Murió Orlando Serrano Giraldo, pero no el asombro: la vida que aprendió a iluminar desde la penumbra.

Murió el gestor cultural Orlando Serrano Giraldo, y casi podría decirse que con él no se apagó una vida, sino que se encendió una memoria. Este santandereano tejió su mundo entre sombras físicas y claridades profundas, donde cada página, cada cuerda pulsada y cada palabra dicha al oído de la ciudad dejó una huella indeleble.
Serrano Giraldo quedó tatuado en las bibliotecas, en la música que emana de un tiple afinándose en alguna sala, en la nostalgia de quienes lo escuchamos desarmar la solemnidad con su humor. Hablar con él era un programa divertido y relajante. Porque Orlando no fue solo un gestor cultural: fue un guardián de la sensibilidad, un hombre que, a pesar de haber nacido con la luz esquiva -fotofobia, acromatopsia, miopía-, aprendió a ver más lejos que muchos.

Dijo hace poco, en una entrevista al cuentero Pacho Centeno, con esa ironía suya que nunca pedía permiso: “Yo no he hecho nada comparado con lo que hubiera querido hacer”. Y, sin embargo, lo hizo todo. Fue músico, lector, escritor, investigador, librero, gestor cultural, en fin...
Desde niño, cuando el mundo parecía difuso, encontró en los libros un refugio y una revelación: “Me tocó refugiarme en los libros, porque yo no podía jugar como los otros niños”, replicaba. Mientras otros corrían bajo el sol, él navegaba en las páginas. No faltará quien diga que vivió en las sombras, pero pocos entendieron que, en realidad, Orlando habitaba otra forma de luz: la del conocimiento, la de la imaginación, la de la música.
Fue aquel niño al que creyeron “casi ciego” y “medio bobo”, hasta que una maestra —de esas que cambian destinos sin saberlo— puso su cuaderno junto al del mejor estudiante y le dijo a su señora madre: “Ni es ciego ni es bobo, señora. Es un escritor”.
Él hizo el bachillerato en la época del glorioso Colegio De Santander, en la rectoría de Alejandro Villalobos Serpa. Según él, “Era el mejor colegio del Departamento, era un colegio mundial”, decía con orgullo.
Hay que aclarar, eso sí, que finalmente Orlando se graduó en el Instituto Caldas. ¿La razón? Ocurrió que en su época de secundaria hubo una huelga muy larga en el citado plantel oficial y, para no prolongar más su etapa de formación, su familia lo trasladó al referido colegio privado.
Desde esa etapa colegial la vida le exigió como a todos, y él respondió como pocos. Ahorró monedas de sus onces para comprar libros ‘pirateados’ en la vieja Bucaramanga y convirtió la lectura en una forma de resistencia. Más tarde sería sociólogo, profesor y mucho más. Fue un hombre múltiple en una ciudad que a veces no alcanzaba a comprender la magnitud de su entrega.
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Gran trayectoria
Dirigió la mítica librería Alegría de Leer, que aún hoy muchos evocan como la mejor que ha tenido la ciudad. Pasó por la Dirección de Cultura Artística de Santander, por el Conservatorio, por el Banco de la República.
Y en los intersticios de la tecnología -cuando imprimir recibos dejaba de ser urgente- ayudó a gestar una revolución silenciosa: la edición bajo demanda, semilla de lo que hoy conocemos como El Libro Total. (Lea además: Murió Edith Ulloque de Serrano, reina del Carnaval de Barranquilla que marcó historia en Bucaramanga)
Pero Orlando no solo organizaba la cultura: la vivía. Fue tiple en mano y oído atento, impulsor de festivales que hoy son tradición, cómplice de encuentros donde la música andina no era folclor muerto, sino latido vivo. En cada proyecto dejó algo más que gestión: dejó alma.
Amó los libros hasta el exceso. Tanto, que su biblioteca terminó siendo tan grande como su propia casa. Cuando la vida le arrebató a su esposa, decidió mudarse y dejar ese espacio intacto, como un santuario de papel.
- “Cada uno tiene su manera de ser pendejo”, decía, riéndose de sí mismo. Y esa sonrisa, esa manera de quitarle gravedad a lo inevitable, fue también su forma de resistir la vida.
Hoy que ya no está, su ausencia no pesa: resuena. Retumba en quienes lo escucharon hablar de música como quien habla de un secreto; en quienes aprendieron de su terquedad luminosa; en quienes descubrieron, gracias a él, que la cultura no es un lujo, sino una necesidad vital.
Dicen quienes conocieron a Orlando Serrano Giraldo que, a decir verdad, “no se va del todo”. Está en cada página rescatada del olvido, en cada lector que encuentra un libro a tiempo, en cada acorde de tiple que se niega a morir. Está en Bucaramanga, que quizá ahora -en su partida- empieza a comprender la dimensión de lo que tuvo. Porque hay hombres que ven poco y miran mucho. Y Orlando Serrano Giraldo fue, sin duda, uno de ellos.
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Su obituario, para tener en cuenta
Sede y sala del homenaje: 3, Funerales Los Olivos.
Ceremonia religiosa: Parroquia María Reina de las Misiones.
Fecha y hora: Este martes, 24 de marzo, a las 4:00 p.m.
Destino Final: Jardines La Colina / Cremación
Hora: 5:00 p.m.
















