Magazín cultural
Viernes 20 de febrero de 2026 - 09:21 AM

¿Qué hay en la cueva santandereana que reescribe el mapa del arte rupestre en Colombia?

A 200 metros dentro de una cueva en Santander, en completa oscuridad, científicos del Instituto Humboldt y el Instituto Colombiano de Antropología e Historia hallaron pictogramas y restos óseos que apuntan a un antiguo espacio ritual: un descubrimiento inédito en Colombia que hoy enfrenta una amenaza urgente, la guaquería.

La cueva santandereana que reescribe el mapa del arte rupestre en Colombia. Foto suministrada/VANGUARDIA
La cueva santandereana que reescribe el mapa del arte rupestre en Colombia. Foto suministrada/VANGUARDIA

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

A unos 200 metros hacia adentro, la cueva deja de ser paisaje y se vuelve condición. Se apaga el mundo de afuera. La luz natural ya no existe. Lo que queda es el sonido de la respiración, el roce de las botas contra la roca húmeda y un haz de linterna que abre, a empujones, un pasillo en la oscuridad total.

Y entonces aparece.

No como un mural heroico a cielo abierto, sino como un secreto: trazos y figuras pintadas en una zona donde el día no entra. Pictogramas en el vientre de la piedra. Un hallazgo que el Instituto Humboldt, en colaboración con el Instituto Colombiano de Antropología e Historia, Icanh, y la comunidad local, presenta como la primera cueva documentada en Colombia con arte rupestre en estas condiciones: en el interior profundo, lejos de la entrada, sin luz natural.

Colombia ha narrado su pasado rupestre, casi siempre, sobre paredes que “reciben” el sol: abrigos rocosos, lajas expuestas, superficies donde el paisaje sigue hablando mientras uno mira. Por eso este caso desacomoda la escena completa. No es solo que haya pinturas: es dónde están.

Según la información divulgada por el Instituto Humboldt, los pictogramas están a unos 200 metros dentro de la cueva, en una franja de oscuridad total.

En términos culturales, la pregunta se vuelve inmediata y punzante: ¿para quién se pinta un símbolo cuando no hay espectadores casuales? ¿Qué se buscaba al llevar el gesto artístico hasta un lugar que exige antorchas, orientación, cuerpo y voluntad?

La cueva santandereana que reescribe el mapa del arte rupestre en Colombia. Foto suministrada/VANGUARDIA
La cueva santandereana que reescribe el mapa del arte rupestre en Colombia. Foto suministrada/VANGUARDIA

Los investigadores plantean una hipótesis que no es menor: el sitio funcionaba como una sala ceremonial y ritual. En el interior se han encontrado restos óseos que sugieren, tal vez, prácticas de momificación o enterramientos secundarios por parte de ancestros del pueblo Guane.

La cueva no sería solo refugio ni accidente geológico: sería escenario. Un cuarto sagrado excavado por la fe.

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La historia no arranca en un laboratorio ni en una expedición programada. Arranca en redes sociales. El biólogo Carlos Lasso, investigador del Instituto Humboldt y especialista en ecosistemas subterráneos, vio fotos publicadas por personas de la región y entendió que no era “otra cueva” más. El equipo científico contactó a guías de campo y, con ellos, llegó al lugar. El Instituto Humboldt lo dice sin rodeos: los “verdaderos descubridores” fueron esos habitantes que conocían el terreno y supieron moverse por él.

Hay algo poderoso en ese detalle: la ciencia aquí no cae del cielo. Se arma con confianza, con conocimiento local, con la lectura cotidiana del territorio. El instituto insiste en ese modelo: pescadores, campesinos e indígenas participan de la producción científica y muchas veces son coautores de investigaciones.

En este caso, además, esa alianza tiene un reverso inquietante: lo mismo que permite hallar también puede exponer. Una foto inocente puede convertirse en mapa para el saqueo.

En el lugar, advierte el Instituto, hay señales graves de guaquería, el saqueo del patrimonio arqueológico.

Carlos Lasso estima que más del 90% de las cuevas con valor arqueológico que ha visitado en el país han sido saqueadas, alimentando el tráfico ilegal de piezas.

