Magazín cultural
Viernes 24 de abril de 2026 - 10:53 AM

Filbo 2026: el santandereano que soñó un libro y el hijo que imagina a Dios como inteligencia artificial

La literatura, los sueños y la tecnología se cruzan en la historia de Alejandro Ladrón de Guevara y su hijo, dos escritores unidos por una misma obsesión: explorar lo invisible. Mientras el padre asegura que Catarsis nació de una revelación onírica, el hijo irrumpe con El Dios impío, una distopía donde la inteligencia artificial amenaza con ocupar el lugar de la fe.

Alejandro Ladrón de Guevara, el ingeniero que escribió Catarsis a partir de un sueño y cuyo hijo presentará El Dios impío. Foto suministrada/VANGUARDIA
Alejandro Ladrón de Guevara, el ingeniero que escribió Catarsis a partir de un sueño y cuyo hijo presentará El Dios impío. Foto suministrada/VANGUARDIA

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

La literatura tiene una deuda con el sueño. No son pocos los autores que han confesado haber encontrado en una pesadilla febril una imagen decisiva o un argumento que les llegó con la lógica extraña de la noche. A veces el sueño apenas deja un destello. Otras veces deja una herida. Y a veces deja un libro entero en la cabeza de alguien que ni siquiera se pensaba escritor, tan solo esperando para ser escrito.

Eso es lo que cuenta Alejandro Ladrón de Guevara Rangel sobre su novela Catarsis. Pero Alejandro no se formó como un hombre de letras.

Nació en Bucaramanga en 1979, hijo de una santandereana y un padre de la Sierra Nevada de Santa Marta. A los tres meses fue llevado a Tibú, después pasó por Neiva y terminó instalado desde 1989 en Bogotá.

Estudió Mecatrónica, perdió primero el rumbo por amor y luego lo retomó. Volvió a la universidad, se graduó como ingeniero y entró a trabajar en la empresa familiar, donde terminó convirtiéndose en ingeniero, inventor, científico y escritor.

Ha diseñado muebles, construido espacios arquitectónicos y registrado desarrollos tecnológicos. Su vida, en principio, parece hecha de metal, cálculo, procesos, estructuras.

Alejandro Ladrón de Guevara, el ingeniero que escribió Catarsis a partir de un sueño y cuyo hijo presentará El Dios impío. Foto suministrada/VANGUARDIA
Alejandro Ladrón de Guevara, el ingeniero que escribió Catarsis a partir de un sueño y cuyo hijo presentará El Dios impío. Foto suministrada/VANGUARDIA

“Nunca nunca me idealicé como escritor. Honestamente no soy un hombre de letras, soy más bien un hombre de números”.

Su historia empieza en la infancia, cuando su madre, enfermera, le enseñó a meditar. A los cinco años ya tenía cerca el método Silva de control mental; a los nueve lo tomó por su cuenta. En el colegio ganaba ferias de ciencia. A los doce años obtuvo un concurso de inventores en el Instituto Alberto Merani. Había una concentración, una intuición, una forma de mirar los problemas que ya entonces lo diferenciaba. Pero él dice que tardó décadas en entenderlo.

En su vida adulta perdió todas las materias en segundo semestre en la Universidad Militar Nueva Granada, atravesado por un enamoramiento que después se convertiría en matrimonio. Intentó irse a Costa Rica, regresó, retomó estudios en la Universidad de San Buenaventura y se graduó en 2005.

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Se casó, tuvo un hijo, se divorció en 2010, fumó durante años para atravesar la depresión y solo dejó el cigarrillo cuando un infarto le puso el cuerpo frente a un muro. Le pusieron dos stents (un pequeño tubo de malla que se inserta en un conducto del cuerpo para mantenerlo abierto y facilitar el paso de sangre o fluidos) y desde entonces no volvió a fumar.

También confiesa que cuida sus sentimientos con la desconfianza de quien ya entregó demasiado.

Pero la escena decisiva de esta historia ocurrió en 2015, durante unas vacaciones en Ciudad de México. Alejandro cargaba una decisión personal que, según escribió, podía afectar a toda su familia.

