Con la Bendición de Dios hará, verá y comprenderá cosas que de otro modo no podría interpretar. Aprenderá a sobrellevar el dolor, disipará sus temores, perdonará libremente y se desapegará de lo que le haga daño.
Publicado por: EUCLIDES ARDILA RUEDA
Usted puede elaborar y saborear el pan de cada día, pero fue Dios quien hizo que bajo El Sol crecieran sus trigales. ¿Por qué se lo decimos?Porque su mundo es un regalo de Dios. ¡De hecho, todo lo que le rodea le habla de Él!¿Cómo describir esta realidad? No existen frases precisas para responder tal inquietud. Ni las líneas semanales que se leen en esta página, ni los más bellos discursos de teología le resolverían ese interrogante.
Lo que sí es claro es que con relativa frecuencia a usted le pasan cosas maravillosas e inexplicables y, por algo que no sabe definir, siempre tiene la certeza de que fue el Señor el que intervino en ellas.
Es cierto que usted no lo ve, pero podría decir que lo palpa en el pan, lo bebe en el agua, le brilla en la luz, lo retrata en un niño o lo encuentra en el amor que siente por alguien.
Dios es su todo: Si tiene hambre, es su alimento; si tiene sed, es su agua; si está en la oscuridad, es su luz la que permanece siempre iluminándolo; y si se siente desnudo o tiene alguna carencia, Él lo viste y lo llena de abundancia.
A Dios, aún si detectarlo físicamente, se le puede apreciar en su ser íntimo y, mejor aún, se le aprende a experimentar. Lo maravilloso está en que al buscar a Dios, usted es encontrado por Él. Cuando persigue su verdad, ésta se apodera de su humanidad y le da conciencia para actuar.
Usted ha sido llamado para vivir. Y solo vive el que mira hacia adelante, el que piensa, el que crea y el que asume el reto de tener fe en el Creador, entre otras cosas, para encontrarles soluciones concretas a sus problemas.
A Él no hay que encasillarlo en recetas dogmáticas o moralistas, pues toda su filosofía se encuentra en la sencillez, en el servicio a los demás y en el amor desinteresado.
Sentir a Dios transforma su vida y lo sumerge en un estado de plenitud y de felicidad. Así es Dios de generoso, pues una vez usted le abre su puerta, le permite sentirle en todo momento.
Publicidad
Cuando se entrega a Él, su vida tiene mayor sentido, el dolor se va y llegan esas cosas buenas que siempre han estado ahí para usted, pero que no se había percatado de ellas.
Fortalezca su fe, tenga confianza y deje el resto en manos de Dios.
No olvide que, con relativa frecuencia, es usted quien bloquea su presencia, su amor y su voz al encerrarse en su cotidianidad. ¡Y es una pena que eso haga, pues se priva de lo mejor de la vida!Si después de leer estas líneas considera que Dios no lo escucha, permita que Él sea quien lo halle, le guíe y lo lleve de su mano o entre sus brazos, según sea su situación. Porque usted, léalo bien, nunca ha estado solo ni jamás lo estará.
Aceptación ¡Acepte las circunstancias! No son las cosas las que le pasan, sino el ánimo con el que las afronta el que termina por destruirlo o levantarlo. Tenga presente que las situaciones que le suceden son ‘buenas’ o ‘malas’, según la voluntad y la fortaleza de su corazón. Y si fracasa, recuerde que el verdadero hombre resurge de las cenizas del error. No se queje tanto ni de su pobreza, ni de su enfermedad, ni mucho menos de su ‘mala’ suerte. Más bien enfrente la vida con valor y dignidad. Admita que, de una u otra manera, todo es el resultado de sus actos y cada problema solo refleja la prueba que deberá seguir para cambiar su destino. Deje de vivir aburrido con la vida. No se amargue con sus fracasos, ni mucho menos se los cargue a otros. Es mejor aceptarse y comprender que usted fue el que falló, antes que seguir justificándose como si fuera un niño. Piense menos en los problemas, sobre todo en aquellos irremediables. Cuando se ocupa demasiado por situaciones que no tienen solución, pierde tiempo. En cambio, si enfila baterías en torno a su trabajo, no solo fortalece su ánimo; además, dignifica su estado de vida. Mantenga buenas relaciones con los demás: Ser amable y servicial no solo le enseña el arte de compartir; también le ayuda a entender que los ‘otros’ cuentan y le pueden ayudar.
¡como la flor! Así esté azotada por el viento o pisoteada, una flor que siempre conserva dentro sí su perfume. Lo mejor es que ella no se queda maldiciendo a quien le corta sus ramas. Por el contrario, sigue hermosa, incluso días después de que sus pétalos han sucumbido al intempestivo desprendimiento de su tallo. Si es de los que acostumbra a echarles la culpa a los demás de lo que le pasa, podría empezar por tener presente a las flores y la fragancia que siempre nos regalan. Este consejo no es otra cosa que abonar el don de la voluntad. La batalla de la vida no siempre la gana el hombre más fuerte, o el más ligero; tarde o temprano el que gana es aquel que cree poder hacerlo. Así lo hace la flor, esa que siempre conserva dentro sí su perfume... ¡pásele lo que le pase!















