Si tiene una cara amable atraerá, como un imán, las energías positivas. Mejor dicho, asuma una buena actitud ante todas las experiencias de su vida.

Publicado por: EUCLIDES KILÔ ARDILA
Se ven personas que siempre responden lo mismo cuando se les pregunta cómo están. Se la pasan pronunciando frases tales como: ¡Ahí vamos sobreviviendo! ¡Estamos sufriendo, pero ni modo!
¿Qué les pasa?
Parecen tener tan viejo el estado de ánimo que se convierten en víctimas ‘de todos y por todo’.
Se les ve imprimiéndoles a sus semblantes absurdos gestos de tristeza. Es como si les doliera vivir. Se sienten amargados, decepcionados o aburridos con lo que les rodea.
El menosprecio por su vida les aumenta, entre otras cosas, porque no encuentran razones para crecer. Sus rostros son rigurosas caras negativas, las cuales esquivan cualquier guiño de amabilidad.
Usted en su cotidianidad tiene que ser entusiasta, emprendedor y, sobre todo, debe tener sano el pensamiento.
Porque más allá del semblante, su rostro y su actitud son los lustres y los matices de su mente y de su propia alma.
El mundo siempre lo hará atravesar su camino con obstáculos, unos más complicados que otros, pero en usted mismo está la posibilidad de quitarlos o de darles la vuelta para seguir avanzando.
Pensar que la vida nada le dará, lo llevará a la desidia o a la conformidad. Nada está escrito y debe cambiar su aburrida historia.
Si se queda con los brazos cruzados o asumiendo el rol de víctima, no tendrá la oportunidad de ir más allá.
Cada vez que dé lo mejor de usted y se anime a despejar su camino, así sienta que se desvanezca, al final recibirá su recompensa.
Es cierto que cuando gozamos de buena salud, damos buenos consejos a los enfermos, porque no somos los que estamos ‘guardando cama’. No obstante, una cosa es estar en precarias condiciones y otra muy distinta es quejarse por ‘bobadas’.
La idea no es conservar la salud merced a un régimen de sonrisas, cuando el mundo se le derrumba. De lo que se trata es de cambiar el semblante porque su cara es el fiscal de sus intenciones y, por ende, sentirse más aburrido de lo que está lo llevará al ‘cadalso’ de su mente negativa.
Recuerde que la ‘Doctora Serenidad’ y el ‘Especialista en Alegría’ son los mejores médicos del mundo.
Todo es menos terrible de lo que parece. Así piense que está en el fondo, siempre habrá una luz de esperanza.
¡Dios lo bendiga!
¡Despiértese!
El calor era sofocante. Por eso el protagonista de esta historia se fue en busca de agua para refrescarse. Al final de su travesía entró en una cueva que, en su parte baja, gozaba de un pozo de agua cristalina.
Se trataba de un joven que encontró en esa gruta, un excelente lugar para descansar. Él se quedó allí, casi dormido de por vida, no solo por lo confortable de su lecho, sino porque el clima árido que lo había arrastrado hasta ese espacio no cambiaba.
Esta historia ocurrió hace muchos años. La sequía continuó y el joven prefirió seguir refugiado allí. Durmió mucho tiempo y en su corazón se propuso no despertar, al menos hasta el momento que él considerara preciso. En sus sueños se veía convertido en un hombre consentido por Dios. Dicen que soñó tanto que alcanzó a vivir en esa gruta cincuenta y siete años. Pero un día despertó. Él, sin prever que el tiempo había pasado, observó que todo había cambiado a su alrededor. Regresó a casa y se sorprendió al ver a su hermano convertido en un anciano; se enteró que sus padres habían muerto; y, además, tuvo que resignarse con la idea de que la mujer con la que quiso compartir su vida, ya tenía su propio hogar. Un tanto desilusionado tuvo que reconocer algo más: tenía los huesos fríos. Hasta en eso había cambiado, porque ahora sí añoraba el sofocante calor que lo había arrastrado hacia la gruta en donde pasó los mejores años de su vida. Ya no había agua cristalina que lo
rodeara, sino una vida ajena y un mundo muy distinto al que soñó durante años. Este relato pretende reflexionar sobre la importancia de soñar, pero sin olvidarnos de vivir. Si nos demoramos en actuar, los años terminan pasándonos la ‘cuenta de cobro’. Así que, ¡levántese amigo y sacúdase de su modorra!














