La envidia es el arte de contar las bendiciones ajenas y no las propias.

A José, el emblemático personaje de las Sagradas Escrituras, lo vendieron sus propios hermanos por física envidia. Ese es un feo sentimiento que, al igual que en el pasado, todavía se percibe en nuestra vida cotidiana. Hago alusión a esa historia bíblica porque, de manera desafortunada, eso de ‘respirar pesar’ por el bien ajeno es algo abominable.
La envidia es una desagradable emoción que se camufla entre las oficinas, en las calles y, en general, en muchos de nuestros contextos.
Hay personas que siempre buscan apagar el brillo de los demás y hasta se vuelven sombras, solo para obnubilar las glorias de los demás.
Lo que más me sorprende de sujetos así es que, bajo el resentimiento y el veneno que acumulan en sus mundos, son capaces de todo: de sabotear, insultar, odiar y perjudicar a aquellos a quienes envidian, sin darse cuenta de que toda esa ira que sienten no la ha provocado la persona a la que dañan.
Un envidioso tiene un corazón helado, vacío y amargado. Alguien así anhela lo que no tiene y, en medio de su frustración, pretende llenar su sed con recriminaciones.
Y aunque la envidia es un espectro que se alimenta de la oscuridad y se nutre de la amargura, no debemos preocuparnos más de la cuenta cuando seamos víctimas de ella.
Recordemos que las estrellas brillan con más fuerza en la oscuridad y, en ese orden de ideas, debemos dejar que la envidia se disipe en el viento.
Lo mejor que podemos hacer frente a un envidioso es pagarle con indiferencia. Entre más se le ignore, más se delatará y se irá descubriendo la necedad de él.
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La fuerza de la persona que nos envidia es la velocidad de nuestro propio progreso. Es casi que matemático: entre más nos envidie, mejor nos irá.
De hecho, cuando un envidioso se viene lanza en ristre contra nosotros, él se refunde más en su pesar y nosotros, en cambio, recibimos más bendiciones.
Justo eso le pasó a José, el personaje del ayer, quien terminó siendo el segundo hombre más poderoso de Egipto, luego de que sus hermanos lo vendieran como esclavo.
Para contrarrestar esa negatividad, en la medida de lo posible, asumamos una actitud propositiva y esperanzadora.
¡No nos desgastemos! No nos detengamos si vemos a un envidioso ‘ladrándonos’; sigamos adelante con nuestros corazones en paz.
El envidioso, atrapado en su propia terquedad, solo podrá seguir remordiéndose en su vida misma, lamentándose por lo que no podrá lograr.
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En lugar de preocuparnos por la envidia que destilan algunos, dejemos que nuestra esencia ilumine el camino por el que vamos.
Siempre miremos, con la frente en alto y con el corazón lleno de paz; dejemos que el envidioso se consuma él mismo en su propia rabia.
Si llegó a esta parte del texto, lo invito a elevar esta plegaria al cielo, que lo protegerá del accionar de los envidiosos. Ella dice así: Señor, le solicito humildemente que me blinde de los envidiosos y de sus feos procederes. Protegido con su manto, caminaré a través de los mares y la tierra, noche y día, mes a mes, año tras año; y mis enemigos no me verán, no me oirán y no me seguirán. Amén.
BREVES REFLEXIONES
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Cuando clama a Dios, Él le responde; de hecho, el Creador quiere que se comunique con Él por medio de la oración. Además, una plegaria diaria se traduce en bendiciones para usted, para su familia y para aquellos por quienes ora. También le trae más paz a y le ayuda a entender más los planes de Dios.

Si el niño no conoce el respeto, la culpa no es de la sociedad, de la televisión o de la escuela. Enseñar el respeto es antes que nada un deber de los padres. Y recuerden que los niños aprenden de su ‘ejemplo’: si usted pregona que hay que decir la verdad y luego miente, estará enviando un mensaje confuso a su hijo. Por otro lado, la empatía, la honestidad y la piedad son algunos de los valores que lastimosamente han caído en desuso en estos días. Debemos rescatarlos, entre otras cosas, para entender lo bien que uno puede sentirse al ser honesto con uno mismo y con los demás. ¡Pongámonos en el lugar de la otra persona, antes de atacarla!
EL CASO DE HOY

Las inquietudes asaltan con frecuencia a nuestro estado de ánimo. No obstante, con cada cuestionamiento tenemos una posibilidad más para afrontar un nuevo horizonte, ya sea razonando o aplicando sanas estrategias para el alma. Veamos el caso de hoy:
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Testimonio: “Por algo que no puedo explicar, he ido perdiendo la fe en mis cosas y en general en mis proyectos; incluso, por esa mala suerte que tengo, me estoy alejando poco a poco de Dios. ¿Alguna vez a usted le ha pasado algo similar? ¿Qué me podría aconsejar? Gracias por atender mi caso”.
Respuesta: Lo entiendo porque todos, en algún momento de la vida, percibimos eso. Tal vez por la falta de confianza en nosotros mismos, empezamos a experimentar sentimientos de incapacidad, de desesperanza y de miedo al fracaso.
Yo no creo tanto que se esté alejando de Dios; solo que está confundido. Le garantizo que volverá a sentirse cerca de Dios y de sus bendiciones, así hoy se vea en el tumulto de la desazón.
En mi experiencia personal, cuando veo que mi fe disminuye, hago tres cosas básicas que me dan aliento para repotenciar mis ganas de seguir adelante: primero, elevo una plegaria al cielo; segundo, hago una lista de las cosas positivas que hecho bien en la vida; y tercero, evito caer en el rol de la víctima.
Se lo digo porque, en su caso, no puede permitir que se limite su capacidad de sus objetivos, ni tampoco puede dejar de perseguir sus sueños. Es decir, nada logra si se queda cruzado de brazos, lamentando su supuesta ‘mala suerte’.
Perder la fe en uno mismo no debe ser sinónimo de derrota, eso es solo una alerta ‘sana’ que le advierte que debe tomar cartas en el asunto. ¿Qué le estoy diciendo? Que le busque una respuesta a esa incertidumbre que experimenta y, sobre todo, que resuelva las aparentes contradicciones que dice tener. Oblíguese usted mismo a salir de este atolladero y mire siempre adelante con optimismo. ¡Pídale a Dios que le dé claridad y serenidad!

















