Cultura
Martes 04 de agosto de 2026 - 11:48 AM

De un cuarto oscuro a una exposición en Bucaramanga: la historia de Miguel Flórez Mogollón

El fotógrafo aficionado Miguel Flórez Mogollón presenta Miradas y lugares que cuentan historias, una exposición en blanco y negro que podrá visitarse del 25 al 27 de agosto en la Casa del Libro Total, en Bucaramanga. La muestra nace de una pasión que comenzó a los 15 años, cuando su padre le regaló una cámara y le instaló un laboratorio fotográfico en casa.

De un cuarto oscuro a una exposición en Bucaramanga: la historia de Miguel Flórez Mogollón. Foto suministrada/VANGUARDIA
De un cuarto oscuro a una exposición en Bucaramanga: la historia de Miguel Flórez Mogollón. Foto suministrada/VANGUARDIA

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Publicado por: Redacción Cultural

Un hombre permanece sentado sobre un muro de piedra. A sus espaldas se levanta un busto y, en primer plano, unas manos sostienen una cámara Nikon. La imagen que anuncia la exposición Miradas y lugares que cuentan historias resume la búsqueda de Miguel Flórez Mogollón: detenerse ante las personas y los espacios cotidianos para descubrir aquello que suele pasar inadvertido.

La muestra estará abierta los días 25, 26 y 27 de agosto en la Casa del Libro Total. Allí, el artista presentará una serie de fotografías en blanco y negro que combina imágenes, memoria y pequeños relatos sobre los lugares y las personas que ha encontrado durante sus recorridos.

Flórez Mogollón no se define como fotógrafo profesional. Se reconoce, más bien, como un aficionado que ha mantenido una relación cercana con la cámara desde la adolescencia. Tenía 15 años cuando su padre le regaló su primera cámara y le instaló un laboratorio fotográfico en casa. Entre químicos, negativos y horas dentro del cuarto oscuro aprendió a revelar imágenes, pero también a mirar.

“Mi papá me decía: coloca tus ojos donde creas que nadie más está mirando”, recuerda. El consejo incluía subir la cámara, bajarla, cambiar de posición y buscar perspectivas distintas. Con el tiempo, esa enseñanza se convirtió en una forma de aproximarse a los otros.

Su padre, profesor universitario y un hombre sensible al arte, también registró algunos momentos de la vida familiar. Cuando Miguel cumplió un año, grabó una película en ocho milímetros que décadas después fue digitalizada. Ese archivo doméstico, junto con las cámaras antiguas que hoy colecciona, hace parte de una memoria familiar atravesada por las imágenes.

Durante su juventud, Flórez Mogollón realizó algunas exposiciones. Más adelante, mientras se desempeñaba como profesor en el colegio Saucará, creó un laboratorio para enseñarles fotografía a sus estudiantes. Allí los jóvenes no solo aprendían a manejar una cámara: también revelaban sus propias imágenes y conocían el proceso lento y casi ritual de la fotografía analógica.

Ahora, a sus 66 años y después de pensionarse, el artista retomó con mayor fuerza ese vínculo. La jubilación le permitió observar la vida desde otro lugar y recuperar el interés por la fotografía en blanco y negro, una práctica cada vez menos frecuente en medio de la inmediatez de los teléfonos celulares y las imágenes digitales.

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La exposición nació de una idea que Flórez Mogollón resume en tres palabras: cerebro, corazón y cámara. Para él, la fotografía no depende únicamente de la técnica o del equipo, sino de la capacidad de pensar, sentir y observar antes de apretar el obturador.

Por eso, Miradas y lugares que cuentan historias no pretende quedarse en la superficie de una buena composición. Su propósito es reconocer que detrás de cada rostro y cada espacio existe un relato. “Es mirar qué estamos dejando, qué estamos mirando y cómo lo estamos mirando”, explica.

La propuesta llamó la atención de la curaduría y la administración de la Casa del Libro Total por su manera de recuperar el carácter íntimo de la fotografía y, especialmente, por su apuesta estética por el blanco y negro.

Para Flórez Mogollón, regresar a este lenguaje significa recuperar algo del romanticismo del antiguo laboratorio: la espera, la sorpresa de la imagen que aparece lentamente y el tiempo dedicado a observar. También es una manera de volver a las enseñanzas de su padre y a esa cámara recibida durante la adolescencia.

Décadas después, el fotógrafo continúa caminando con la cámara “para arriba y para abajo”, buscando el ángulo que otros pasan por alto. En sus imágenes, una banca, un rostro o una calle dejan de ser parte del paisaje y comienzan a contar su propia historia.

Publicado por: Redacción Cultural

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