Lo que comenzó como una apuesta por filmar con el dispositivo más cotidiano terminó abriéndose espacio en dos de las vitrinas más visibles del audiovisual colombiano. Smartfilms celebra prenominaciones a los Premios India Catalina y presencia en el Ficci.

Publicado por: Redacción Cultural
Lo que empezó hace una década como una apuesta por ampliar el acceso a la creación audiovisual hoy aparece rozando dos de los escenarios más visibles del sector en Colombia. SMARTFILMS, festival dedicado al cine hecho con celulares, anunció la presencia de varios de sus talentos y producciones en el circuito de los Premios India Catalina y del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias, una señal de cómo las narrativas surgidas desde dispositivos cotidianos han dejado de ocupar un margen para entrar en conversación con el corazón de la industria.
Entre los prenominados a los India Catalina aparece Toma 10, cortometraje de la categoría profesional 2025, junto con los nombres de Mateo Moya, Jose y Camiviajero, integrantes de la comunidad creativa vinculada al festival. La noticia no solo habla de reconocimientos puntuales: también deja ver el lugar que empieza a ocupar una cantera audiovisual formada por fuera de los recorridos tradicionales, pero cada vez más cerca de los espacios donde se valida la calidad, la innovación y la circulación de contenidos en el país.
Ese contexto importa. Los Premios India Catalina, celebrados desde 1984 y vinculados históricamente al ecosistema del Ficci, son uno de los reconocimientos más representativos del audiovisual colombiano y hoy abarcan también producciones para plataformas y formatos digitales. Es decir: ya no premian solo una idea clásica de televisión o cine, sino un campo en transformación donde las fronteras entre pantalla, formato y lenguaje se han vuelto más porosas. En ese paisaje, la aparición de una obra nacida del universo Smartfilms no resulta anecdótica, sino coherente con la evolución reciente del sector.
Algo similar ocurre con el Ficci, el festival de cine más antiguo de América Latina, fundado en 1960 y definido por su vocación social, abierta e incluyente. Allí la presencia de Diego Casseres, reportando desde San Basilio de Palenque, y de Santiago Rodríguez, representando el talento emergente desde Barranquilla, sugiere una lectura más amplia: la del audiovisual como práctica cultural ligada al territorio, a la memoria y a las formas locales de narrar. Que esos nombres lleguen a Cartagena desde la órbita de SMARTFILMS también habla de una descentralización lenta pero persistente de la producción audiovisual colombiana.
Fundado en 2015 como un festival de cine hecho con celulares, Smarfilms ha insistido en una idea que con los años ganó espesor cultural y político: que el acceso a la tecnología puede convertirse en una puerta de entrada para nuevas voces, nuevas estéticas y nuevas economías creativas. Según la organización, el proyecto ha capacitado a 8.000 personas y ha impulsado la creación de 120 empresas en distintas regiones del país. Esa mezcla entre formación, circulación y emprendimiento explica por qué su presencia en estos escenarios puede leerse menos como una excepción que como el resultado de un proceso sostenido. De hecho, en su edición 2026, el Ministerio TIC volvió a respaldar categorías enfocadas en inclusión, diversidad y participación territorial, una señal de que el festival también ha sido entendido institucionalmente como una herramienta de apropiación cultural y digital.
Visto en conjunto, el anuncio no solo celebra unas prenominaciones o una presencia en festival. Lo que pone en escena es algo más interesante: el momento en que una pedagogía audiovisual nacida desde el celular empieza a ser leída en serio por los grandes vitrales del sector. En un país donde las brechas de acceso siguen definiendo quién filma, quién circula y quién permanece invisible, ese tránsito dice mucho sobre el presente del cine colombiano y sobre las formas en que la cultura se está reconfigurando desde abajo.
















