Desde Bucaramanga, una voz poética se une a una genealogía de creadoras que han hecho de la herida un lenguaje. Color y sombras es más que un poemario: es un gesto de memoria íntima y resistencia escrita en clave de mujer.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
En el arte hecho por mujeres, la oscuridad no es un recurso dramático. ni una escenografía secundaria. Es un territorio que se habita. Un espacio donde se procesan violencias, duelos, deseos incómodos y memorias que no caben en los relatos oficiales. El nuevo poemario Color y sombras, de la santandereana Yury J. Sandoval Rosas, se instala ahí: en esa zona densa, fecunda, incómoda, donde la luz convive con ella. Y lo hace en diálogo con una genealogía de poetas y artistas visuales que han usado la penumbra como materia prima para crear.
Desde el título, el libro revela sus intenciones: Color y sombras nace de esa tensión. Abre con una serie de fotografías de naturaleza tomadas y manipuladas por la autora, donde la luz no es solo imagen, sino gesto de gratitud. Pero esa claridad no lo abarca todo. Como señala la sinopsis, aquí “cohabitan tanto la brillante luz como las oscuridades de la existencia”, como si ambas fueran necesarias para sostener el equilibrio de lo vivo.

Este jueves 27 de noviembre, la poeta presentará Color y sombras en un recital poético en El Libro Total de Bucaramanga, a las 6:30 p. m., con entrada libre.

El evento hace parte de la cuarta edición de El fuego que las habita, una propuesta que ha recorrido municipios como San Gil, Barichara y Bucaramanga para visibilizar la creación poética de las mujeres. En esta ocasión, el fuego lo encienden Liliana Beltrán, Sandra Acosta, Andrea Garcés y Shirly Aguilar, poetas invitadas que prestarán sus voces para leer exclusivamente poemas del libro de Yury. Un gesto de complicidad entre creadoras, pero también de apertura: un libro leído por otras, sentido por muchas.
La artista visual Andrea Melissa, cercana lectora del libro, pone el acento en la influencia de Carl Jung: la “sombra” como ese fragmento inconsciente que cargamos a cuestas, pero preferimos ignorar. En el poemario, dice, habita una mujer herida, que ha enfrentado batallas duras, capaz de nombrar el maltrato y la violencia, pero también de narrar la resiliencia. No se trata de una lectura teórica, sino de un trabajo con el propio dolor. Andrea lo sabe bien: su obra ha explorado esa oscuridad desde la escultura con piezas como Natura Mortis, troncos de carbón como heridas abiertas, o instalaciones donde un juguete de bebé forrado en cuero guarda imágenes y nombres de hijos que no nacieron. La sombra, para ella y para Yury, no es algo que se evita: es algo que se trabaja.

Alrededor del libro se ha tejido una conversación entre mujeres poetas de Santander que amplifica su resonancia. Liliana Beltrán encuentra en la poesía “una forma de resistencia frente a lo que nos atraviesa” y destaca el uso de la luz y la oscuridad como metáforas de la experiencia emocional: alegría y tristeza, esperanza y desesperación. Para ella, los poemas de Yury contrastan estos estados femeninos, recordando que uno no existe sin el otro.
Sandra Acosta, cuya escritura transita entre lo social y lo íntimo, describe el poemario como una obra “confesional, intimista, un tanto gótica, onírica y erótica, como la vida misma”. Reconoce en los versos de Yury una exploración honesta de la penumbra y la claridad, desde una voz poética que se atreve a mirar hacia adentro sin adornos.
Por su parte, Shirly Aguilar, que escribe desde niña, introduce una mirada histórica: para ella, la mujer ha sido obligada a ser luz, para el hogar, para los otros, mientras lidia con una oscuridad propia, hecha de ira, frustración, desamor. Color y sombras, dice, se inscribe en esa batalla milenaria, donde el caos también es un punto de partida para conquistar la libertad.
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Juntas, estas voces convierten el libro en algo más que una introspección personal. Lo instalan dentro de una conversación más amplia sobre cómo las mujeres están narrando hoy zonas de su experiencia históricamente silenciadas.
Desde Bucaramanga, Yury Sandoval escribe en sintonía con una constelación de mujeres que han hecho del dolor un lenguaje. En poesía, la referencia inevitable es Alejandra Pizarnik: obsesionada con la noche, el silencio y la muerte, sus versos rozan lo indecible y tensionan los bordes entre la palabra y el abismo.

En Colombia, Piedad Bonnett llevó esa oscuridad al terreno autobiográfico en Lo que no tiene nombre, un libro desgarrador donde la literatura acompaña el duelo por la muerte de su hijo. Allí, la poesía no consuela, pero sí permite mirar de frente el dolor sin anestesia.
Las artes visuales también ofrecen ecos potentes. Frida Kahlo pintó su cuerpo roto con una crudeza sin filtros: columnas partidas, venados heridos, paisajes áridos y miradas frontales que no esquivan la angustia. Louise Bourgeois transformó sus temores más íntimos en instalaciones donde el trauma, la infancia, la culpa y la maternidad se entrelazan. Y Doris Salcedo convirtió el duelo colectivo en arte político: zapatos de desaparecidos, nombres escritos en agua, muebles atravesados por la historia de la violencia en Colombia. Y la santandereana Beatriz González nos ha mostrado de frente las heridas del país, lo que nos negamos a ver.

Todas ellas, de Pizarnik a González, han demostrado que la oscuridad es un lugar desde donde pensar, crear y resistir.
En esa tradición se inscribe Color y sombras. Yury no estetiza el sufrimiento, pero tampoco lo maquilla. En sus poemas hay escasez, desencuentros, pérdidas y nostalgias. Pero también hay una voluntad de transformar todo eso en materia poética. Ella misma ha dicho que este es “el hijo que más duele parir”, una obra nacida del desgarro, pero también de la decisión de encender una pequeña luz.
Y esa luz no es la que alumbra desde afuera. Es más bien como una lámpara encendida en medio del cuarto, tenue pero suficiente para ver las grietas, el polvo, la forma concreta de la herida. La sombra, aquí, no es lo opuesto a la claridad: es el espacio donde las palabras cobran cuerpo. Es archivo de lo que no se dice en voz alta, pero también es el lugar desde el cual podemos empezar a reescribirnos.
Desde una mirada de crítica cultural, lo que une a Color y sombras con toda esta constelación de creadoras es un gesto radical: dejar de ver la oscuridad como un enemigo y empezar a tratarla como una interlocutora. Porque a veces, solo desde ahí, se enciende la luz.
















