente del nadaísmo colombiano.

Publicado por: Paola Esteban
Antes de convertirse en un movimiento cultural, antes de convocar encuentros, homenajes y conversaciones con voces de la literatura y el pensamiento colombiano, el todoísmo comenzó como suelen comenzar muchas ideas persistentes: en una conversación después de clase.
Alfredo Larrota recuerda que el movimiento empezó a gestarse “hacia el año 2005, en los pasillos de la cafetería del edificio de Ciencias Humanas de la Universidad Industrial de Santander”. Allí, entre estudiantes, colegas, tertulias y discusiones filosóficas, fue tomando forma una inquietud común: pensar el mundo no desde la exclusión, sino desde la posibilidad de encuentro.
“Todas esas discusiones tuvieron como punto de encuentro la necesidad de generar espacios de inclusión y de concebir la humanidad y el mundo como un todo”, afirma Larrota. Esa intuición, que nació en el ambiente universitario, no se quedó en la conversación. Con el tiempo, encontró un lenguaje propio en la escritura, en la poesía, en la intervención cultural y en una manera particular de habitar la ciudad.
“Finalmente, todas esas ideas aterrizaron en la poesía, en la escritura y, de una u otra manera, en una filosofía de vida”, agrega Larrota.
Hoy, 18 años después, el todoísmo celebra su presencia en Santander no como una escuela ni como una doctrina, sino como una práctica viva. Así lo entiende Manuel Moreno, uno de sus representantes en el departamento, para quien el movimiento ha sido, ante todo, una insistencia: sacar el pensamiento de sus encierros y ponerlo a circular en la vida cotidiana.
“El todoísmo ha sido una manera de sacar el pensamiento de sus encierros y ponerlo a circular en la vida”, afirma Moreno.
Desde esa perspectiva, el todoísmo no ha buscado convertirse en una fórmula rígida ni en un sistema cerrado. Por el contrario, su potencia ha estado en moverse, incomodar, mezclar lenguajes, abrir preguntas y permitir que la filosofía dialogue con la calle, con el arte, con los espacios comunes y con las experiencias colectivas.
Moreno lo resume así: “no ha querido convertirse en sistema, sino mantenerse en movimiento”.
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En Bucaramanga, ese movimiento ha tenido una expresión concreta: intervenir lo cotidiano y convertir espacios comunes en escenarios de sentido. Más que una propuesta pensada para la contemplación pasiva, el todoísmo ha buscado involucrar a quienes se acercan a sus experiencias.
“No hemos producido obras para vitrinas, sino experiencias; no hemos buscado espectadores, sino participantes”, señala Moreno.
Esa relación con la poesía tampoco es accidental. Santander ha tenido una tradición literaria amplia, aunque muchas veces menos visible en el panorama nacional. En la región han convivido distintas búsquedas: la poesía ligada al paisaje y a la memoria de provincia, la escritura de tono social, las tertulias universitarias, los suplementos culturales, los encuentros independientes y las expresiones urbanas, críticas y experimentales.
En ese mapa, el todoísmo puede leerse como parte de una corriente viva de pensamiento poético santandereano. No se trata únicamente de escribir poemas, sino de entender la poesía como una forma de estar en el mundo: una práctica que une palabra, experiencia, conversación, territorio y creación colectiva.
A esa mirada se suma el poeta Alexao, quien considera que el todoísmo admite múltiples aproximaciones e interpretaciones. Para él, quienes han participado en estos espacios pueden ofrecer lecturas distintas sobre sus dimensiones y alcances.
“El todoísmo podría decirse que surgió, en gran medida, como una expresión filosófica y humana”, afirma Alexao.
Su origen, recuerda, estuvo ligado a estudiantes y colegas de Derecho y de otras facultades de la Universidad Industrial de Santander, en un momento atravesado por la necesidad de alzar la voz, generar reflexión y abrir espacios de cuestionamiento. No era un contexto fácil. El departamento y el país estaban marcados por el miedo, la violencia y la intimidación.
