Personas que superaron la situación de calle acompañarán a otras en su proceso de recuperación, compartiendo experiencia, esperanza y apoyo. Mediante solidaridad, impulsarán la inclusión, el crecimiento personal y nuevas oportunidades para construir un futuro digno.

Hubo un tiempo en que las calles eran sus únicos refugios. Los andenes, los parques y las esquinas reemplazaron los hogares que alguna vez tuvieron. Muchos cargaban sobre sus hombros el peso de las adicciones, la ruptura familiar, el rechazo social y la sensación de haber sido olvidados por todos.
Sin embargo, en el barrio Alfonso López comenzó a escribirse una historia diferente. En una modesta casa, situada en la carrera 13 No. 34-70, empezó a funcionar el primer Centro de Formación para el Habitante en Situación de Calle, un espacio donde decenas de personas encontraron algo que creían perdido: una nueva oportunidad para vivir.

Allí, lejos de los prejuicios y las etiquetas, hombres y mujeres iniciaron un proceso de rehabilitación y formación que transformó profundamente sus vidas. Lo que empezó como un esfuerzo por alejarse de las calles terminó convirtiéndose en una experiencia de restauración integral, donde la fe, la disciplina y el aprendizaje se transformaron en herramientas para construir un nuevo futuro.
Durante meses y años de trabajo constante, los participantes recibieron acompañamiento espiritual, orientación personal y formación en diversas áreas. Aprendieron oficios, fortalecieron sus habilidades y, sobre todo, recuperaron la confianza en sí mismos.

Detrás de esta labor se encuentran Diego Beltrán y Martha Cecilia Lucena, quienes lideran la Fundación Cristiana Somos Uno, un proyecto que busca rescatar vidas y devolverles propósito. Su visión siempre fue más allá de la rehabilitación. Querían formar líderes, hombres y mujeres capaces de impactar positivamente sus comunidades y convertirse en testimonio de transformación.
La fundación ha construido una ruta de restauración que combina acompañamiento espiritual, estudios bíblicos, jornadas de servicio, actividades deportivas, talleres formativos y espacios de convivencia. Cada etapa está diseñada para fortalecer no solo la fe, sino también el carácter, la responsabilidad y el compromiso con la sociedad.

Los resultados hoy son visibles. Quienes alguna vez caminaron sin rumbo por las calles ahora integran el Primer Ejército de la Gloria de Dios, un grupo de personas restauradas que decidieron poner su experiencia al servicio de otros.
No se trata de un ejército para la confrontación, sino de una generación de hombres y mujeres comprometidos con valores como la solidaridad, la justicia, el amor al prójimo y el servicio comunitario.
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Sus historias son distintas, pero comparten un mismo mensaje: ¡Sí es posible volver a empezar! Algunos llegaron sin esperanza, otros habían perdido el contacto con sus familias y varios luchaban contra profundas heridas emocionales. Hoy son ejemplo de perseverancia, disciplina y fe.
Cada rostro refleja una batalla ganada. Cada testimonio confirma que las segundas oportunidades existen. Y cada paso que dan demuestra que la transformación social es posible cuando se unen el compromiso, la voluntad y el acompañamiento adecuado.
En una época en la que abundan las noticias sobre violencia, exclusión y desesperanza, la experiencia de estos hombres y mujeres se convierte en una luz para la comunidad.
Son la prueba de que nadie está condenado a permanecer en el lugar más difícil de su historia y de que siempre existe la posibilidad de reconstruir la vida desde sus cimientos.

Desde el barrio Alfonso López, el Primer Ejército de la Gloria de Dios envía un mensaje contundente a la sociedad: la restauración es posible, la esperanza sigue viva y ninguna vida está perdida cuando encuentra una razón para volver a levantarse.















