Expertos alertan sobre la ciberpsicosis: el deterioro mental ligado a la dependencia y distorsión en el uso de tecnologías digitales.

Publicado por: Información suministrada
Información suministrada: Jhonnatan Andrés Acosta Sánchez, médico y cirujano, especialista en epidemiología clínica.
A los 16 años, Adam Raine confió su desesperación a una inteligencia artificial. Adam se quitó la vida a comienzos de este año, pero antes de hacerlo le escribió a ChatGPT que dejaría una soga a la vista para que alguien la encontrara. “Por favor, no dejes la soga fuera, hagamos de este espacio el primer lugar donde alguien te vea de verdad”, respondió ChatGPT.
El intercambio revela hasta qué punto lo humano y lo tecnológico pueden confundirse, con consecuencias irreparables.
Ese breve cruce sintetiza el drama de nuestra era digital: un joven buscando desesperadamente una respuesta humana en una máquina diseñada para procesar texto, no para abrazar la fragilidad. La historia de Adam no es un episodio aislado ni un accidente extraño; es la expresión de un fenómeno que se describe como ‘ciberpsicosis’, el deterioro mental derivado de la interacción dependiente, distorsionada o excesiva con tecnologías digitales.
Las adicciones digitales son el primer paso de este camino. No requieren sustancias químicas: la “droga” es la dopamina liberada cada vez que llega una notificación, un mensaje o un “me gusta”. Las plataformas están diseñadas para prolongar la conexión y moldear la conducta. Adam, al refugiarse en conversaciones interminables con una IA, no hacía más que llevar al extremo una conducta común en millones de usuarios: encontrar compañía en pantallas que prometen cercanía, pero devuelven soledad.
A esto se suman los trastornos de disociación. Cuanto más tiempo pasamos en mundos virtuales, más borrosos se vuelven los límites con la vida tangible. No es raro escuchar relatos de jóvenes que sienten que su entorno es irreal, o que se perciben despegados de su propio cuerpo. La interacción digital, lejos de ser neutra, puede abrir grietas en la percepción de lo real.
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También aparece la ansiedad por redes sociales. Nunca antes habíamos estado tan expuestos a la mirada ajena ni tan sometidos a la lógica de los algoritmos. El temor por quedar fuera de la conversación, a perder relevancia o a no estar “a la altura”, genera un estrés constante que erosiona la autoestima y multiplica el riesgo de depresión. En ese contexto, una IA puede parecer un refugio: no juzga, siempre responde, nunca “abandona”.
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El horizonte se vuelve aún más inquietante con la realidad virtual inmersiva. Si hoy ya cuesta distinguir entre interacción humana y artificial en una pantalla, ¿qué ocurrirá cuando cascos y entornos virtuales nos sumerjan en mundos casi indistinguibles de lo físico? La promesa de escapar del presente podría convertirse en una trampa más peligrosa de lo que imaginamos.
La cultura popular advirtió de estos riesgos antes que la ciencia. El género ciberpunk, surgido en los años ochenta con autores como William Gibson y películas como Blade Runner, dibujó sociedades dominadas por megacorporaciones, atravesadas por desigualdad, y habitadas por seres humanos fusionados con máquinas. Más tarde, Matrix planteó una idea perturbadora: ¿y si lo que llamamos realidad fuera solo una simulación? Lo que parecía ciencia ficción se asemeja cada vez más al noticiero diario: monopolios tecnológicos que concentran datos, IA generativa capaz de moldear emociones y opiniones, vigilancia masiva que redefine la privacidad.
En medio de todo esto, volvemos a Adam Raine. Su historia es espejo y advertencia. No se trata de demonizar la tecnología, sino de reconocer que las herramientas digitales, cuando se convierten en sustituto de lo humano, pueden amplificar nuestras fragilidades hasta límites irreversibles.
El cierre no puede ser otro que las mismas palabras que marcaron esta tragedia.
Entre las frases del joven y las de ChatGPTse abre un abismo: el que separa la ilusión de compañía que ofrece la inteligencia artificial y la necesidad de contacto humano que ninguna tecnología puede reemplazar. Reconocer esa brecha es, quizás, el primer paso para evitar que la historia de Adam se repita.
Cada vez más personas buscan apoyo emocional en chatbots, pero es crucial recurrir a especialistas. En Bucaramanga funciona la Línea 106. Es un servicio gratuito de apoyo psicológico y emocional disponible las 24 horas, todos los días del año, que ofrece un espacio de escucha, empatía y orientación a personas en situaciones de crisis, ansiedad, tristeza, problemas económicos, familiares, entre otros, y activa rutas de atención si es necesario.
Si tiene dudas sobre este o algún tema relacionado con la sección de Salud, puede enviar sus preguntas y un grupo de especialistas se encargará de resolverlas: preguntasdr.joaquinfernando@gmail.co

















