Con una capacidad muy especial para entender la relación que como humanos debemos tener con nuestro entorno, ella es un referente para Colombia y el continente en el diseño de políticas que concilien armónicamente el progreso con el equilibrio ambiental. Una mujer de vanguardia.

Publicado por: NATALIA ECHEVERRI VARGAS
Ser consciente de la capacidad que como humanos tenemos para cambiar la realidad con nuestras decisiones es una ‘verdad’ que viene inscrita en su ADN. Hija de un reconocido antropólogo y de una inquieta filósofa, Adriana construyó su vida en ese reflexionar sobre cómo relacionarnos con los otros seres y nuestro entorno de una manera armónica, dejando la menor huella posible.
Esta bogotana conoció en sus vacaciones todos los parques naturales del país alentada por su padre, Álvaro Soto, exdirector de Parques Nacionales Naturales de Colombia y quien descubrió Ciudad Perdida en la Sierra Nevada de Santa Marta. Los padres de Adriana nunca le dieron espacio para quedarse en casa, perdiendo el tiempo en los recesos escolares. Y eso formó en ella un amor profundo por este territorio y la sustentabilidad de sus recursos, los cuales son todavía vistos por muchos como inagotables.
“Esa fue la salsa donde me cociné -dice divertida sobre su entorno familiar-.Después llegaron a mi vida profesores maravillosos en la universidad, quienes me inspiraron para hacer mi tesis de grado en temas ambientales”. Un enfoque muy raro para un economista en esa época. Porque a principios de los noventa, hasta ahora se estaba poniendo el tema de la sostenibilidad sobre la mesa, y la población en general veía el cambio climático como algo que pasaría en cien años.
Por esa razón, hacer una tesis sobre economía ambiental (la suya fue una propuesta de desarrollo sostenible para la isla de Providencia) era una decisión vanguardista, pues suponía cuestionar los modelos tradicionales propuestos por personajes como Adam Smith, que veían los recursos naturales como fuentes infinitas de producción.

En esa misma época se celebró la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro (1992), un evento organizado por Naciones Unidas, que influyó definitivamente en el compromiso del país en cuestiones ambientales. No gratuitamente, unos meses después se creaba el Ministerio de Medio Ambiente, y Adriana, que ya se había graduado y trabajaba en Planeación Nacional, hizo parte de ese proceso.
“Los temas de cambio climático, extinción de especies y conservación de suelos apenas estaban empezando a ser comprendidos por la población en general. La gente no sentía que las consecuencias se fueran a ver pronto sino como un problema que les iba a tocar a otros.
Toda esa discusión –continúa Adriana- me permeó directamente, porque mi papá estaba presidiendo una comisión desde los países en desarrollo para pensar soluciones ambientales al modelo de producción. Así que proyecté mi profesión en medio de la coyuntura de lo que estaba pasando a nivel global”.
Después de estar en el Ministerio durante ocho años, coordinó con el Ideam el primer proyecto nacional de adaptación al cambio climático. Más tarde se unió al área de gestión ambiental del Banco Mundial para estudiar el problema generado por la ganadería extensiva. Después regresó al Ministerio, esta vez como Viceministra de Ambiente, cargo que desempeñó hasta 2013.
Desde hace dos años es la directora regional de The Nature Conservancy, una de las ONG ambientales más importantes del mundo, dedicada a la conservación de los suelos y los recursos hídricos en el planeta. Con una labor que lidera como directora regional en Ecuador, Venezuela, Perú, Costa Rica, Panamá y Colombia, sabe que todos tenemos el poder en nuestras manos para cambiar una situación que está llegando a su límite.
Pensar y luego actuar
- ¿Cuáles son las enseñanzas de su padre que más determinaron su conciencia ambiental?
Creo que fue ese incentivo de salir de viaje. Uno no puede conocer el país si no lo recorre, y yo conté con el apoyo de mi padre para hacerlo. Además, mi infancia transcurrió mucho en el campo, estuve en contacto permanente con la naturaleza. Como este país es absolutamente espectacular, eso genera un vínculo emocional muy fuerte.
- Parecería raro que con esa influencia en Humanidades de sus padres, eligiera Economía como profesión…
En realidad quería ser astronauta. Me acuerdo que cada vez que iba de visita al Centro Espacial John F. Kennedy en La Florida (Estados Unidos), quería montarme en un cohete… No lo logré (risas), y lo más cercano que veía a ese sueño era la Economía.
- Desde su experiencia, ¿cómo estamos en el país en el tema de la sostenibilidad?
Colombia es muy diversa en cuanto a coberturas naturales. Tenemos páramos, sabanas, bosques de todo tipo. Pero los estamos degradando a una velocidad importante. La tasa de deforestación del país es alta, unas 180 mil hectáreas al año, y por eso en las últimas cinco décadas hemos perdido buena parte de nuestros recursos.
Por ejemplo, la cuenca del río Magdalena está degradada en un 70 por ciento. Y es la vía arteria, ¡es literalmente el corazón del país! Allí viven buena parte de los colombianos y tiene la mayor tasa de deforestación, por lo que ciertos sitios de la cuenca ya están en un punto de no retorno. A veces se secan y parecen autopistas, generando un impacto social que tiene que ver con el abastecimiento de agua y otras problemáticas.
- Escuchamos a menudo las palabras “seguridad alimentaria”. ¿Por qué debemos conocer su significado?
Tenemos suelos cada vez más degradados con químicos, deforestación; hemos tratado mal a las fuentes hídricas y están cada vez mas degradadas. El 80 por ciento de la población será urbana en Colombia y en el mundo; entonces, el gran reto es cómo generar alimentos para una población urbana que crece, pero con suelos degradados, sin dañarlos más y con cambio climático.

