La muestra Imágenes de Bolívar por artistas contemporáneos reúne en Bucaramanga obras que reinterpretan al Libertador desde miradas actuales y lo devuelven al debate cultural.

Publicado por: Redacción Cultural
Hay rostros que pertenecen a la historia. El de Simón Bolívar es uno de ellos. Pocas figuras en América Latina han sido tan miradas, pintadas, esculpidas, copiadas, veneradas y discutidas como la suya. Desde el siglo XIX, su perfil ha viajado por óleos solemnes, grabados, miniaturas, medallas, monumentos ecuestres, billetes, textos escolares y museos de la patria. Pero esa proliferación de imágenes terminó volviéndolo más esquivo. Cada época, en el fondo, ha fabricado el suyo.
Por eso Bolívar nunca se quedó quieto en el mármol. Su imagen ha sabido escapar del ceremonial republicano para entrar en otros territorios: la crítica, la ironía, la reapropiación, la memoria íntima, el arte contemporáneo. Bolívar no es solo una figura histórica: es un campo de interpretación.
Desde ahí cobra una fuerza particular la exposición “Imágenes de Bolívar por artistas contemporáneos”, instalada en el Museo Casa de Bolívar de Bucaramanga, en el Patio de los Granados, con apoyo de la Academia de Historia de Santander. La muestra, que reúne nombres como Patricia Tavera, Ximena de Valdenebro, Maripaz Jaramillo, Gustavo Sorzano, Gustavo Vejarano, Omar Prieto y Geneviève Maquinay propone devolverlo al territorio movedizo del arte, donde una imagen nunca está del todo terminada y donde la historia puede volver a respirarse desde el presente.
La exposición estuvo a cargo de los curadores Clara Inés Blanco de Gálvis y Georges Gómez y Cáceres, luego de años de búsqueda y contacto de los artistas.
Vista en conjunto, la exposición confirma que Bolívar no es una imagen agotada. Aquí Bolívar deja de ser únicamente el héroe de mármol y vuelve a ser una pregunta visual y cultural. Hay artistas que lo piensan desde la tecnología y la inteligencia artificial; otros, desde el collage político; otros, desde el estallido del color; otros, desde su vínculo con Manuelita Sáenz; otros, desde el comentario feminista o la lógica abierta del arte conceptual. El resultado no es una exposición que lo congele otra vez en el pedestal, sino una que lo desprende del bronce y lo devuelve a la conversación, al conflicto y a la sensibilidad de nuestro tiempo.

Gustavo Sorzano
La obra como instrucción
La presencia de Gustavo Sorzano en la exposición empuja la muestra hacia un territorio menos figurativo y más conceptual. El plegable lo registra dentro del conjunto de artistas reunidos en la Casa de Bolívar, pero su importancia no está tanto en reiterar la imagen del héroe como en desplazar la pregunta por el objeto artístico mismo.
Para entender a Sorzano hay que salir de la expectativa de la obra como pieza cerrada. En su caso, el arte funciona más bien como una instrucción, una activación mental, una guía sensible que el espectador debe completar. No importa únicamente lo que está ahí, visible, sino lo que empieza a ocurrir en la mente de quien mira. Hay en esta lógica un eco de ciertas tradiciones experimentales del siglo XX, desde la música expandida hasta las prácticas conceptuales que desmontaron la autoridad del objeto único. En Sorzano, la obra no termina en el soporte: se consuma en la percepción.
Llevado al universo bolivariano, ese gesto resulta especialmente fértil. Porque Bolívar, antes que una sola cara, ha sido justamente una acumulación de discursos, poses, símbolos y apropiaciones. Sorzano parece entenderlo desde ese lugar: no como una efigie fija, sino como una construcción mental, histórica y cultural que el espectador reorganiza cada vez.
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Maripaz Jaramillo
Bolívar y Manuelita, o la historia de la lealtad
Con María de la Paz Jaramillo, más conocida en el ámbito artístico como Maripaz Jaramillo, la exposición incorpora una lectura afectiva de Bolívar. El plegable registra su participación con la obra “Mi Adorable Loca”, fechada en 1997.
Según explicó la artista, la pieza pone en escena la relación entre Bolívar y Manuelita Sáenz como una historia de amistad, amor y lealtad. Por eso aparecen juntos: Bolívar con uniforme militar y Manuelita en colores rojos y rosados. La técnica es pastel, y ese recurso no es casual. Frente a la dureza épica de tantas imágenes patrióticas, Jaramillo opta por una materialidad más íntima, más cálida, más cercana al afecto que a la monumentalidad.
Lo que la artista subraya no es solo el amor entre ambos, sino el acompañamiento de Manuelita en las batallas y en los momentos más difíciles del Libertador. En esa decisión hay una relectura significativa de la historia visual bolivariana: la grandeza del héroe no se presenta aislada, sino acompañada. Y ese acompañamiento, en la obra, no es decorativo sino esencial.
Jaramillo también insiste en la importancia contemporánea de Bolívar como figura de la Gran Colombia y como punto de partida de una hermandad entre los países bolivarianos. Pero incluso cuando toca esa dimensión histórica y política, lo hace sin renunciar al núcleo emocional de su pieza. Su Bolívar no está solo en la gesta: está sostenido por una historia de amor y fidelidad.