La cueva santandereana que reescribe el mapa del arte rupestre en Colombia. Foto suministrada/VANGUARDIA
La cueva santandereana que reescribe el mapa del arte rupestre en Colombia. Foto suministrada/VANGUARDIA

Lo que se roba no es solo un objeto. Se roba el contexto. La posibilidad de saber quién estuvo allí, cuándo, cómo, con qué intención. Cuando un yacimiento se altera, se rompe la historia que el material intacto podría contar. Por eso, en este caso, el nombre del municipio se mantiene bajo reserva: una decisión de protección frente al turismo irresponsable y el mercado negro.

Esta reserva es, también, una forma de decir: el patrimonio no es “contenido” para viralizar. Es memoria vulnerable.

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Los restos óseos recuperados fueron trasladados al ICANH y la idea es que luego sean estudiados por el Instituto de Genética de la Universidad Nacional.

El objetivo no es menor: obtener datos genéticos que ayuden a entender el poblamiento humano en Santander, una región donde todavía hay vacíos de información.

En paralelo, viene el trabajo lento: documentar sin dañar, fechar sin contaminar, interpretar sin forzar. En arte rupestre, la prisa es enemiga. Una línea mal leída se vuelve mito; una muestra mal tomada, ruido.

Para Lasso, el arte rupestre no es solo patrimonio cultural: es un indicador biológico. El Instituto Humboldt cuenta que, a partir del estudio de pictogramas en Chiribiquete y La Lindosa, su equipo ha reconstruido cómo era la naturaleza hace miles de años sin depender exclusivamente de fósiles.

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De esa mirada nació un concepto que suena técnico pero apunta a algo muy humano: “cosmo-ecosistemas rupestres”, acuñado junto al antropólogo Carlos Castaño-Uribe (Fundación Herencia Ambiental Caribe) y Fernando Montejo (del Icanh).

La idea es integrar ecología, cosmología y manifestaciones en piedra para entender ecosistemas del pasado.

En Chiribiquete, según ese trabajo, hay representaciones de animales de la Edad de Hielo como mastodontes (gonfoterios), paleollamas y caballos del pleistoceno, además de aves, peces, tortugas, arañas y escarabajos.

La cueva santandereana que reescribe el mapa del arte rupestre en Colombia. Foto suministrada/VANGUARDIA
La cueva santandereana que reescribe el mapa del arte rupestre en Colombia. Foto suministrada/VANGUARDIA

No es solo “arte”: es archivo

Santander no es un recién llegado al mapa del arte rupestre. La Mesa de Los Santos y el cañón del Chicamocha han sido referenciados por investigaciones históricas, semióticas y geológicas; allí abundan pictogramas y petroglifos con estilos particulares, muchas veces más geométricos que figurativos, como muestran varios estudios regionales que circulan en el ámbito académico y comunitario.

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Y hay, incluso, complejos con nombre propio, como “Cueva Pintada” en Málaga, que forman parte de conversaciones institucionales sobre reconocimiento arqueológico y arte rupestre en el departamento.

Por eso conviene afinar el titular para no confundir: lo excepcional de este hallazgo no es “que en Santander haya arte rupestre”, sino que aparezca en el interior profundo de una cueva, en un tramo sin luz natural, como caso documentado con estas características en el país.

Una pintura en un abrigo rocoso conversa con el paisaje. Una pintura en la oscuridad conversa con otra cosa: con el miedo, con lo sagrado, con el tránsito entre mundos, con el cuerpo obligado a entrar.

Imaginemos, sin romantizar, la escena antigua: antorchas humeando, sombras agrandadas en las paredes, un grupo avanzando hasta una sala interior preparada, habilitada, escogida. No para “decorar”, sino para hacer. Para pedir. Para despedir. Para marcar un lugar con signos que, quizá, no buscaban ojos humanos sino presencias.

Hoy, el reto es doble: entender sin profanar, y proteger sin convertir el hallazgo en carnada. Por eso la reserva del sitio no es un misterio para alimentar morbo: es una medida de cuidado.

Hay descubrimientos que necesitan reflectores. Y hay otros, como este, que necesitan algo más difícil: respeto por la oscuridad que los guardó.

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

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