Alfonso López, Américo Montanini y una historia de 85 años entre fútbol, nostalgia, tragedias, ídolos, tribunas llenas, remodelaciones y recuerdos.

Hay escenarios de la capital santandereana que terminan siendo mucho más que un lugar. En Bucaramanga, el estadio de la carrera 30 con calle 14 es uno de ellos. Por sus tribunas han pasado generaciones enteras, se han celebrado goles, se han llorado derrotas y se han escrito capítulos que forman parte de la memoria deportiva de Santander.
Durante más de ocho décadas, casi 85, se le conoció como estadio Alfonso López, pero desde 2024 lleva el nombre de Américo Montanini. Entre uno y otro nombre hay una historia que comenzó a escribirse mucho antes de que una pelota rodara sobre su cancha.

A finales de la década de 1930, Bucaramanga se preparaba para recibir los V Juegos Nacionales de 1941. La ciudad necesitaba un escenario acorde con unas justas que representaban mucho más que una competencia deportiva: eran también una oportunidad para impulsar la transformación de la capital santandereana.

En ese esfuerzo fueron fundamentales personajes como Julio Martín Carvajal y Vicente Díaz Romero, quien terminó donando el lote donde se levantaría el escenario. Algunos de quienes participaron en aquel proyecto serían, años después, socios fundadores del Atlético Bucaramanga.

La construcción estuvo ligada al impulso del gobierno de Alfonso López Pumarejo, presidente de Colombia entre 1934 y 1938 y, posteriormente, entre 1942 y 1945. Su administración promovió obras de infraestructura de gran importancia para Santander, entre ellas la unidad deportiva que serviría como escenario de los Juegos Nacionales.

El 11 de diciembre de 1941, un día antes de su inauguración, el gobernador de Santander, Alfredo Cadena D’Costa, decidió bautizar el escenario con el nombre del mandatario nacional. No se trataba solamente de un homenaje político. López Pumarejo había sido uno de los principales impulsores de las obras que permitieron que Bucaramanga recibiera aquellas justas.
Al día siguiente, el 12 de diciembre de 1941, el estadio abrió oficialmente sus puertas con motivo de los V Juegos Nacionales. Bucaramanga vivía entonces un momento de transformación y aquel escenario se convirtió en uno de los símbolos de una ciudad que comenzaba a crecer y a modernizarse.
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Pasaron ocho años antes de que el fútbol profesional se instalara definitivamente en sus tribunas. En 1949, con la llegada del campeonato profesional colombiano, el naciente Atlético Bucaramanga convirtió al entonces Alfonso López en su casa. Desde ese momento, la historia del estadio quedó estrechamente ligada a la del equipo y a la de varias generaciones de aficionados.

La primera remodelación llegó en 1955, cuando se intervino el sector occidental para construirlo en concreto y ampliar el escenario. Después vendrían otras obras, siempre con la intención de responder al crecimiento de la ciudad, del fútbol y de un público que poco a poco convirtió el estadio en uno de sus lugares de encuentro.
Con los años, el nombre Alfonso López dejó de ser solamente el de un presidente. Se volvió una palabra asociada a domingos de fútbol, a camisetas amarillas y verdes, a tardes soleadas y noches de tribuna llena. Para muchos bumangueses, mencionar el estadio era suficiente para despertar una colección de recuerdos.
La tragedia del estadio

Pero entre esas memorias también hay una que permanece marcada por el dolor. El 11 de octubre de 1981, Atlético Bucaramanga recibió al Junior en un partido que había paralizado a la ciudad durante toda la semana. Un empate dejaba a los locales muy cerca de la clasificación a las finales y el equipo dirigido por Roberto Pablo Janiot contaba con jugadores como Francisco Maturana, Wilman Conde, Fernando ‘Bombillo’ Castro, Diego Edison Umaña, Juan Carlos ‘Nene’ Díaz, Edgardo Luis Paruzzo y Sergio Saturno.

El escenario recibió a más de 20.000 personas, en medio de denuncias posteriores sobre sobrecupo, venta de más entradas de las previstas, ingreso de aficionados sin boleta y consumo de alcohol. Junior se fue arriba en el marcador, Bucaramanga empató y el equipo barranquillero volvió a ponerse en ventaja. En el segundo tiempo llegó la jugada que encendió la tribuna: un jugador local cayó en el área, pero mientras algunos esperaban el penal, el árbitro Eduardo Peña señaló saque de meta. El episodio terminó por desatar los disturbios en la tribuna oriental.

Las mallas que separaban al público del campo fueron rotas y el partido tuvo que ser suspendido. Jugadores y árbitros se refugiaron en los camerinos mientras la Policía era superada por la situación y debió intervenir el Ejército. La jornada terminó convertida en una tragedia con muertos y heridos, aunque todavía existen versiones que cuestionan la cifra oficial de fallecidos. El episodio ocurrió durante el gobierno de Julio César Turbay, en una época marcada por el Estado de Sitio y el Estatuto de Seguridad, contexto en el que las Fuerzas Militares tenían amplias facultades de Policía Judicial y se denunciaron violaciones de derechos humanos.
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El estadio sobrevivió a aquella jornada y continuó siendo escenario de la vida deportiva de Bucaramanga. En sus tribunas volvieron a escucharse los cantos, los reclamos, los aplausos y los gritos de gol. El tiempo siguió pasando y, con él, llegaron nuevos protagonistas.