Ximena de Valdenebro
El rostro imposible
Entre las propuestas más sugerentes de la exposición está la de Ximena de Valdenebro, que parte de una intuición crítica muy poderosa: todas las imágenes de Bolívar son y ninguna es. La artista estudió más de 290 representaciones del Libertador en pintura, escultura, grabados y medallas, y a partir de ese archivo entendió que el problema no es solo iconográfico sino epistemológico: como no existe un retrato fotográfico de Bolívar, todo lo que conocemos de su rostro ha pasado por la interpretación de otros. Su decisión fue llevar ese archivo a un diálogo con la inteligencia artificial, no para encontrar una verdad definitiva, sino para producir una nueva síntesis, otra ficción posible del Libertador.
El proceso le confirmó algo más: la inteligencia artificial también imagina, exagera y “alucina”. Las primeras imágenes devolvían una especie de superhéroe. Entonces la artista tuvo que afinar la búsqueda a partir de rasgos recurrentes en la iconografía bolivariana: la nariz aguda, la delgadez, la frente amplia, las patillas anchas, la profundidad de la mirada. Aun así, el resultado no fue una verdad, sino “otro ideal”. Por eso imprimió en velos una imagen generada con IA y sus propias versiones pictóricas, y al superponerlas obtuvo un Bolívar etéreo, impreciso, en movimiento, como si la imagen no terminara nunca de fijarse.
La obra de De Valdenebro es especialmente lúcida porque convierte la iconografía en metáfora histórica. Ese rostro borroso no alude solamente a la dificultad de saber cómo fue Bolívar, sino también a la imposibilidad de cerrar del todo el relato republicano. La artista lo dice con claridad cuando vincula esa indeterminación con un país que nació en conflicto y permanece atrapado en sus disputas coloniales, sociales y políticas. Su Bolívar no es una estampa: es una pregunta sobre la nación.
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Guillermo Quintero Rojas
Epopeya del Cóndor (2018)
La presencia de Guillermo Quintero Rojas en la muestra añade una dimensión material y territorial a esta constelación de Bolívar. Su obra Epopeya del Cóndor (2018) parte de una serie inspirada en el poema homónimo de Aurelio Martínez Mutis, y asume el reto de representar al Libertador desde una sensibilidad contemporánea, pero arraigada en técnicas y materiales profundamente vinculados al entorno local.
Más escultor que pintor, Quintero Rojas construye la pieza sobre un bastidor con base de cal y colores minerales, recursos tradicionales que remiten a las casas antiguas y a las texturas del área metropolitana. Sobre esa superficie trabaja con brocha de fique y carbón, materiales austeros que le permiten levantar una imagen de Bolívar despojada de exceso, más cercana a la huella, al rastro y a la evocación que a la representación cerrada.
Ahí radica una de las potencias de la obra: no impone una lectura única. Por el contrario, queda abierta a la interpretación de cada observador. Algunos la conectan de inmediato con el poema de Martínez Mutis; otros encuentran en ella resonancias inesperadas con sensibilidades visuales plenamente vigentes. Quintero Rojas parece confiar precisamente en esa capacidad de la imagen para renovarse en cada mirada. Aunque realizada en 2018, Epopeya del Cóndor conserva una extraña actualidad: demuestra que Bolívar, incluso cuando emerge desde materiales ancestrales y gestos sobrios, sigue siendo una figura en movimiento.

