En las montañas de Santander, un proyecto pionero quiere demostrar que el turismo de base comunitaria y el compromiso local pueden proteger uno de los últimos relictos de bosque andino en Colombia, ubicado en Virolín, corregimiento de Charalá. Se trata de la Reserva Natural del Laboratorio Caminantr3s.

Preservar uno de los pocos fragmentos de bosque andino que aún sobreviven en Colombia es la misión central de un laboratorio de conservación pionero, ubicado en pleno corazón del departamento de Santander: Virolín, un corregimiento del municipio de Charalá.
Este corredor montañoso, ubicado en un valle interandino y rodeado por ecosistemas prácticamente intactos, se convirtió en la base de la Reserva Natural Laboratorio Caminantr3s, un proyecto por la conservación de la biodiversidad.
Gustavo Hitscherich y José Manuel González, periodistas y viajeros incansables, encontraron en las montañas de Santander el ecosistema ideal para aplicar los aprendizajes adquiridos en sus viajes por Colombia. Desde sus inicios, supieron que recorrer el país no era solo narrarlo, sino también escucharlo, comprenderlo y sembrar con él. Lea: La ruta para conocer el sur de Santander: donde la magia de la tierra cobra vida
Su concepto de “laboratorio” se redefine a partir del territorio, la vida y la comunidad. Más que un espacio de investigación tradicional, este lugar se convirtió en una apuesta por comprobar, con acciones concretas y cotidianas, que el turismo de base comunitaria con enfoque regenerativo puede ser una herramienta poderosa para cuidar la vida en todas sus formas.
Aquí, el turismo no llega a transformar la naturaleza, sino a fortalecer las economías locales y a reducir la presión del cambio climático sobre los ecosistemas. Así lo cuenta Hitscherich, pues “este tipo de turismo plantea la posibilidad de que el turista pueda convertirse en un agente activo en la dinamización de las economías locales, contribuyendo al bienestar de los territorios que visita”.
Virolín: un santuario de vida en riesgo
La reserva de Virolín es una zona bastante peculiar. En sus 10 hectáreas, se ubica en un corredor ecológico clave en la vía entre Charalá y Duitama, justo en la transición entre el páramo de La Rusia y bosques montanos andinos.
Es hogar de una impresionante biodiversidad que incluye especies endémicas, ejemplares que hoy están en peligro.
Una de ellas es la Andinobates virolinensis, conocida como “la rana venenosa de Santander”. Es una ranita diminuta, que apenas alcanza los 2 centímetros de longitud, pero con una gran importancia ecológica.
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Su sensibilidad a los cambios de temperatura la hace vulnerable frente al cambio climático, por lo que hoy se encuentra en estado crítico.
Otra especie es la Magnolia virolinensis, un árbol endémico de esta zona. José Manuel González cuenta que hasta ahora solo se han podido identificar 75 ejemplares y tres de ellos, están en la reserva. Ahora los están conservando para poder recolectar sus semillas y proliferar esta especie.
Pero el valor ecológico de este corredor no termina allí. Al ser un ecosistema estratégico, también alberga especies sombrilla como el puma concolor y el oso andino o de anteojos.
Su presencia y la de las demás especies indica la buena salud del ecosistema, y su conservación garantiza el equilibrio del Páramo que además es madre de dos de los principales afluentes del río Chicamocha: el río Suárez y el río Fonce.

Las fuentes hídricas que nacen en Virolín son precisamente los que nutren a estos afluentes. “Por eso, conservar este territorio no solo protege la biodiversidad local, sino que también garantiza el suministro de agua para miles de personas río abajo”, explica Hitscherich.
Hoy caminamos y conversamos de los retos que debemos afrontar de cara a encontrar soluciones y metodologías para...
Publicado por Reserva Natural Laboratorio CaminanTr3s en Sábado, 24 de mayo de 2025
El apoyo de diferentes proyectos y agencias, como Climate KIC de la Unión Europea, ha facilitado la identificación del estado de la reserva frente al calentamiento global.
Fábrica de semillas para restaurar la vida
Rodeado de montañas degradadas, el bosque de la reserva se ha convertido en una “fábrica de semillas”, el primer eje que fundamenta la propuesta y con el que se impulsa la restauración del bosque con viveros comunitarios.
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Los campesinos son capacitados para identificar árboles semilleros, colectar y germinar, y apoyar procesos de reforestación con especies nativas adaptadas a la región.
Restrepo, en un ejercicio de monitoreo, concluyó que tener un acercamiento gentil permite lograr este objetivo. En dos meses, vimos que la fauna nativa ha regresado al territorio. Si tratamos bien y entendemos a la naturaleza, va a ser una aliada para la restauración”, dice.
Ciencia campesina: conocimiento desde la raíz
Berta es una campesina que en sus tareas agrícolas, iba recogiendo las orquídeas que encontraba en el camino. Las sembraba en su casa y construyó, sin planearlo, un orquideario. Un día, un biólogo la visitó y vieron la oportunidad de estudiarlas. En ese proceso, identificaron dos especies endémicas. Y Berta se convirtió en la guardiana de las orquídeas tras 14 años de amor por estas emblemáticas flores.

Gustavo Hitscherich cuenta esta historia para entender el segundo pilar del laboratorio: La ciencia campesina. Con conocimiento empírico de los pobladores rurales junto al conocimiento científico, han creado un modelo de ciencia ciudadana que busca empoderar a las comunidades para que sean protagonistas en la investigación, monitoreo y conservación de sus territorios.
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Soberanía alimentaria: comer para conservar
El tercer pilar de esta reserva es la soberanía alimentaria, un ejercicio que según Hitscherich, nace de la necesidad de repensar cómo nos alimentamos para garantizar sostenibilidad y humana.
Los mismos campesinos, con sus saberes ancestrales sobre cocina, agricultura y plantas nativas, han resignificado el valor de los ingredientes que les provee su propio territorio a través de un laboratorio gastronómico.













