Una misa folclórica en Jesús María cambió la vida de Felicitas Jaimes y la llevó al mundo de las guabineras. Su historia muestra cómo estas mujeres sostienen la guabina en Santander entre la fe, la familia y la memoria.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Felicitas Jaimes se ríe suave y pide paciencia cuando le pregunto como entró al mundo de las guabineras.
Y la historia, curiosamente, no comienza en una tarima ni en un festival, sino en un encuentro que a ella todavía le humedece la voz: el día en que escuchó una eucaristía donde las guabinas se metían en lo litúrgico como quien vuelve a casa.
Fue en Jesús María, en junio de 2002, durante una celebración del Día del Campesino. Felicitas llegó “en actitud de turista”, con ganas de mirar de cerca las actividades folclóricas. Ese día, cuenta, se encontró con lo que después nombraría como “una mesa de folcor tan hermosa” que lloró durante toda la ceremonia. “Yo lloraba de escuchar las guabinas en los momentos que había que entonar cantos litúrgicos”, dice.
La emoción también tenía un reverso íntimo: durante años había cargado con una culpa sembrada en casa. “Mi esposo… me decía que eso era pecado bailar… qué cuento de bailar torbellino… qué cuento de señoras coplas… que eso era pecado”, recuerda. La misa folclórica, ese contraste entre lo prohibido y lo celebrado, le abrió una certeza: “Yo no estoy pecando, yo estoy haciendo las cosas porque me gustan y porque me salen del corazón”.
Fue entonces cuando buscó a quienes habían liderado esa eucaristía. “De una vez los busqué… a la señora Dora…”, dice, y el nombre aparece como una puerta: Dorita González de Ardila.
Felicitas la recuerda como una protagonista de aquella experiencia, una mujer de voz fuerte, de esas que en su tierra llaman “guacharaqueras”. Dorita, guabinera de Sucre, Santander, murió el 19 de enero de 2026, pero en el relato de Felicitas sigue viva como la presencia que sostenía el canto sin timidez, la que hacía de la guabina una forma de mando comunitario.
Después de aquella misa, Felicitas hizo algo que delata su manera de vivir la tradición: la llevó a su propio territorio. Dorita llegó a su casa con su esposo Adolfo y un hijo, uno de los que también cantan y componen. Se quedaron a dormir. Al otro día cantaron en una misa folclórica. “La única, dice Felicitas con pesar, porque después no ha habido más oportunidades para hacerlo”.
En esa relación sencilla, una invitación, una casa abierta, una noche de hospedaje y un canto compartido, se ve algo que las declaratorias nunca alcanzan a decir del todo: la guabina no se sostiene solo con reconocimientos, sino con redes domésticas, con confianza, con afecto y con terquedad.
Publicidad

Lamento de la tierra
Antes de Dorita, sin embargo, Felicitas tuvo que salvarse a sí misma. Se retiró del magisterio el 31 de julio de 1993, a los 53 años. La tristeza le ganó en ese momento.
La sacaron de ahí otras manos: hijas, amigas, compañeras de trabajo de sus 23 años como docente en Piedecuesta.
“Una parejita de esposos me llevaron a Bellas Artes”. Y ahí aparece otro nombre clave: el artista Jesús Emilio Utriago, “Chungo” para los cercanos. Él la conocía: Felicitas había sido profesora de sus hermanas.
“Tomó carta en el asunto y me ayudaba muchísimo”, dice. Le asignaba tareas pequeñas, posibles: dirigir el calentamiento del grupo, motivar, diseñar ejercicios. “Usted es profesora, usted es capaz”, le insistía. Y así, “superando, superando”, el cuerpo empezó a sacarla del hueco donde la mente se había encerrado.
En medio de ese trabajo se cruzó con gente de la provincia de Vélez y con una puerta hacia el canto guabinero. Recuerda a doña Cleofina Zambrano de Gómez, quien la animó a ensayar. Cleofina hacía la segunda voz; Felicitas debía sostener la primera. “Yo no fui capaz”, admite. Pero se encerró a escuchar, a analizar, a practicar. Luego el camino se afianzó con el grupo Arrayanes, dirigido por Guillermo Laguna: le pasaban casetes con grabaciones y Felicitas ensayaba sola hasta lograr “hacer la primera voz”. Cuando por fin se sintió lista, llamó a Cleofina: “Ahora sí como que podemos cantar”. Y cantaron juntas.
