La artista bumanguesa Daniela Lopeza dejó su huella en Delirio, la serie de Netflix: diseñó el mural de Agustina, ilustró su libro rojo y colgó sus cuadros en el universo visual de la protagonista.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Daniela Lopeza no sale en cámara, pero su obra está en primer plano. Literalmente. La artista plástica bumanguesa diseñó el mural que pinta Agustina, la protagonista de Delirio, la serie colombiana de Netflix, ilustró su “libro rojo” de infancia y colgó sus cuadros en las paredes de la casa donde transcurre buena parte de la historia.
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“Yo no sabía que se iban a ver tanto”, confiesa con una mezcla de asombro y ternura. “Están todo el tiempo en pantalla, no son un adorno de fondo. Tienen primeros planos. Es muy loco”.
La historia de cómo llegó a la serie empieza, como muchas cosas que importan, con una amiga. Angie, colega suya de cuando ambas enseñaban arte en el proyecto santandereano Colorín Colorado, vio unas publicaciones que Daniela subió desde Buenos Aires, donde hacía una residencia artística. “Me escribió y me dijo: ‘Están buscando una estética como la tuya. Quieren algo que se parezca a lo que haces tú’”.
En Delirio, Agustina vive episodios de disociación que canaliza a través del arte. Pinta compulsivamente, llena cuadernos con dibujos, se sumerge en imágenes. Y justo ahí encajó el trabajo de Daniela.

“La protagonista tiene esos ataques psicóticos y luego hace cosas artísticas. Era un poco mi estilo. Hicimos varias pruebas y terminé trabajando con la diseñadora de producción”, cuenta. El primer encargo fue conceptualizar el mural que pinta Agustina en la serie. “Al principio yo iba a ir a pintarlo en set, pero por la logística del rodaje no se pudo. Lo ejecutó un pintor escénico, pero el diseño es mío”.
Luego vinieron otras dos tareas igual de significativas: llenar de obra original el espacio íntimo de la protagonista, la casa, el pasillo, su universo cotidiano y, sobre todo, ilustrar el famoso “libro rojo” que aparece en su niñez.
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“Ese libro fue un reto increíble. Me lo enviaron en blanco y me dijeron que debía ser como si lo hubiese hecho Agustina de niña”, explica. “Entonces, claro, tuve que ponerme en modo niña. Hablé con mi sobrino de esa edad, le pregunté cómo dibujaría ciertas cosas. A partir de eso, reinterpreté desde mí, pero con esa lógica infantil”.
El resultado no solo pasó los filtros del equipo de arte. Terminó teniendo una carga emocional enorme en pantalla. “Ese fue el momento en que más conexión sentí entre mi obra y la historia. Fue aplicar conscientemente lo que hago desde siempre: adaptarme al contexto, pensar desde otros cuerpos”.
Daniela habla con calma, pero también con la emoción propia de quien todavía está procesando lo que significa verse, de forma tan directa y pública, en una producción de ese tamaño. “Una amiga me dijo: ‘Tus cuadros no están ahí como parte del decorado, están siendo mirados por la cámara’. Y sí, se ven un montón”.

Para ella, ese protagonismo fue un regalo inesperado, pero también un momento de vértigo. “Uno siempre es su propio juez, así que claro, me empiezo a decir que esto pudo quedar mejor, que lo otro lo habría hecho distinto… Pero en el fondo estoy feliz. Es una producción muy buena, con un guion sólido, actuaciones increíbles y una historia que nace de una escritora colombiana que admiro”.

Entre grabado, videoarte y flores mutantes
La ruta de Daniela hacia este presente no ha sido lineal. “Desde niña he sido muy creativa. Me hacía mi propia ropa, jugaba con los textiles. Siempre tuve el apoyo de mis papás”. En algún punto, la decisión fue clara: o moda, o artes. “Diseñar ropa era algo muy natural en mí, pero quería aprender más técnicas, así que estudié Bellas Artes en la UIS”.
Durante la carrera hizo un intercambio en la Unam, en México, donde se enamoró del grabado. Más tarde vino una pausa. “A veces la academia te exige cosas para las que no estás. Me alejé un tiempo, pero luego retomé desde el gusto”.
Esa vuelta al centro llegó durante una residencia artística en Buenos Aires. “Ahí se desbloqueó algo en mí. Empecé a pintar sin parar. También hago videoarte, trabajo con personajes, sueños, cartografías… Es una mezcla constante de exploración”.
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Su línea de trabajo gira en torno a una idea poderosa: el cuerpo como territorio múltiple. “Mi obra se basa en los personajes que podemos ser a partir de un mismo cuerpo, según el contexto que habitamos. Observo movimientos, gestos, líneas… Me interesa cómo nos redefinimos, cómo habitamos fantasías o deseos que no siempre tienen un lugar en la realidad”.
No es una búsqueda nueva. Ya en su tesis de grado exploraba estos cruces. “Era una plataforma donde te leías a ti misma a través del lenguaje de las flores. Al final, creabas una flor mutante: eras una flor que no existía, pero te representaba”.
Daniela dice que este año se lo propuso: dedicarse de lleno a su práctica artística y volverla visible. Delirio llegó justo ahí, en ese momento de quiebre: “me dio confianza para mostrar más, para compartir mi trabajo sin miedo”.

En estos meses terminó una pieza de videoarte que espera mover por festivales y está armando su página web con un desarrollador de Bucaramanga que ha trabajado con ella desde hace años: “él entiende perfecto mi cabeza, mi trip. Me ayuda a ordenar y mostrar lo que hago con claridad”.
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Aunque nunca pensó que su pintura tendría un lugar tan visible en una producción audiovisual, hoy lo asume como una posibilidad real. “Fue como una exposición indirecta, sin yo buscarlo. Pero que me confrontó con algo muy bello: que mi obra tiene una voz, y esa voz puede entrar a otros lenguajes, como el cine o la televisión”.
Concluye que “lo que más me gustó es que mis cuadros no están de fondo. Están dentro de la mente de Agustina. Son parte de su mundo. Y eso… eso es una forma de narrativa también”.














