Es preciso vivir de una manera serena para estar atentos y disfrutar el camino de la vida.

Publicado por: EUCLIDES KILÔ ARDILA
Así algunos digan que la frase es de cajón, jamás olvide que ‘la felicidad no está en el destino, sino en el camino’. Ella depende de cómo ame, de cómo trabaje o de cómo afronte el sendero de su vida.
Y de entrada no puede ser de aquellos que solo ven un camino para llegar a la cima de la montaña; tampoco puede permitir que otros pretendan imponerle sus caminos.
Ahora bien, lo esencial para la felicidad radica en lo que uno tiene por dentro. Así las cosas, la clave está en decidir qué hacer con eso que se posee.
Claro está que poseer algo no se puede entender como guardar millones de pesos en un banco. De hecho, en la misma sencillez usted puede ser más feliz que muchas de las personas llamadas ‘poderosas’.
No se necesita fama, títulos nobiliarios, ni mucho menos los frutos de las comodidades para que el corazón lata de felicidad.
No debemos pedir que las cosas se hagan como queremos; sino como Dios quiere que ellas sean.
Muchas veces encontramos nuestra felicidad cuando más reducidos estamos. Porque, léase bien, lo esencial para la felicidad es lo que uno tiene en sí mismo y lo que es capaz de ofrecerles a nuestros semejantes.
Para ser feliz, solo hacen falta tres cosas: cerrar los ojos para dejarse amar, abrir las manos para servir al prójimo y, de manera especial, decidir atravesar el camino que le corresponda con la dignidad y la tranquilidad del caso.
Decida amar ‘aquí’ y ‘ahora’ en medio del dolor o de los contratiempos. No se pierda el ‘ahora’ preparando un futuro que, a lo mejor, no va a vivir.
Hoy, por ejemplo, debería establecer un programa diferente y ajeno a sus labores diarias.
¿Qué queremos decirle?
Pues, que escape de la rutina. Quizá no cumpla del todo su plan, pero intente llevarlo a cabo. Si lo hace, con seguridad se protegerá de tres calamidades: el hastío, la prisa y la indecisión.
Después de leer estas pequeñas líneas, dedique unos minutos de su tranquilidad para ‘sintonizarse’ con usted mismo.
Recuerde que puede volver los ojos a otra parte y contemplar que hay dolores ajenos más fuertes que los suyos. Con solo hacer este ejercicio, terminará aceptando lo que hoy ve frente a su espejo.
¡Dios lo bendiga!














