La carrera por la Presidencia de la República ha derivado en un ejercicio de banalidad. Las redes sociales hierven con agravios, frases descontextualizadas, rumores y maledicencias, mientras las encuestas se consumen con ansiedad casi supersticiosa y no faltan quienes convierten el destino del país en materia de apuestas. La campaña discurre así, entre ruido, cálculo y frivolidad, como si a trece días de la primera vuelta lo que estuviera en juego no fuera el rumbo de Colombia, sino un espectáculo de temporada.
Pero, mientras la opinión se aburre, avanza en silencio una idea seria y perturbadora: la de que el Estado colombiano no puede funcionar y que, por tanto, habría que rehacerlo. La convocatoria de una Asamblea Constituyente, que se deja correr como si fuera un recurso democratizante, solo responde a la conveniencia de un gobierno incapaz de mostrar ejecutorias y deseoso de trasladar sus propias insuficiencias al Congreso, a las cortes y a la arquitectura institucional. Lo que se presenta como “bloqueo” es, en muchos casos, la resistencia normal de una democracia frente a reformas incompletas, mal sustentadas, financieramente inciertas y políticamente inmaduras.
Ese es el verdadero riesgo. Convertir el desacuerdo ordinario entre poderes en prueba de que la democracia estorba. Asumir que cuando el Congreso modifica, demora o archiva iniciativas deficientes es porque el problema radica en el sistema y no en la precariedad de los proyectos y la forma de gestión. Se quiere instalar la idea de que para que Colombia funcione debe adoptarse un régimen presidencial de corte autoritario, donde el Ejecutivo concentre una preponderancia desmedida, subordinando a los poderes Legislativo y Judicial, y se instale un modelo económico en el que el Estado tenga la mayor participación en la producción nacional.

Mientras esta idea avanza, preocupa el comportamiento de algunos candidatos. Iván Cepeda ha evitado el debate amplio y se reserva socarronamente para sí la definición de lo que considera compatible con los “valores democráticos”. Otro aspirante que figura en la franja alta de las encuestas ha optado por la estrategia del ademán, el espectáculo y la trivialidad, como si bastara con fungir de redentor para merecer el poder.
Lo alarmante no es solo la insulsez de la campaña, sino la ligereza con que una parte del país parece dispuesta a aceptar que la mediocridad de un gobierno sirva de argumento para desbaratar el Estado. Nuestros abuelos solían advertirnos que la apatía y la falta de carácter terminan dejando el porvenir en manos del que más ruido hace. El momento exige actuar con racionalidad, ajustar nuestro comportamiento a principios éticos y recordar que una democracia no se defiende bostezando.