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“Era una época en la que muchas personas sentían temor de expresarse debido a las consecuencias que podían provenir de distintos sectores armados, incluyendo estructuras vinculadas al poder político y gubernamental”, sostiene el poeta.
En ese escenario, el todoísmo apareció como “una expresión ética y cultural frente a las injusticias sociales, los atropellos contra la ciudadanía y los ataques permanentes a la educación, al pensamiento crítico y a la dignidad humana”.
Por eso, más que una corriente cerrada, el movimiento ha intentado abordar la realidad desde distintas perspectivas: filosóficas, sociales, políticas, culturales e incluso espirituales. Su apuesta parte de entender al ser humano no como un individuo aislado, sino como parte de un entramado colectivo.
“De alguna manera, el todoísmo busca cuestionar una sociedad que con frecuencia mira al otro como un enemigo y promueve dinámicas de indiferencia, insensibilidad y fragmentación social”, señala Alexao.
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Frente a esa fragmentación, el movimiento propone volver al encuentro, a la conciencia común y a la pregunta por el bien colectivo. “El todoísmo intenta recordar que nos necesitamos mutuamente y que el verdadero progreso de una sociedad no ocurre cuando solo unos pocos acumulan privilegios, sino cuando las mayorías logran mejorar sus condiciones educativas, cognitivas, económicas, culturales, intelectuales y materiales”, afirma.
La historia del todoísmo también dialoga con una de las corrientes literarias más irreverentes de Colombia: el nadaísmo. Fundado en 1958 por Gonzalo Arango, el nadaísmo irrumpió como una vanguardia crítica frente al orden moral, religioso, político y literario de su época. Sus manifiestos, gestos públicos y provocaciones marcaron una ruptura en la cultura colombiana de la segunda mitad del siglo XX.
En Santander, el todoísmo aparece en otro tiempo y desde otra sensibilidad, pero en conversación con ese legado de insumisión cultural. No se plantea como una negación del nadaísmo, sino como una respuesta posterior: si el nadaísmo hizo de la nada una forma de rebeldía contra los dogmas, el todoísmo ha buscado pensar el todo como posibilidad de inclusión, creación y encuentro.
Esa relación ha tenido expresiones concretas en Bucaramanga, San Gil y Barichara, donde se han desarrollado encuentros, homenajes y conversaciones alrededor del legado nadaísta y de figuras como Gonzalo Arango, Jotamario Arbeláez y Pablus Gallinazo.
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Durante estos años, Cramaña también ha propiciado diálogos con voces como Jotamario Arbeláez, Silvia Zuleta —hija del maestro Estanislao Zuleta—, Rosario Caicedo —hermana de Andrés Caicedo—, Alfredo Molano y Pablus Gallinazo. Estas presencias no han sido convocadas como figuras lejanas, sino como parte de procesos abiertos, conversaciones compartidas y experiencias vivas.
Para Moreno, ese ha sido uno de los aportes centrales del movimiento en Bucaramanga: abrir la ciudad al pensamiento y convertirla en escenario de creación.
“Eso también es creación: hacer que una ciudad piense”, sostiene.
Después de 18 años, el todoísmo no se presenta como un proyecto terminado ni como una idea fija. Sigue siendo una práctica en movimiento, un puente entre la filosofía y la vida, entre el arte y lo cotidiano, entre Bucaramanga y el país.
“Más que una doctrina cerrada, podría entenderse como una invitación permanente a pensar la sociedad desde la empatía, la solidaridad, la conciencia colectiva, la responsabilidad y el bien común”, concluye Alexao.
En una ciudad atravesada por tensiones, memorias y búsquedas culturales, el todoísmo mantiene viva una pregunta esencial: cómo hacer del pensamiento una experiencia compartida. Como afirma Manuel Moreno, se trata de una experiencia “que se sigue dando y que sigue haciendo retumbar los cimientos de esta ciudad”.















