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Miércoles 14 de mayo de 2025 - 01:06 PM

Lujo y cocaína: el artista de la champeta que vivía como rey y era narco en secreto

Vivía entre fiestas, carros lujosos y música a todo volumen, pero detrás escondía una red de narcotráfico que hoy lo tiene pedido en extradición por EE. UU.

Marcos Pinto champeta
Marcos Pinto champeta

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Publicado por: Redacción Tendencias

Hasta hace unos días, Marcos Mesa Moreno era sinónimo de fiesta, champeta y emprendimiento cultural en Turbo, Antioquia. Conocido en el circuito artístico y social como Marcos Pinto, su nombre era respetado por ser el creador del picó El Grosero, uno de los más potentes y famosos de la región del Urabá antioqueño. Pero detrás de los potentes parlantes, los bailes populares y la vida de lujo, la DEA, la Policía y la Fiscalía lo conocían por otro alias: ‘Marquitos’, el narco invisible.

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La fachada era perfecta: empresario musical, promotor de artistas emergentes, figura popular en la costa. Pinto tenía una habilidad especial para armar fiestas memorables, apoyar talentos y ganarse el cariño de los suyos. Sin embargo, este fin de semana, todo ese mundo colorido se vino abajo cuando fue capturado en un operativo judicial en su propia vivienda, en el municipio de Turbo. La orden venía directamente desde Estados Unidos.

El picó El Grosero comenzó como una máquina de sonido modesta, casi artesanal, que animaba eventos de barrio a principios de 2022. Pero con el tiempo, y el respaldo económico que pocos se explicaban, creció hasta convertirse en un gigante sonoro que recorría ciudades, encendía bailes en Cartagena y Medellín, y se enfrentaba en competiciones regionales.

Marcos Pinto no solo se convirtió en referente musical del Urabá, sino también en patrón de muchas familias: tenía un equipo de trabajo grande, generaba empleo y ayudaba a sostener a músicos, técnicos, montadores y hasta vendedores ambulantes que giraban en torno a su máquina.

En redes sociales, era común verlo luciendo ropa de marcas internacionales, carros de alta gama y rodeado de amigos y artistas en fiestas opulentas, donde nunca faltaban los tragos caros, la música a todo volumen y la carne asada.

Pero bajo ese personaje carismático y querido, operaba otro completamente distinto.

La caída de Marquitos

Según informes oficiales, Marcos Pinto fungía como enlace directo del Clan del Golfo, específicamente de la subestructura criminal ‘Efrén Vargas Gutiérrez’. La DEA, en colaboración con las autoridades colombianas, venía siguiéndole la pista desde hace varios meses. Lo describen como un operador logístico clave para el tráfico internacional de cocaína, que coordinaba envíos de hasta tres toneladas mensuales desde Urabá y el Chocó hacia Centroamérica, con destino final en Estados Unidos.

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Su papel era esencial: movía cargamentos, cerraba acuerdos y financiaba operaciones delictivas mientras mantenía una imagen de empresario de eventos. Todo un perfil de “narco invisible”, como lo catalogaron los investigadores.

Alias ‘Marquitos’ era además hombre de confianza de alias ‘Chejo’, uno de los capos más poderosos del Urabá. El respaldo de este grupo armado le habría garantizado impunidad durante años, mientras su nombre brillaba entre luces de neón, parlantes y tarimas improvisadas.

La captura de Marcos Pinto no solo generó conmoción en Turbo, sino también entre la comunidad champetera del Caribe, que aún no digiere que uno de los suyos tuviera vínculos tan estrechos con el crimen organizado. Una corte de Texas emitió la orden de extradición y el proceso ya está en marcha. De concretarse, Pinto enfrentaría cargos por concierto para fabricar o distribuir cinco kilos o más de cocaína, delito que en EE. UU. puede acarrear décadas de prisión.

La noticia ha dejado un sabor amargo entre quienes lo conocieron solo como Marcos Pinto. “Ayudó a mucha gente, levantó el picó desde cero, nos dio trabajo”, se lee en algunos comentarios de redes sociales. Pero también hay decepción, incluso rabia. “Todo era con plata del narco. Todo estaba contaminado”, dicen otros.

En medio de la música, los aplausos y los reflectores, Marcos Pinto construyó una doble vida que terminó en tragedia judicial. Lo que para muchos fue una historia de superación y cultura popular, resultó ser, en palabras de las autoridades, una fachada cuidadosamente tejida para uno de los operadores más discretos del narcotráfico colombiano.

Ahora, mientras su picó permanece apagado, y las bocinas de El Grosero guardan silencio, su nombre resuena con fuerza no en una tarima, sino en los pasillos de la justicia internacional.

Publicado por: Redacción Tendencias

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