Doralba Arias y María Alejandra Corredor qusieron contar su historia de cómo las abuelas, por cosas de la vida, se convierten de nuevo en mamás de sus nietos o de otros niños. María Alejandra afirma que a pesar de no estar con su mamá, quien falleció hace ya varios años, es feliz con su abuela.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Si María Alejandra se irrita en su práctica de voleibol, Doralba está allí para controlar su temperamento: como deportista apasionada, Malale, como le dicen cariñosamente, no deja pasar la oportunidad de reclamar una situación que perjudica a su equipo durante el juego. Pero Doralba está allí, tranquila, como si flotara en vez de caminar, para animarla a que se calme, para decirle que lo puede lograr.
“Cuando ella no va, Malale es un desastre. Ella es la que me cuida el temperamento”, dice la joven de 15 años. Y se ríe. Ambas ríen mucho cuando se miran y comprenden que es difícil dar una entrevista sobre su vida, que es ejemplo de que el amor de una mamá no crece solo en la mujer que dio la vida: también en la familia extensa, en las abuelas, en las tías, en dos mamás que aman sin medir el parentesco que las une con sus hijas.
El regalo de una hija
Las tres son muy parecidas: María Alejandra, con su rostro angelical y su sonrisa abierta y franca, y Dorabla y Johanna, que falleció luego de batallar toda su vida con una falla renal.
“Johanna sufría de insuficiencia renal y fue trasplantada cuando tenía 19 años. El riñón le duró 15 años y en ese lapso fue cuando tuvo a Malale”, explica Doralba.
Las lágrimas fluyen, pero en medio de una sonrisa. La memoria del padecimiento de su hija es dura, pero de algún modo que solo quien ha criado a otro ser humano puede entender, su recuerdo es a la vez un bálsamo para su dolor.
Johanna era alegre, aún más que Malale. Y la joven es tan fuerte y luchadora como lo fue su mamá.
“Empezó con diálisis peritoneal, tuvo varias infecciones, pero no logró salir de la última, hace cinco años”, cuenta Doralba.
Malale tenía entonces diez años. Pronto cumpliría once. “La niña sabía que la vida de su mamá podía ser muy larga o muy corta”, explica Doralba. Y la mira. María Alejandra también la mira y sonríe. Se siente bien hablando de su mamá, a quien se refiere casi siempre en presente, a quien admira porque le heredó de su abuela el deseo de estar activa, de querer persistir en el deporte.
Entre ellas hay química: Malale dice que sueña con ser líbero de la Selección Santandereana de Voleibol o, incluso, de la nacional. Pero reconoce que su estatura es una carta que no la favorece.
Su abuela replica en seguida: “pero ella practica el deporte y sigue entrenando”. Se miran y de nuevo ríen. Malale se incomoda muy pocas veces y asume todo con naturalidad, dos características que su abuela admira en ella.
“La verdad uno de niña llora, pero es como si no entendiera lo que está sucediendo. Ya cuando pasa el tiempo uno se da cuenta de que su mamá no está”, explica Malale.
Su abuela recuerda que la niña ha estado siempre con ellos, ya que Johanna vivía en casa de sus padres.
“Mi hija sabía que yo no iba a abandonar a Malale”, señala Doralba. Johanna estuvo tranquila: su hija se quedaría con “la mejor abuela del mundo”, como dice Malale después de bromear con ella unos minutos antes.
Una abuela mamá
“Mi nona es muy seria”, dice Malale. “Yo soy alegre”, responde Doralba. Y sí, es alegre, solo que un poco más tranquila. “Es una gran persona, ayuda mucho a la gente, es muy pacífica. Hay que ser noble, pero no tan noble. Cree que nadie le va a hacer mal a otro. Yo le digo que eso sí pasa, pero también esa forma de ser es bonita. Pero cuando tiene que ponerse brava se pone brava”, narra Malale con seguridad. No duda al responder las preguntas y mira siempre a los ojos.
¿Y el papá? “Lo conocí, pero no me hace falta. Estoy mejor sin él, llevo mi vida feliz”, explica.
“A ella el papá no le ha hecho falta porque tiene a su abuelo. Además, ella dice que lo importante no es eso”, explica Doralba.
“El abuelo ha sufrido mucho la muerte de su hija, pero él es más serio”, narra.
Malale replica que “los polos opuestos se atraen”, y no pierde oportunidad de jugarle otra broma a su abuela, quien sonríe siempre.
La Encuesta Nacional de Demografía y Salud en Colombia en 2015 deja claro que en el país las familias son diversas: tan solo el 35% de las familias están conformadas por papá y mamá: un gran porcentaje, 33.6%, está conformada por la familia extensa: los niños con sus abuelos y tíos.
”Lo importante no es estar con un papá o una mamá sino con la gente que lo quiere a uno. Qué tal estar con un papá o una mamá que no lo quiere a uno, lo importante es el amor”, explica Malale seria, dentro de lo que su rostro risueño se lo permite.
Malale tiene muchos planes: “tengo muchas carreras en mi mente, me gustan las matemáticas, física, química, civil, ambiental. Y pues si se puede, ser una buena líbero. Solo hay que esforzarse para llegar”.














