Bucaramanga
Domingo 26 de julio de 2026 - 09:50 AM

Cuando un ‘Niño’ apagó el país y encendió la memoria

Más de tres décadas después, ‘El Niño’ vuelve a tocar la puerta de los santandereanos.

Esta escena, que recuerdan quienes vivieron el apagón de 1992, parecen retornar a Colombia por falta de recursos para los subsidios de energía. //Archivo.
Esta escena, que recuerdan quienes vivieron el apagón de 1992, parecen retornar a Colombia por falta de recursos para los subsidios de energía. //Archivo.

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Cada vez que las autoridades anuncian el regreso del fenómeno de El Niño, hay una generación de santandereanos que, casi por instinto, vuelve a mirar el cielo con desconfianza. Ya no se trata únicamente de esperar días más cálidos o de soportar semanas sin lluvia. Para quienes vivimos 1992, esas dos palabras siguen teniendo el poder de despertar un recuerdo mucho más profundo: el de un país que un día descubrió que el clima también podía apagar la luz.

Recuerdos de la Hora Gaviria. (Archivo/ VANGUARDIA)
Recuerdos de la Hora Gaviria. (Archivo/ VANGUARDIA)

Hoy, cuando nuevamente se habla de sequías, de niveles preocupantes en los embalses y de la necesidad de ahorrar energía, resulta inevitable viajar treinta y tantos años atrás, cuando apenas empezábamos a entender qué era eso de El Niño.

Hasta entonces, la mayoría de los santandereanos ignorábamos que un calentamiento inusual de las aguas del Pacífico, originado cerca de Australia y desplazado hacia las costas sudamericanas, fuera capaz de alterar la vida de millones de personas.

Los ambientalistas explicaban que ese fenómeno modificaba los ecosistemas marinos y podía desencadenar sequías, inundaciones y epidemias. Lo escuchábamos como quien oye una lección de geografía lejana, sin imaginar que terminaría cambiando nuestros relojes, nuestras costumbres y hasta la hora de dormir. (Le puede interesar: Bumangueses ‘le hacen guiño’ al planeta’)

La teoría dejó de ser teoría cuando los embalses descendieron hasta niveles críticos. El fenómeno climático coincidió con las deficiencias de la infraestructura hidroeléctrica del país y, de un momento a otro, Colombia quedó al borde del colapso energético.

Las noticias de ese entonces, cuando llegó la 'Hora Gaviria'. (Archivo/ VANGUARDIA)
Las noticias de ese entonces, cuando llegó la 'Hora Gaviria'. (Archivo/ VANGUARDIA)

El 2 de marzo de 1992 llegó la noticia que nadie esperaba: el Gobierno del presidente César Gaviria decretó el racionamiento de energía. En ciudades como Bogotá los apagones alcanzaban hasta nueve horas diarias; en San Andrés y Providencia llegaban a dieciocho. En Cali hubo incluso sanciones para quienes desperdiciaran agua, mientras en Buenaventura también se vivieron jornadas sin servicio eléctrico.

Jaime Rodríguez Ballesteros, alcalde de la época. (Archivo / VANGUARDIA)
Jaime Rodríguez Ballesteros, alcalde de la época. (Archivo / VANGUARDIA)

Bucaramanga, por supuesto, no fue la excepción. En ese entonces, el alcalde de la época, Jaime Rodríguez Ballesteros, fue quien tuvo que asumir la logística de esa época del apagón.

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Fue entonces cuando comenzó una época que transformó la rutina de todos.

Después llegó la decisión más recordada de aquella crisis: adelantar una hora el reloj nacional. A las doce de la noche del 2 de mayo nació oficialmente la famosa “Hora Gaviria”. De un instante a otro, Colombia pasó del huso horario UTC-5 al UTC-4, el mismo que utilizaba Venezuela. Cerca de mil alcaldes se resistieron inicialmente al cambio, pero el país terminó adaptándose durante casi diez meses.

¡Más que cambiar la hora, cambió la vida!

Vanguardia, en 1992, de manera didáctica publicaba cómo serían los nuevos horarios. (Archivo/VANGUARDIA)
Vanguardia, en 1992, de manera didáctica publicaba cómo serían los nuevos horarios. (Archivo/VANGUARDIA)

Las seis de la mañana parecían las antiguas cinco. Había que madrugar mucho más para aprovechar la luz del sol y acostarse temprano porque la oscuridad llegaba acompañada del temor de un nuevo apagón. Los niños salían hacia el colegio cuando todavía era de noche. Muchos llegaban dormidos a los salones mientras sus madres luchaban cada madrugada para despertarlos. No pocos padres decidieron acompañarlos por calles que permanecían demasiado oscuras.