Con Arrayanes conoció el país: “Popayán, Ibagué, Villanueva, Casanare… casi toda Colombia cantando guabina con doña Cleo”. Luego vino la pérdida: Cleofina murió en 2004. Más tarde, otra compañera, vinculada al coro de la UIS, también falleció. “Ya quedé sin quien cantara conmigo… como que se me quedó el canto de guabina atrás”. Pero la tradición no se le fue del cuerpo: se convirtió en danza, torbellino, moño, percusión, presencia.
En 2009, once personas de Santander fueron reconocidas como Tesoros Humanos Vivos y seis eran guabineras: mujeres de “voz ronca” que llegaron a Bucaramanga con el traje tradicional, las trenzas apretadas y un repertorio que parecía guardar la historia del folclor regional. A propósito de esa declaratoria, la periodista Elizabeth Reyes LePaliscot escribió para Vanguardia un reportaje que ayudó a fijar en palabras lo que durante décadas había vivido por transmisión oral: la geografía de estas mujeres en Guavatá, Chipatá, Jesús María, Sucre y Bolívar; sus encuentros “en pequeños pueblos y grandes ciudades” por más de treinta años; y su insistencia por sostener la guabina con recursos propios.
Publicidad
Ese reportaje no se quedaba en el orgullo: dejaba ver la fragilidad del sostén material. Invitaciones abundantes, patrocinios escasos, viajes a pulso. Y una evidencia que duele: agrupaciones sin trabajo discográfico, sin archivo robusto, sin una política sostenida que convierta el homenaje en permanencia.
Cuando pregunto por el lugar de las guabineras en el mapa cultural de Santander, el Mg. Fernando Remolina Chaparro, licenciado en Música y profesional de Dirección Cultural de la UIS, lo resume así: “Las guabineras son una de las expresiones culturales más representativas de Santander, desde el canto, la música, el baile y lo que estas transmiten desde su cotidianidad”. Para él, el valor no está solo en el sonido, sino en lo que ese sonido contiene: identidad regional, geografía emocional, coplas ancladas a trabajo y campo, fiestas patronales y costumbres. Y remata con una imagen que parece escrita para el territorio: “No son solo melodías, sino la voz colectiva de una región que canta su historia, su tierra y su alma”.
Edgar Becerra habla como quien ha visto, una y otra vez, cómo lo propio se sostiene cuando alguien lo nombra a tiempo. Dice que lo que ustedes están haciendo, esa circulación de audios, videos, piezas en redes, no es adorno: es una manera de volver visible la identidad folclórica santandereana para jóvenes y adultos que “no conocen muy bien” el folclor. Y pone un ejemplo concreto, casi pedagógico: el traje típico. Recuerda que una ordenanza departamental, hace cerca de ocho años, declaró el traje veleño como traje típico de Santander, “el que nos viene representando”. Incluso, añade, ese vestuario sirvió de referencia para Encanto: otra vitrina que, a su manera, empujó la cultura hacia afuera.
Cuando habla de Felicitas, la dibuja completa: guabinera, bailadora de torbellino, coplera, bordadora. No solo canta: también cose la memoria. Borda la camisa del hombre, la blusa y la falda de la mujer en sus dos versiones, la de colores y la de blanco y negro, como quien remienda el tiempo puntada por puntada. Con ella, dice, ha hecho pareja de baile por más de 30 años. Y con el grupo han trasegado festivales durante más de quince, con un orgullo que se vuelve dato: campeones nacionales en el Festival del Moño Torbellino Veleño de Jesús María.