De hecho, en 1996 el estadio volvió a ser objeto de una importante intervención. La ampliación se hizo necesaria ante el reto de adecuar el escenario para la realización de los XV Juegos Nacionales Deportivos, cuya nueva sede fue entregada a Bucaramanga ese año. La obra buscó responder a las necesidades de unas justas que nuevamente ponían a la ciudad en el centro del panorama deportivo nacional y que exigían contar con escenarios acordes con la magnitud de la competencia y con la presencia de numerosos deportistas y aficionados.
El ídolo

Américo José Montanini, el argentino, nacionalizado colombiano, tiene su propia rúbrica en esta historia. Él había llegado a convertirse en uno de los grandes referentes de la historia futbolística del Atlético Bucaramanga. En la primera división profesional colombiana marcó 178 goles antes de retirarse en 1968. Pero su relación con la ciudad no terminó cuando dejó el fútbol.
Montanini se quedó a vivir en Bucaramanga, la ciudad que había adoptado como propia. Allí transcurrieron sus últimos años y allí murió el 20 de noviembre de 2023. Para entonces, su nombre ya hacía parte de la memoria sentimental de varias generaciones de aficionados.
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Por eso se pensó en cambiarle el nombre al estadio, aunque no era, sin embargo, el primer intento de cambiar el nombre del estadio. En 2017 se retomó una propuesta para bautizarlo en honor a Hermán Aceros, gloria del deporte nacional y exjugador del Atlético Bucaramanga. La iniciativa no llegó a concretarse. Después de la muerte de Aceros, en 2018, la posibilidad volvió a tomar fuerza, pero el homenaje terminaría encontrando otro escenario.
El 11 de junio de 2024, después de una encuesta realizada a través de redes sociales, el gobernador de Santander, Juvenal Díaz, anunció oficialmente el cambio de nombre del estadio departamental. El Alfonso López pasó a llamarse Américo Montanini. La villa olímpica de Bucaramanga, a su vez, adoptó el nombre de Hermán Aceros.
Aunque la final del fútbol colombiano de hace dos años se definió en Bogotá contra Independiente Santafé, el entonces estadio Alfonso López tuvo un lugar especial en aquella conquista: allí se disputó el primer partido de la serie final y, después de completar su hazaña, el Atlético Bucaramanga regresó a casa para celebrar ante su gente el que sería su primer título del fútbol colombiano. Así, aquellas tribunas no solo fueron escenario de la final, sino también del encuentro entre los campeones y una afición que esperaba desde hacía décadas un momento como ese.
Así terminó una etapa que había comenzado 83 años atrás. Pero el cambio no borró el nombre anterior del Alfonso López. En la conversación cotidiana de la ciudad, Alfonso López sigue apareciendo cuando se habla de los partidos de otras épocas, de las viejas tribunas o de las historias que los padres les contaron a sus hijos. Ahora, junto a ese nombre, aparece el de un futbolista que, como Montanini, convirtió a Bucaramanga en su casa y que dejó 178 goles como parte de su legado deportivo.
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Y mientras el nuevo nombre comienza a instalarse en el lenguaje de la ciudad, el escenario vuelve a mirar hacia el futuro.

Hace pocos días, fueron presentadas dos propuestas correspondientes a la primera fase del proyecto de ampliación y remodelación del estadio. El arquitecto Giancarlo Mazzantti explicó las alternativas concebidas para transformar el escenario y llevar su capacidad hasta 30.985 espectadores, con una infraestructura ajustada a estándares internacionales.
El proyecto contempla, inicialmente, la demolición, excavación y construcción de nuevas graderías y cubiertas en las tribunas oriental, oriental norte y oriental sur. También se plantea cubrir las tribunas noroccidental norte y noroccidental sur, renovar las redes del escenario y cambiar la gramilla.
La cancha tampoco quedaría al margen de la transformación. Aunque ha recibido distintos mantenimientos a lo largo de los años, la propuesta contempla modificar sus dimensiones: pasaría de una referencia actual de 100 por 64 metros a 105 por 68 metros.
Es otra página en la historia de un escenario que nació para unos Juegos Nacionales y terminó convirtiéndose en la casa del fútbol profesional de Bucaramanga. Ha cambiado la ciudad, han cambiado las tribunas, han pasado jugadores, dirigentes, entrenadores y generaciones de aficionados. Incluso cambió el nombre.
Lo que no ha cambiado es la memoria
En el viejo Alfonso López quedaron dos ediciones de los Juegos Nacionales, la llegada del Atlético Bucaramanga, las remodelaciones, las grandes tardes de fútbol y también una de las jornadas más dolorosas de su historia. En el Américo Montanini comienzan ahora a proyectarse nuevas graderías, otra cancha y una capacidad mayor para recibir a quienes seguirán llegando con la misma expectativa de siempre: ver jugar a su equipo.
Ochenta y cinco años después de aquella inauguración, el estadio continúa siendo un espejo de Bucaramanga. En él se puede leer parte de la historia de la ciudad: sus épocas de transformación, sus celebraciones, sus tragedias y sus ídolos.
Dos nombres, muchas leyendas
Dos nombres, una misma casa y miles de historias guardadas en sus tribunas. Porque los estadios pueden cambiar de estructura, de capacidad y hasta de nombre, pero hay algo que no se remodela: la memoria de quienes alguna vez ocuparon una silla, se pusieron de pie para gritar un gol y salieron de allí convencidos de que aquella tarde o aquella noche jamás se les iba a olvidar.
Y quizá por eso, cuando se desempolva el baúl de la memoria, la pregunta sigue abierta: ¿qué partido, qué gol o qué noche del viejo Alfonso López -hoy Américo Montanini- permanece todavía en la piel de los bumangueses?

