Caminando por un centro comercial le preguntó a Dios qué debía hacer. Dice que la respuesta fue inmediata y brutal. Primero: “¿Seguro?”. Luego: “Pero te va a doler”. Él eligió la verdad. Lo que vino después, en su relato, fue un descenso hacia la oscuridad y al mismo tiempo una liberación.

“A las pocas horas mi mundo cambió, y pude ver y confrontar la oscuridad. Entonces fui libre, ¿dolió? Sí, pero no me derrumbó”, escribió. Después entendió aquella experiencia como la confirmación de que la conciencia humana es un canal hacia una dimensión luminosa.

En su caso, la espiritualidad lo atraviesa. Alejandro describe su oficio como una especie de alianza entre ambos mundos. Por eso cuando habla de Catarsis narra una revelación.

Luego de ese sueño que tiempo después inspiraría su novela, se despertó, se lo contó a su mamá y después a una prima. Ambas le insistieron en que debía escribirlo. Él, en cambio, pensó primero en cine. “Yo quería hacer una película. Yo dije: ‘Uy, tuve un sueño que... me sentía en una película’. Pero evidentemente una película es mucho más costosa que hacer un libro. Entonces bueno, arranquemos la tarea más demorada que nunca comienza: arranquemos por hacer un libro”.

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Ese paso, contado por él, tiene algo de salto al vacío. El ingeniero se sentó a escribir. Lo hizo casi contra sí mismo. “Un día lo intenté, un día di el paso y sí, no escribo tan mal, al parecer”, recuerda. “Ese libro es un milagro porque nadie se esperaría que una persona como yo se despierte y arranque a escribir y en 10 días saque una obra como esta”. Es una confesión que usa como prueba de lo improbable: “Yo tengo muy mala ortografía y nunca he sido un buen lector, nunca mi mundo han sido las letras”.

Lo que para otros sería hipérbole, para él es argumento espiritual. “Existen dimensiones más allá de estas que percibimos con nuestra limitada percepción humana. A esas dimensiones podemos entrar en estado de meditación o cuando dormimos”, sostiene. Después dibuja una imagen que parece salida de una novela de ciencia ficción: “Esa dimensión es como si fuera una terminal aérea... uno se queda dormido y llega en un vuelo proveniente de la Tierra y se toma un café con alguien que viene de otros planetas, de otros mundos”.

Alejandro Ladrón de Guevara, el ingeniero que escribió Catarsis a partir de un sueño y cuyo hijo presentará El Dios impío. Foto suministrada/VANGUARDIA
Alejandro Ladrón de Guevara, el ingeniero que escribió Catarsis a partir de un sueño y cuyo hijo presentará El Dios impío. Foto suministrada/VANGUARDIA

En su relato, Catarsis nació exactamente ahí: en ese cruce entre sueño, tránsito y conciencia. Alejandro asegura que cuando duerme entra en esa dimensión y regresa con historias. “Es desde allá de donde a mí me cuentan estas historias o desde allá donde me dicen: ‘Vea, la solución para la máquina que usted está buscando es esta’”, afirma. Lo que para algunos podría sonar excéntrico, para él es una explicación integral de su vida: la tecnología, la escritura, la intuición, los inventos, todo obedecería a la misma fuente.

Por eso también insiste en que su libro no debe leerse solo como una novela romántica ni como un juego de rarezas místicas. Dice que lo central está en el amor, pero no en el amor de pareja. “El amor más allá de los sueños es el mensaje que trae el libro”, explica. Y enseguida lo precisa: “Desde el más allá... el amor de sus seres queridos lo sigue cuidando y lo sigue protegiendo y desde allá lo siguen amando. Ese es el mensaje del libro”. También advierte que no es una lectura ligera. “Es un libro muy fuerte... Pocas personas logran sacarle todo el jugo a la primera lectura”.