Publicidad
Pero Becerra no se queda en la celebración. Suelta la frase con esa mezcla de cariño y urgencia que tiene la gente del folclor cuando mira alrededor: “las guabineras se nos están yendo”. Por eso insiste en el relevo. Habla de motivar a las jóvenes para que canten, para que aprendan las tonadas, para que el legado de las abuelas no quede a merced del silencio. Él mismo lo ha intentado desde la escuela: 45 años como docente, trabajando con niños y niñas para que lo conozcan, lo bailen, lo sientan. Hoy lo hace desde una ruralidad que le ayuda: la escuela La Malaña, en Bucaramanga.
Al final, su invitación es sencilla y contundente: que Felicitas se conozca, que se difunda, que se vea la historia. Y que, si se puede, no sea solo ella: que se reúna el grupo, que aparezcan también las cantadoras jóvenes que están entrando. Porque la guabina, como todo lo que importa, no se hereda por decreto: se sostiene en comunidad.

“De una loma a otra”: el origen del grito guabinero
Para Dídmo Romero Ardila, gestor cultural, artista, creador e investigador de patrimonio cultural de la provincia veleña y del departamento de Santander, el canto de guabina identifica a la región y explica su origen con una imagen funcional: “Surge históricamente de ese mecanismo de comunicación. La forma de comunicarse de una loma a otra”. De ahí el “grito” guabinero: llamar, pedir favores, prestarse servicios, resolver necesidades cotidianas; “nuestras comadres se comunicaban de un lugar al otro”.
Dídmo aterriza también el contexto festivo: el canto crece en las parrandas campesinas al terminar la jornada laboral. Habla del torbellino, del requinto y el tiple, y de una percusión que inventaría la provincia: carraca, quiribillos, chucho, pandereta, tambora, guacharaca, alfandoque, esterilla. Y subraya el dúo vocal que marca la tradición: primera y segunda voz.
Publicidad
En su recuento institucional, menciona un hito: en 2011 se declararon cantadoras de guabina de la provincia de Vélez como Patrimonios Culturales Vivientes de Santander y destaca que Sucre estuvo representado por María Dora González, Dorita.
Aun así, deja una alerta: muchas cantadoras de ancestro ya están falleciendo; cada municipio tiene tonadas propias; y ese primer estribillo “ay sí, la guabina” abre como eco antiguo.
Hoy Felicitas vive en el campo, en la Mesa de los Santos. “Aquí me entretengo entre las flores… eso me da vida”, dice. Sigue ligada al folclor con el grupo “Chicoteando por Santander”, dirigido por Antonio Rito Vargas, “un sabedor excepcional”. Allí, el relevo de la primera voz lo asumió su nieta Dary Marcela Espinosa Rivera, de casi 30 años, que entró por una urgencia: una cantante se bajó de un viaje a última hora, antes de una presentación en Bolívar. Felicitas propuso: “Tengo una nieta que canta”. La llamaron, llegó, cantó lo que le habían enseñado y con un día de ensayo viajaron. Después entró una hija y luego otras dos: coplan, tocan, bailan. “Ahí estamos en familia”.
La escena es hermosa, pero deja una pregunta: si la transmisión depende solo de la casa, el patrimonio queda a merced del azar.
Felicitas habla como quien enseñó décadas y piensa en generaciones. Pide escuela: que maestros de primaria y secundaria vayan a Vélez, a Bolívar, que vean “lo bello, lo hermoso” del folclor, que entiendan cómo la cultura ofrece pertenencia. Tiene incluso una copla, hecha con Guillermo Laguna, que lanza un dardo pedagógico: “Los mal llamados maestros… que cambian el torbellino por el pingo reggaetón”.
No es una guerra contra el presente: es una defensa de lo propio desde la gratitud. Felicitas no canta porque la guabina le salvó la vida, le devolvió el cuerpo, el viaje, el sentido. Y en ese trayecto, Dorita permanece como un punto fijo: la guacharaquera que cantaba alto, la que lideraba parrandas y eucaristías, la que todavía hoy sirve de brújula para entender que cantar guabina no es un acto decorativo, sino un modo de resistir.
En Santander, las guabineras son una pregunta: ¿qué tan en serio nos tomamos lo que decimos admirar? Y también una respuesta: mientras existan mujeres como Felicitas la guabina seguirá encontrando cómo sonar, así sea, otra vez, a puro pulso.
