Patricia Tavera
Bolívar como libertad y debate
En Patricia Tavera, la imagen del Libertador entra de lleno en la conversación política contemporánea. La artista contó que empezó a trabajar el rostro de Bolívar a partir de una idea que la seducía desde hace tiempo: la libertad como impulso fundador. Más tarde encontró un detonante preciso en una columna de Alfonso Gómez Méndez titulada Bolívar no era de izquierda. Ese texto, ampliado y llevado al soporte plástico, terminó funcionando como base de un collage sobre el que construyó su pintura de Bolívar.
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Lo interesante es que Tavera no aísla al héroe en un pasado inofensivo. Lo inserta en una discusión viva. Su Bolívar aparece atravesado por una tensión ideológica que sigue operando en el presente colombiano. De ahí que, al hablar de la vigencia de su figura, la artista haya insistido en que hoy el gran eje sigue siendo la libertad y la defensa de la democracia. Más que un prócer domesticado, el suyo es un Bolívar que todavía interroga el presente.
Su apuesta, además, desborda la obra individual. Tavera trasladó esa conversación a sus estudiantes, que realizaron una gran tela colectiva de dos por dos metros, cada uno con su propia imagen del Libertador. Y en una obra conjunta con Ximena de Valdenebro introdujo otro desplazamiento revelador: mientras una quiso pintar a Bolívar, la otra se inclinó por Manuelita Sáenz. Ese gesto es importante porque recuerda que toda iconografía heroica arrastra también una historia de omisiones.

Omar Prieto
El Bolívar de la energía visual
La obra de Omar Prieto se inscribe en una línea expresiva y cromática. El artista santandereano explicó que a los participantes se les dio libertad total para producir su propia versión de Bolívar, cada uno desde su lenguaje, su paleta y su concepto. En su caso, esa libertad se tradujo en una interpretación “muy contemporánea y vibrante”, donde el retrato histórico dialoga con una estética moderna, casi simbólica y emocional.
Prieto trabaja desde la intensidad del color y desde la idea de movimiento. No le interesa el color plano ni la solemnidad inmóvil. Su Bolívar, por eso, parece salir del estatismo republicano para entrar en una dinámica visual cargada de energía. En el contexto de la muestra, esta propuesta cumple una función precisa: recordarnos que la pintura contemporánea todavía puede devolverle al héroe una presencia física, afectiva, casi pulsante.
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El propio artista subraya, además, que la exposición está pensada para circular por diferentes ciudades del país. Ese dato no es menor. Sugiere que el Bolívar que aquí se exhibe no quiere quedarse encerrado en una sala, sino continuar desplazándose, reactivándose, probándose ante otras miradas.

Geneviève Maquinay
La mujer bajo la historia
La obra de Geneviève Maquinay, Las dos caras de la moneda (2026), introduce en la exposición una pregunta feminista de enorme fuerza: ¿qué significa ser mujer en un país que se ha erigido bajo el mando de voces masculinas? Realizada en técnica mixta, fotografía y collage, la pieza parte de una frase que funciona casi como un contraarchivo de la épica: “Detrás de todo héroe hay una gran mujer”. En el texto de acompañamiento, la artista sitúa su propia figura en un espacio simbólico donde memoria personal e historia colectiva convergen. Su cuerpo aparece oculto bajo la tierra que los hombres han usado para construir la nación, mientras el perfil del Libertador, inscrito en un anillo, remite a la persistencia del héroe como arquetipo masculino y a la vez a la invisibilidad histórica de las mujeres, “aunque prevalentes, como Manuelita Sáenz”. Maquinay desplaza así la imagen de Bolívar del pedestal a la materia orgánica, al territorio, al tiempo y al cuerpo. No niega al Libertador, pero sí lo reubica dentro de una economía simbólica donde las mujeres han sostenido, acompañado y sido borradas al mismo tiempo. Su pieza es, quizás, una de las más incisivas de la exposición, porque no pregunta únicamente quién fue Bolívar, sino quiénes quedaron sepultadas bajo la historia que lo convirtió en héroe.

