Andrea Trillos entendió que moverse no era solo ejercicio: era crecer, sanar, liderar. Y desde ahí, lo convirtió en legado.
Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Andrea Trillos aprendió a moverse desde niña. No solo en el sentido literal, junto a su papá salía a caminar temprano o la llevaba al centro a vender telas, también en el otro: ese que enseña que la vida no se queda quieta y que hay que aprender a fluir con lo que viene, incluso cuando lo que viene es duro.
“Mi papá fue clave. Toda la vida lo ha sido. Nos llevaba con él a vender al centro, hombro a hombro. Creo que ahí nació esa chispa comercial y también el gusto por hablar con la gente”, recuerda. Además, le inculcó la importancia del cuerpo en movimiento. “Siempre fue deportista. Y claro, uno en ese momento no hace conexiones, pero después entendí que eso me marcó”, explica.
La vida le puso pronto un reto: un momento económico duro para su familia justo cuando estaba por terminar la universidad: “tuve que salir a trabajar para poder pagarme los estudios. Y ahí arrancó todo. Desde entonces trabajo como una santandereana imparable, como una hormiguita. Y lo digo con orgullo, me encanta. Para mí el trabajo es una razón de ser”.
Después fue a Bogotá. Trabajaba en una cadena de droguerías a nivel nacional, con estabilidad y sin tener en mente nada parecido a lo que es hoy su vida: “jamás me imaginé siendo empresaria. Cero vena independiente. Yo era de oficina, de planilla, cero redes sociales”, dice con una sonrisa.
Pero una tarde, mientras esperaba en un semáforo bajo la lluvia, un hombre se subió al carro y empezó a arrancarle el espejo retrovisor. “Yo pitaba y nadie ayudaba. Pensaba: si me bajo, este hombre me puede agredir y nadie va a hacer nada’”. Ese miedo se le convirtió en decisión: “ahí dije: ‘No quiero vivir así, lejos de mi familia, con miedo. Me devuelvo a Bucaramanga’”.
Así nació lo que hoy conocemos como Momba Fitness y Cross 40. Pero ese fue solo el primer giro que dio su vida.
La pandemia, un punto de quiebre
Cuando llegó la pandemia, Andrea ya había construido un camino. Pero la situación a la que forzó el Covid-19 le hizo repensarlo todo: “de un día para otro nos encerraron, el flujo de caja se frenó, cambió la energía del equipo. Fue un caos. Pero también fue el momento donde me senté a observar: ¿qué estoy haciendo?, ¿cómo lo estoy haciendo?, ¿con quién?”.
“La pandemia fue ese sacudón necesario que evitamos. Te pone a ver tus miedos, te deja sola contigo misma. Terminé una sociedad tóxica, me casé, fui mamá, transformé mi empresa. Todo pasó ahí”, explica.
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Hace dos años nació su hijo y, con él, otra versión de Andrea: “siempre había sido la mamá de mi equipo, pero ser mamá de verdad fue otra cosa. Acostumbrada al ritmo intenso, la maternidad la obligó a parar: “él me enseñó que no pasa nada si el mundo no gira contigo. Me enseñó a ver la vida como un niño: con calma, sin afán, con sonrisas. Ahora entiendo que mi propósito también es ayudar a otros a encontrar esa pausa”.
Cuando arrancó Momba y Cross 40, Andrea notó un patrón que se repetía: “la gente decía ‘no voy al gimnasio porque estoy muy gordo’, ‘porque no tengo ropa’, ‘porque me da pena’. Había mucho juicio, muchos miedos”.
Y ahí empezó su misión: desmontar esa idea de que el fitness es solo para cuerpos esculturales. “Lo físico importa, claro. Pero para mí lo fundamental es la salud mental, la comunidad, el ratito sin pantallas, el reencuentro contigo. Que puedas llegar con tu hijo, sentarte con alguien, hablar, tomarte un café después de liberar dopamina en una clase”.
Desde su experiencia personal, creó espacios para mujeres embarazadas y mamás canguro. “Una clase donde el bebé puede llorar y nadie te mira raro. Todas estamos en las mismas: con hormonas locas, con un cuerpo distinto. Es un espacio real para lo que vivimos”.
Liderazgo con coherencia
Andrea no habla de bienestar solo de puertas para afuera. “Yo no puedo predicar algo en la comunidad si no lo vivo con mi equipo”, dice. Por eso, en su empresa, sus entrenadores pueden llevar a sus hijos, sus parejas, compartir su vida personal sin esconderla. “Promuevo que cada quien haga lo que le gusta, desde su arte. El ADN de la marca está en todos, pero ellos son los que brillan”.
Después de años de aprendizajes, dice que se siente más fuerte que nunca. “Ya no lidero desde la autoridad. Lidero desde el ejemplo. Y eso solo lo dan los años y las sacudidas”.
Si tiene que definirse como santandereana, no duda: “La hormiga es lo que mejor nos representa. Para ser reina, primero hay que saber hacerlo todo. Y si toca, hay que volver a ser obrera y empezar otra vez”.
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Cuando piensa en su legado, habla con los pies en la tierra. “Eso va cambiando, pero hoy sé que mi propósito es crear espacios donde la gente se sienta bien, sin afán, sin juicios. Donde puedas ser tú”.
Y si algo resume su historia es eso: moverse no solo para alcanzar metas, sino para habitar el cuerpo con más calma. Respirar. Conversar. Volver a casa.