Las oficinas comenzaron sus jornadas más temprano. Los partidos de fútbol y las telenovelas se seguían con la incertidumbre de no saber en qué momento desaparecería la electricidad. La radio, alimentada por pilas, volvió a ocupar el lugar que hoy tienen los teléfonos móviles. Y el silencio de los apagones hacía que hasta el viejo reloj de la sala pareciera sonar más fuerte que nunca.

Las noticias que fueron portada en aquella época de 1992. (Archivo/ VANGUARDIA)
Las noticias que fueron portada en aquella época de 1992. (Archivo/ VANGUARDIA)

En las cocinas reaparecieron las estufas de gasolina y regresaron las pipetas de gas. Las neveras dejaron de ser aliadas confiables y las amas de casa aprendieron a comprar únicamente lo indispensable para evitar que los alimentos se dañaran. Las lavadoras se convirtieron, literalmente, en muebles de adorno. Muchas trabajadoras domésticas regresaron al lavadero de piedra, al agua, al jabón y al esfuerzo de las manos, como si el tiempo hubiera decidido caminar hacia atrás.

La cocina también vivió una singular transformación. (Archivo / VANGUARDIA)
La cocina también vivió una singular transformación. (Archivo / VANGUARDIA)

Mientras tanto, unos pocos hicieron su agosto. Los vendedores de plantas eléctricas encontraron un negocio inesperado. Era común ver esos enormes equipos funcionando desde la madrugada frente a los almacenes, con un ruido que competía con los pregones de los comerciantes. En las redacciones de los periódicos abundaban las cartas de ciudadanos que se quejaban por la contaminación auditiva que producían aquellos motores.

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En Bucaramanga se registraron episodios que hoy parecen sacados de una novela costumbrista. El reloj de la torre de la parroquia San Laureano terminó desajustado -dicen que por un sabotaje- y confundía a quienes seguían creyendo en la puntualidad de sus campanadas. Hubo fieles que llegaron tarde a misa y otros demasiado temprano, convencidos de que el viejo cronómetro seguía marcando el tiempo correcto.

¡No todo fue oscuridad!

Los sociólogos comenzaron a hablar de las inesperadas bondades del apagón. Alrededor de la mesa y a la luz de las velas, muchas familias recuperaron conversaciones que la televisión había desplazado. Durante algunos meses, la falta de electricidad terminó iluminando espacios de encuentro que parecían perdidos.

En 1992, nació "La Luciérnaga”. (Archivo/VANGUARDIA)
En 1992, nació "La Luciérnaga”. (Archivo/VANGUARDIA)

También fue la época en la que nació “La Luciérnaga”, un programa radial cuyo nombre parecía una respuesta irónica al país de las tinieblas y que todavía hoy acompaña las tardes colombianas.

Aquellos meses coincidieron, además, con otro momento histórico. Mientras el país enfrentaba la peor crisis energética de su historia reciente, apenas comenzaba a caminar bajo la Constitución de 1991. Resultaba inevitable preguntarse si la oscuridad física contrastaba con la esperanza democrática que prometía la nueva Carta Política. Esa respuesta sigue siendo materia de debate.

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El racionamiento terminó el 7 de febrero de 1993. Regresó la electricidad, los relojes volvieron a su horario habitual y poco a poco la vida recuperó su ritmo. Sin embargo, el país nunca volvió a mirar igual los embalses ni a escuchar con indiferencia el nombre de El Niño.

Hoy, cuando otra vez las autoridades advierten sobre el comportamiento del clima y llaman al ahorro de agua y energía, aquella historia deja de ser un simple capítulo de los libros para convertirse en una advertencia. Las circunstancias son distintas, la infraestructura ha cambiado y el sistema eléctrico es más robusto, pero el mensaje sigue siendo el mismo: la naturaleza continúa imponiendo condiciones que ningún país puede ignorar.

Tal vez sea el momento de contarles a quienes nacieron muchos años después cómo era vivir con la incertidumbre de un apagón programado, cómo nos despertaban antes del amanecer para ir al colegio, cómo aprendimos que incluso la hora podía modificarse y cómo descubrimos, casi de golpe, que el clima también escribe la historia de una nación.

Porque quienes vivimos aquella época entendimos una lección que sigue vigente: la luz nunca depende únicamente de un interruptor. También depende del agua, del clima, de la planeación y, sobre todo, de la responsabilidad colectiva. Y esa, como hace más de tres décadas, sigue siendo una tarea de todos.

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