Durante más de tres décadas, Sandra Barrera ha sostenido algunos de los proyectos culturales más importantes de Bucaramanga. Hoy, esa misma convicción toma una nueva forma con Vértice.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Durante años, en Bucaramanga la llegada de Abrapalabra se sintió como una pequeña fiesta. Bueno, de hecho, era una gran fiesta. Era el festival que aparecía en los colegios, en los parques, en las universidades y en los teatros; el evento que lograba que la palabra saliera del salón de clases para volverse espectáculo, encuentro y conversación pública. En 2019 el festival reunió a más de 200 artistas y 26 agrupaciones, con actividades para todas las edades y presencia incluso en otros municipios de Santander. Para muchos bumangueses fue, sencillamente, uno de los grandes acontecimientos culturales del calendario.
Detrás de esa emoción colectiva estaba Sandra Barrera. Y allí había, además, un símbolo: una mujer sosteniendo una de las apuestas culturales más ambiciosas y persistentes de la ciudad.
Sandra estudió en el Instituto Politécnico Femenino, donde su mamá quería que aprendiera modistería, pero ella terminaba organizando actos culturales: “perdieron una modista y ganaron una gestora cultural”.
Después vino el verdadero punto de giro. Sandra ingresó a estudiar Trabajo Social, pero tardó poco en encontrar su lugar en la movida artística universitaria. En 1989 ya hacía parte del movimiento cultural que se reunía en La Gallera, el auditorio al aire libre de la universidad y de ese impulso nació en 1992 el primer festival de cuenteros de Bucaramanga, levantado con rifas, bazares y una búsqueda casi artesanal de recursos. Dos años después, ese proceso dio paso a Corfescu y al nacimiento de Abrapalabra, que con el tiempo se consolidó como el festival internacional de oralidad más reconocido del país.
Lo que vino después fue la construcción de una obra de largo aliento. En 2013, la Alcaldía Mayor de Bogotá condecoró a Sandra Barrera por su aporte al Movimiento Colombiano de Narración Oral y recordó que Abrapalabra había sido considerado “el evento más importante y trascendente” de la narración oral y las artes afines en Iberoamérica. Ese reconocimiento se sumó a otros premios por innovación y gestión cultural: la prueba de que desde Santander se podía levantar un proyecto con resonancia nacional e internacional.
Pero el peso de Sandra Barrera en la cultura santandereana se explica mucho más por su capacidad para sostener procesos cuando las condiciones se ponen en contra: “Soy tremendamente sensible y emocional. Me muevo más con el corazón que con la cabeza. Aquí el corazón siempre me gana”, dijo en 2019. Sandra se convirtió en una figura central de la lucha por mantener vivo el Teatro Corfescu, un escenario recuperado por la corporación en 2011, después de que los teatros tradicionales de la ciudad hubieran ido desapareciendo.

Esa lucha fue dura. En 2017 Corfescu estuvo al borde del cierre por una deuda de cientos de millones de pesos, la baja asistencia del público, el escaso apoyo institucional y el desinterés por el arte en Bucaramanga. Tres años después, en plena pandemia, el teatro cerró sus puertas físicas. El balance, sin embargo, dejó ver la magnitud de lo construido: más de 5.000 artistas regionales, nacionales e internacionales pasaron por su escenario y más de un millón de espectadores asistieron a sus funciones durante casi una década. Aun en ese contexto, Sandra insistió en mantener vivo el proyecto desde formatos virtuales y nuevas estrategias de circulación cultural.
Su influencia también se ha extendido a otros frentes de la escena cultural santandereana. En años recientes, su nombre ha estado ligado a la Dirección Cultural de la UIS y a circuitos de ciudad como Salas Abiertas, que en 2023 celebró 10 años como el mayor circuito de arte del área metropolitana de Bucaramanga, con 22 salas y bienes de interés cultural abiertos de forma gratuita y simultánea.
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Sandra Barrera ha trabajado no solo para sostener un festival o un teatro, sino para fortalecer una red cultural más amplia, capaz de articular universidad, instituciones, artistas, públicos y espacios alternativos.
Y ahí aparece su proyecto más reciente, Vértice: la continuación natural de una vocación. El nuevo espacio, abierto en la calle 34 N.° 23-51, en Bucaramanga, nace en un momento en que la ciudad proyecta más de 250 eventos culturales para 2026 y busca fortalecer galerías independientes, procesos barriales y escenarios alternativos.
Vértice abre con una sala de exposiciones para artes plásticas y visuales y con La Caja Negra, destinada a la música y a proyectos escénicos de pequeño formato. Además, cuenta con una sala de música con capacidad para 50 personas, pensada también para recitales, conciertos, ensayos y grabaciones en vivo. Su inauguración comenzó con la obra del maestro santandereano Ángel Darío Meneses Pimiento.