Por eso se habla de “seguridad”, no somos viables como especie. La agricultura y ganadería, por ejemplo, son responsables de buena parte de los gases que producen el efecto de invernadero, así que los procesos tienen que cambiar. Pero nosotros, como personas, debemos creer en el poder de la decisión individual, nunca subestimemos que somos agentes de cambio.
- Muchos piensan que sus esfuerzos reciclando o cuidando el agua no sirven de nada frente al impacto que genera el negocio de la minería en el país, por ejemplo…
Somos más de 40 millones de personas, y si cada uno toma decisiones responsables, el impacto es enorme. Por ejemplo, ¿qué tipo de alimentos compramos día a día? Si sabemos que se producen de manera sostenible y responsable estamos cuidando los suelos, el agua, etc. Las decisiones tienen una fuerza poderosísima, en ellas está la solución.
- Es algo difícil saber cómo se ha producido todo lo que consumimos...
La decisión está en manos del consumidor, este debe exigirlo, tiene todo el derecho a estar informado para decidir responsablemente. Porque tener huerta puede suplir parte de las necesidades alimentarias, pero no todas. Por suerte, cada vez hay más oferta en los supermercados de productos orgánicos, aunque es más fácil conseguir verduras que frutas.
Yo tuve cáncer de seno hace un tiempo, y viví de otra manera la importancia de comer orgánico y cuidar el medio ambiente, no solo porque no encontraba la oferta alimenticia que necesitaba. La salud humana es un indicador de cómo están nuestros ecosistemas; si nos desconectamos de la naturaleza, no sobreviviremos como especie.
- ¿Son compatibles lo que llamamos progreso y la conservación del medio ambiente?
No son incompatibles. Las decisiones del sector empresarial son necesarias, pero hay que entender dentro del corazón del negocio el rol que juegan los bienes y servicios. La infraestructura verde es imprescindible para la sostenibilidad de recursos como el agua. ¿Qué negocio no usa agua? Si se agota, no es problema de uno solo.
Nuestra labor, justamente, es generar educación y conciencia. Y como directora regional de la ONG, tengo que ver las herramientas que puedo darles a los empresarios y gobernantes para que la toma de decisiones en sus respectivos sectores se haga de manera responsable. El ser humano es muy creativo buscando soluciones en medio de la escasez. Y la buena noticia es que existen varias opciones para que no lleguemos a un punto de no retorno.