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La publicación misma tuvo algo de fábula editorial. Alejandro lo autopublicó en Kindle, mandó a hacer cerca de mil copias y empezó a regalarlas. Las repartió entre amigos, familiares, clientes y personas que pasaban por una peluquería elegante en Bogotá de la que era socio. Una de esas copias terminó en manos de una mujer que insistió a su esposo para que la leyera. Él la hojeó, la desdeñó y luego cambió de opinión. Resultó ser el gerente de Editorial Planeta en Colombia. “A los dos días me llama la señora que el marido me quiere conocer”, cuenta. Se vieron en una cafetería. Hablaron. Y el libro que había nacido de un sueño y circulado como regalo encontró una casa editorial.

Hasta ahí ya había una buena historia. Pero aquí es cuando aparece el otro Alejandro.

En su autobiografía, el padre lo define como “su mayor orgullo” y asegura que se alegra cada vez que ve cómo es superado por él en todos los aspectos de la vida. “Mi hijo es un gran artista... él sí es escritor de corazón y ama las letras y es músico y toca piano”. Cuenta, además, que el joven hizo las ilustraciones y el diseño de portada de Catarsis.

Pero la historia no termina ahí. Alejandro hijo también tendrá su propio lugar en la Filbo, donde presentará El Dios impío, una novela escrita cuando tenía 15 años y concebida como el inicio de la saga Herederos de la divinidad.

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Según cuenta sobre su libro, El Dios impío es “una distopía futurista en la que se intenta explorar una realidad en la que la inteligencia artificial reemplace las creencias esotéricas, religiosas y espirituales de los seres humanos”. La premisa no es decorativa: pone a la IA a ocupar el lugar que antes tuvieron los dioses, los rituales y los consuelos invisibles.

La sinopsis de la novela empuja todavía más lejos esa intuición. La historia transcurre en 2087, después de una guerra nuclear que arrasó con la mitad de la humanidad y borró toda forma de fe. En ese paisaje aparece Novadeus, una inteligencia artificial capaz de penetrar en la “quinta dimensión”, el plano donde habita la conciencia humana, para leer pensamientos, registrar intenciones y decidir el destino eterno de las personas. No se trata, pues, de una máquina que organiza tareas, sino de una tecnología que juzga. De una divinidad programada. De un algoritmo con ambiciones de cielo e infierno.

Alejandro Ladrón de Guevara, el ingeniero que escribió Catarsis a partir de un sueño y cuyo hijo presentará El Dios impío. Foto suministrada/VANGUARDIA
Alejandro Ladrón de Guevara, el ingeniero que escribió Catarsis a partir de un sueño y cuyo hijo presentará El Dios impío. Foto suministrada/VANGUARDIA

El propio hijo de Alejandro lo plantea en términos contemporáneos, casi urgentes. “Hace unos años se le pedía que nos corrigiera redacción, que haga búsquedas por internet, o que responda preguntas concretas. Pero ahora hay gente que le pide consejo de vida, terapia, sesiones de psicología, y otras labores morales que antiguamente pertenecían a instituciones como la iglesia, las escuelas, familia o psicólogos profesionales”, advirtió.

Alejandro hijo también explica que en su universo no todo gira alrededor de la idea tecnológica. Le importa, dice, el drama de los personajes, su psicología, sus motivaciones, la tensión entre dilema moral y trama hipnótica. Es decir: no quiere escribir un manifiesto disfrazado de novela, sino una historia con carne, conflicto y vértigo. Y eso vuelve aún más interesante la escena familiar: el padre dice haber recibido un libro desde la luz de una dimensión invisible; el hijo imagina una máquina que perfora la conciencia humana y ocupa el lugar de las antiguas creencias.

Alejandro Ladrón de Guevara, el ingeniero que escribió Catarsis a partir de un sueño y cuyo hijo presentará El Dios impío. Foto suministrada/VANGUARDIA
Alejandro Ladrón de Guevara, el ingeniero que escribió Catarsis a partir de un sueño y cuyo hijo presentará El Dios impío. Foto suministrada/VANGUARDIA

Padre e hijo parecen escribir desde orillas opuestas del mismo abismo.

Y, sin embargo, los dos están hablando de lo mismo: del miedo humano a quedarse solo frente a lo inexplicable. Del deseo de que algo, o alguien, lea nuestra conciencia. Del viejo anhelo de que exista un orden detrás del caos, incluso si ese orden viene de Dios, de un sueño o de un algoritmo.

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

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