Cultura
Miércoles 27 de agosto de 2025 - 09:03 AM

La luz del campo santandereano inspira el regreso de Enrique Reyes a las galerías

El artista santandereano Enrique Reyes regresa a las salas de exposición con “Retratista del paisaje y los humanos”, una muestra inspirada en los paisajes de San Gil y la provincia de Guanentá.

La luz del campo santandereano inspira el regreso de Enrique Reyes a las galerías. Foto suministrada/VANGUARDIA
La luz del campo santandereano inspira el regreso de Enrique Reyes a las galerías. Foto suministrada/VANGUARDIA

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

Toda la exposición gira en torno a la región de la provincia de Guanentá, especialmente San Gil y sus alrededores. “La idea era alejarme del ambiente urbano de Bucaramanga, donde predominan otros temas, y conectarme con el paisaje de esta zona. Siempre me dediqué a la figura humana, pero quería incursionar en el paisaje, en lo que ofrece esta región”, dice Enrique Reyes González con voz serena, como quien revela algo que estuvo esperando ser dicho durante años.

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Sentado frente a una de sus obras, el maestro santandereano observa en silencio la luz que se cuela por los ventanales de la Alianza Francesa de Bucaramanga, donde presenta su exposicón. Sus obras son un gesto íntimo y hondo: el reencuentro de un artista con su pintura, con sus raíces y con quienes aún recuerdan su trazo.

Enrique Reyes nació en Bucaramanga el 2 de octubre, en el hogar de Helí Reyes e Isabel González. Desde muy niño sintió afinidad por la pintura, aunque durante muchos años ese deseo quedó relegado a un rincón discreto de su vida.

“Me ha gustado pintar desde siempre, pero por mucho tiempo fue solo una afición”, confiesa. “Trabajé en una empresa de confecciones y en los descansos me entretenía pintando a las operarias. Me divertía”.

La luz del campo santandereano inspira el regreso de Enrique Reyes a las galerías. Foto suministrada/VANGUARDIA
La luz del campo santandereano inspira el regreso de Enrique Reyes a las galerías. Foto suministrada/VANGUARDIA

De esa época conserva un recuerdo que podría leerse como presagio: una figura femenina frente a un paisaje, pintada sobre una lámina de triplez, con brocha y esmalte de ferretería. Ese fue su primer cuadro. Una escena sencilla, sin pretensiones técnicas, pero cargada ya de un deseo de síntesis entre cuerpo y entorno, figura y territorio. Entre el ser humano y el lugar que habita.

Pasarían algunos años antes de que formalizara su formación artística. Lo hizo en la Escuela Dicas, bajo la tutela de maestros como Carlos Eduardo Serrano, Aurora Bueno y Virginia Nemeth. Allí afinó su técnica, pero más aún, encontró la paciencia del oficio. Su primera exposición fue en la Biblioteca Central de la Universidad Industrial de Santander. Después vinieron otras: en el Club del Comercio, el Club de Profesionales de Santander, el Instituto de Bellas Artes de Medellín, el consulado de Venezuela en Cúcuta, el Casino del Batallón Girardot. Su obra incluso apareció en la portada de la separata dominical de Vanguardia en 1980, y participó en el III Salón Regional Zona Nororiental.

Pero tras una intensa década de exposiciones individuales, seis en los años 80, algo cambió. “Yo mismo me lo he preguntado”, dice. “¿Por qué pasé tanto tiempo sin exponer? Creo que fue porque empecé a aceptar encargos: retratos, trabajos privados, pedidos de galerías. Y uno se va quedando. Me absorbió el día a día y la exposición, que exige un ritmo y una entrega distinta, fue quedando atrás”.

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La luz del campo santandereano inspira el regreso de Enrique Reyes a las galerías. Foto suministrada/VANGUARDIA
La luz del campo santandereano inspira el regreso de Enrique Reyes a las galerías. Foto suministrada/VANGUARDIA

La última muestra individual había sido en 2004. Luego, un silencio de más de veinte años. Hasta ahora.

La exposición que hoy presenta marca un quiebre. No solo por lo que muestra, una serie de paisajes al óleo sobre lienzo que retratan con sensibilidad la geografía emocional de San Gil y sus alrededores, sino por el modo en que fue concebida. Desde hace ocho años, Reyes vive en San Miguel, a pocos kilómetros de San Gil. Esa cercanía con lo rural, con lo tangible del territorio, lo llevó a mirar de nuevo. Y a pintar distinto.

