Espiritualidad
Lunes 01 de diciembre de 2025 - 02:24 PM

Reflexión espiritual: la lección del barco de papel

Así como el barco de papel se aleja con la corriente, cada uno de nosotros también necesita permitir que ciertas etapas lleguen cuando corresponda. No se trata de olvidar, sino de aceptar que el río de la vida debe seguir su curso.

¡Dejar ir!
¡Dejar ir!

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¿Ha visto alguna vez un barco de papel justo antes de alejarse sobre el agua? No sé si a usted le ocurre lo mismo, pero en ese instante percibo cierta debilidad y fragilidad. Sin embargo, en esa misma delicadeza se esconde una enseñanza valiosa: el barco solo cumple su función cuando se le permite flotar.

Ese sencillo acto de soltarlo recuerda que usted, yo y todos, tarde o temprano, necesitamos aprender a dejar ir y a cerrar etapas que ya cumplieron su papel en la historia de nuestra vida.

Al observarlo avanzar, se comprende que siempre hay un primer impulso que invita a moverse, aun cuando no se tengan todas las respuestas. Así sucede con los momentos que llegan a su final: cuesta aceptarlo, cuesta reconocer que algo terminó, pero avanzar es parte natural del crecimiento. A muchas personas les ocurre; también me ha sucedido más de una vez.

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Cuando una etapa importante se cierra, la vida invita a hacer una pausa, respirar hondo y reconocer que ese ciclo ya entregó lo que tenía para ofrecer. Aceptarlo no es rendirse, sino un gesto de honestidad y una oportunidad para recuperar la serenidad. Es como si, al dejar ir el barco de papel, también se soltara un peso silencioso que permite ver con mayor claridad.

Es imprescindible comprender que un ciclo ha concluido. A veces la rutina, el miedo o la nostalgia nublan la mirada, pero cuando se reconoce el final, aparecen señales que antes pasaban inadvertidas. Es como ponerse las gafas: lo que estaba borroso se define, y lo que parecía distante empieza a sentirse posible.

Aferrarse a relaciones que no avanzan, insistir en proyectos sin salida o permanecer en un lugar que ya no inspira resulta desgastante. Más difícil aún es quedarse inmóvil, esperando que todo vuelva a ser como antes. Eso prolonga el malestar y detiene el movimiento natural de la vida.

Cada persona tiene su propio ritmo, pero avanzar es necesario; postergar lo inevitable solo vuelve más pesada la carga. Aceptar que una etapa terminó es un acto de valentía. No siempre se sabe qué espera más adelante, pero existe una fuerza interna que impulsa a seguir y recuerda que siempre es posible comenzar de nuevo.

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Cuando se abre espacio para un cierre, también se abre espacio para otra historia. Lo que dolió, cansó o dejó de encajar encuentra su lugar cuando se reconoce su final, permitiendo recuperar el equilibrio y volver a disfrutar incluso de lo más sencillo.

Decidir navegar hacia nuevos horizontes no significa olvidar lo vivido; por el contrario, implica reconocerlo como parte del propio crecimiento. Por eso, cuando un capítulo termina, lo más sensato es mirar hacia adelante. Nuevas experiencias, personas y oportunidades están ahí, esperando su momento.

Así como el barco de papel necesita soltarse para avanzar, cada persona también necesita liberar aquello que ya no sostiene su camino. Y al verlo alejarse, es inevitable pensar en las cargas que se quedan atrás.

Breves reflexiones

Feas rutinas
Feas rutinas
  • Los malos hábitos no aparecen de un día para otro; se van formando paso a paso, alimentados por cada excusa, por cada justificación sin sentido, por ese “solo por esta vez” que parece inofensivo. ¡Supérelos con entereza, templanza y fe!
Autoestima
Autoestima
  • Ámese de la mejor manera posible para que pueda alcanzar la felicidad. Si lo hace, ganará madurez y tendrá la fortaleza para defender aquello que ama, incluso cuando otros no estén de acuerdo con usted o intenten imponerle sus ideas.
Su corazón.
Su corazón.
  • Tenga presente la voz que susurra en su corazón, porque ella siempre lo orientará. Antes de tomar una decisión, pregúntele qué es lo que realmente desea. La respuesta que brote de allí será, casi siempre, la más acertada.
Aprendizaje
Aprendizaje
  • Cada experiencia, sea difícil o positiva, guarda un propósito. No se trata de negar el dolor ni de minimizar los retos, sino de reconocer que cada situación deja una enseñanza, impulsa un cambio y abre la posibilidad de un nuevo amanecer.

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Nos escriben los lectores

¿Cuáles son esos temores que lo afectan en la actualidad? Háblenos de ellos para reflexionar al respecto en esta página de Espiritualidad. Envíe su testimonio a Euclides Kilô Ardila al correo: eardila@vanguardia.com En esta columna, él mismo le responderá.
¿Cuáles son esos temores que lo afectan en la actualidad? Háblenos de ellos para reflexionar al respecto en esta página de Espiritualidad. Envíe su testimonio a Euclides Kilô Ardila al correo: eardila@vanguardia.com En esta columna, él mismo le responderá.
  • Las inquietudes suelen irrumpir en nuestro estado de ánimo con más frecuencia de la que imaginamos. Sin embargo, cada pregunta que nos hacemos abre también una oportunidad para mirar hacia un nuevo horizonte, ya sea mediante la reflexión o a través de estrategias que le hagan bien al alma. Veamos el caso de hoy:
¿Por qué después de los 50 algunos pierden el entusiasmo por la vida?
¿Por qué después de los 50 algunos pierden el entusiasmo por la vida?
  • Testimonio: “Tengo 51 años y, si bien no soy viejo, me siento extraño en mi estado de ánimo. A pesar de haber logrado muchos éxitos, me siento como vacío y con una fe débil. ¿Qué puede estar pasando conmigo?”

Respuesta: ¿Sabe algo? Lo que usted percibe hoy suele ocurrirles a muchos. La verdad es que, incluso después de alcanzar grandes logros, puede aparecer una inusual sensación de vacío.

La vida tiene momentos en los que lo construido deja de llenar como antes, y eso confunde. Sentirlo no es un signo de derrota, sino una señal de que algo interior pide atención y calma.

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A los 51 años no se acaba el entusiasmo; lo que cambia es la manera de sentirlo. Antes quizá se movía por metas rápidas o por reconocimientos externos. Hoy la vida invita a mirar hacia adentro, a descubrir nuevas razones que no dependen del ruido ni de la velocidad, sino del sentido. Ese cambio no indica pérdida, sino madurez espiritual.

La fe también se transforma con el tiempo. Ya no siempre llega con el impulso juvenil, sino con una voz más suave que pide silencio para poder escucharse. A veces parece lejana, pero no se ha ido; solo necesita un espacio para volver a encenderse.

Sentirse vacío puede ser una oportunidad para preguntarse qué parte de su vida está pidiendo renovación. No se trata de llenarla con más actividades, sino de darle profundidad a lo que ya existe.

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