Gustavo Vejarano
“Bolipetro” o la sátira del legado
Si algo demuestra la obra de Gustavo Vejarano es que la iconografía bolivariana sigue siendo un campo fértil para la ironía política. El artista, que viene de la abstracción y no de la figuración, confesó que al principio dudó en participar. Finalmente encontró una salida al cruzar la figura de Bolívar con la del presidente Gustavo Petro y usar la inteligencia artificial para producir mezclas visuales difíciles de lograr por otras vías. De ahí surgió el título de sus obras: “Bolipetro”.
La operación es deliberadamente provocadora. Vejarano parte de la coincidencia de que Petro se asuma como heredero del legado bolivariano y, a partir de ahí, produce un comentario visual donde la historia, la política y la caricatura se rozan. Incluso introduce “un toque de humor” al imaginar a ese Bolipetro seduciendo a Manuelita Sáenz. Su obra no busca reverenciar al Libertador, sino mostrar hasta qué punto su imagen sigue siendo apropiada, intervenida y disputada por el presente.

Antonio Frío
El Bolívar íntimo, leído desde la literatura
La presencia de Antonio Frío en esta constelación de artistas aporta una inflexión distinta: la del Bolívar cotidiano, menos fijado por la solemnidad histórica que por la respiración humana de sus días. Como recordó Sandra Cuesta, directora de contenidos de las Casas del Libro Total, su apuesta puede leerse de manera particular en las ilustraciones realizadas a partir del Diario de Bucaramanga, donde el Libertador deja de aparecer solo como figura de crónica o documento para entrar en una dimensión más literaria, más compleja, más cercana a la vida.
Ese desplazamiento es importante. En lugar de insistir únicamente en el héroe épico, Antonio Frío parece interesarse por el Bolívar hombre: el sujeto atravesado por la duda, la lectura, el cansancio, el esparcimiento y las contradicciones de una existencia sometida al peso de la historia. Su obra no desmonta la grandeza del personaje, pero sí la humaniza. Le retira algo de su coraza republicana para devolverlo a una escena más vulnerable, más narrativa, más íntima.
Hay en esa mirada una afinidad con una tradición que ha preferido explorar al Libertador desde sus fisuras antes que desde su pedestal. Por eso no resulta extraño que, al pensar en estas representaciones, aparezca la resonancia de El general en su laberinto de Gabriel García Márquez: no el Bolívar inmóvil de la estatua, sino el hombre en tránsito, desgastado por el tiempo, cercado por sus recuerdos y por la intemperie de la historia. En el universo visual de Antonio Frío, esa sensibilidad encuentra una forma propia.
La referencia al Diario de Bucaramanga también vuelve especialmente pertinente su presencia en esta exposición. No solo por la densidad histórica de ese episodio en la vida del Libertador, sino porque allí se registran momentos cruciales de su intimidad política y personal. Antonio Frío, ya fallecido y recordado como uno de los artistas más reconocidos de Santander, supo leer ese material no como simple archivo, sino como materia viva para una representación donde Bolívar recupera espesor humano.
Su inclusión en la muestra, además, encuentra un eco valioso en el trabajo de preservación y difusión realizado por las Casas del Libro Total, que mantienen disponible la obra del artista y permiten volver sobre una propuesta visual que dialoga con la memoria regional y con una tradición cultural más amplia. En medio de una exposición donde Bolívar aparece intervenido por la inteligencia artificial, el collage, la sátira o el feminismo, Antonio Frío ofrece otra vía: la de un Bolívar leído desde la literatura, desde la fragilidad del hombre y desde la escena mínima donde la historia, por un instante, deja de posar.