“Quería salirme de lo urbano. Lo mío era la figura humana, sí, pero quería mostrar otra faceta. Que la gente vea estos cuadros y diga: ‘yo conozco ese sitio, es a tal hora’. Eso es lo que busco: captar el momento, la atmósfera. La luz”.

La luz es, en efecto, protagonista silenciosa en sus cuadros. No como un elemento técnico, sino como una presencia narrativa. La luz que recorta una montaña, que baña un camino, que acaricia un techo de teja o un guayacán florecido. Luz que permite reconocer, recordar, habitar.

El maestro Jorge Mantilla Caballero, quien ha seguido de cerca su evolución pictórica, identifica dos etapas en la obra de Reyes. La primera, marcada por temas como los caminos, la mitología, los pequeños bosques y figuras humanas, especialmente ancianos, donde se percibe una fuerte indagación simbólica y ancestral. “Es un período dominado por la búsqueda de significados profundos, con verdes intensos y luces iridiscentes que parecen iluminar lo oculto”, explica. En la segunda etapa, en cambio, el trazo se vuelve más libre, más personal. Aparecen elementos de una iconografía propia y una mayor soltura en la composición. “Enrique Reyes es un artista que no teme a la transformación. Su obra transita por distintos caminos, con distintas formalidades, pero sin perder su esencia investigativa”, concluye.

La luz del campo santandereano inspira el regreso de Enrique Reyes a las galerías. Foto suministrada/VANGUARDIA
La luz del campo santandereano inspira el regreso de Enrique Reyes a las galerías. Foto suministrada/VANGUARDIA

El día de la inauguración, Reyes invitó a antiguos amigos y seguidores. Muchos de ellos lo acompañaron en sus primeras exposiciones, allá por los años ochenta y noventa. Y fueron. Volvieron. Se reencontraron no solo con el artista, sino con sus propias memorias: de juventud, de territorio, de sensibilidad.

Porque esa es quizás la mayor virtud de esta exposición: que no retrata paisajes idealizados, sino lugares reales atravesados por una mirada afectiva. Lugares que, al ser pintados, se convierten en reflejos de quienes los habitan.

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“Yo sentía que la gente se había olvidado”, dice Reyes. Pero no. La gente no olvida cuando el arte, como el suyo, logra decir lo esencial sin estridencias. La gente no olvida cuando la pintura logra capturar, con honestidad y oficio, esa luz que nos acompaña incluso cuando no la estamos mirando.

Luz, río y memoria: los paisajes de San Gil que inspiran a Enrique Reyes

Hay una razón por la que Enrique Reyes cambió el bullicio de Bucaramanga por el silencio templado de San Miguel, a pocos kilómetros de San Gil. Lo urbano, dice él, ya había cumplido su ciclo. Lo suyo era ahora el paisaje, ese que no se repite, que varía con la hora del día, con la estación, con la luz. Un paisaje que habla sin alzar la voz.

Y es que San Gil no solo es un municipio santandereano; es una geografía emocional. Es un entramado de colinas suaves y riscos agudos que brotan de la cordillera Oriental, donde el clima es cálido pero generoso, y el verde no es un color sino una gama de emociones. La altitud, que oscila entre los 1.100 y los 2.000 metros, da paso a la niebla y a cielos despejados, a árboles que se agitan con una brisa casi espiritual y a tardes doradas que podrían fundirse con el óleo.

Suministrada/Vanguardia
Suministrada/Vanguardia

En medio de todo eso, el río Fonce, nervio líquido del territorio, serpentea con ímpetu entre rocas, ceibas y guaduas. Allí se lanzan los más osados en botes de rafting, pero también se sientan los pintores, como Reyes, a observar cómo cambia el color del agua cuando el sol se inclina.

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Es fácil entender por qué un artista decide anclarse a estas tierras. A su alrededor, la provincia de Guanentá despliega un catálogo natural sin excesos, pero nunca carente de belleza: quebradas como Pozo Azul, remansos como Pescaderito, árboles cubiertos de musgos antiguos en el Parque El Gallineral, un pulmón verde en pleno centro urbano donde parece que el tiempo también descansara.

Y a tan solo una hora, se abre el Cañón del Chicamocha: un abismo milenario donde el paisaje cambia de tono con cada metro. Árido, desgastado, pero profundamente vivo, este cañón ofrece desde lo alto una visión que no solo reta al vértigo, sino también al pincel: ¿cómo atrapar, en lienzo, semejante escala de luz, viento y polvo?

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

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