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Martes 11 de agosto de 2026 - 01:00 AM

Un tintico al amanecer

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6 AM. Entro en vigilia. Ni modo, a levantarme, entonces me digo: si pudiera medir los niveles de adenosina en mi cerebro, los encontraría en cero. Mi cuerpo pide un café. Bajo las escaleras tratando de no hacer ruido y miro con placer las cafeteras que me esperan: la plancha francesa, la Biattelli, la de filtro, y comienzo el ritual después de escoger una de ellas. Prefiero la Biattelli, entonces abro el gabinete, tomo la libra de café cuyo empaque ya está abierto, abro el recipiente para el agua, pongo encima el filtro y le añado dos cucharadas del café molido, aspiro y disfruto el aroma, enrosco el receptáculo superior y pongo al fuego la cafetera. En cinco minutos me estoy sirviendo una deliciosa taza de la bebida cuya cafeína antagoniza con la adenosina, generando un estado mental de alerta, alegría y de conciencia, al tiempo que con los minutos incrementan las colonias de Lawsonbacteri en mi intestino grueso, lo que a su vez genera ácidos grasos de cadena corta que estimulan mi sistema inmunitario. Ah, también me proporciona fibra para que el tránsito por el cerebro intestinal funcione mejor.

Café, bebida bendita que tomamos miles de millones en el planeta a sabiendas que contiene cafeína, una sustancia sicotrópica y adictiva, pero que no está regulada, salvo en algunos países donde ciertas bebidas con cafeína sintética a dosis muy altas, tiene prohibida su venta a menores de dieciséis años.

En Colombia, desde no sabemos cuántas generaciones el cafecito - tendemos a hablar con el horrible diminutivo – al que antes de la colonización cultural lo conocíamos como tintico, se mantiene como cultura saludable. Zonas extensas de nuestro territorio cultivan tipo caturra, bourbon, Colombia, típica y otras más contribuyendo de manera destacada en la economía nacional. Es el momento para leer algo, tomo uno de las decenas de libros pendientes por leer y me traslado a los años de la violencia en Colombia cuando víctimas y victimarios se bañaron en sangre. Me tropiezo en el renglón donde un personaje lleva el apellido de quien pudiera ser de los unos o de los otros y quien en vida recorrió las montañas, ríos y la quebrada de la nona, y un campo cultivado de café, cítricos, plátano y cacao, en los alrededores de una población que refleja con autenticidad la cultura del café. Desde allí, donde espíritus de nautas focenses y nativos marquetones se juntaron en la imaginación del autor para evocar a Tolstói para recordarnos que desde la aldea se hace arte universal. La literatura es para mí como para muchos, una necesidad del espíritu. En ella encontramos personajes que nos generan empatías, otros odios, con muchos identificamos partes de nuestras almas. Farid Numa Hernández, el autor de Un café al amanecer, nos entrega este documento de memoria, de reflexión presente, de resistencia y de esperanza.

Un tintico saludable al amanecer propicio para la novela, la poesía, el cuento, y vedado para noticias manipuladoras, para Tik Tok, para Facebook, menos para X.

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