Lo que comenzó como un sueño en medio de la migración, se convirtió en un proyecto de vida.

Publicado por: Nuevos Proyectos
Karen Torres y Elibardo Villamizar, una pareja de venezolanos, han hecho de la Floristería Jardín Florido un referente en Bucaramanga para decorar y embellecer los momentos más especiales.
La historia está marcada por la resiliencia y la perseverancia. Hace ocho años, llegaron a Bucaramanga desde Venezuela, enfrentando las dificultades propias de la migración, pero también con la esperanza de construir un futuro mejor. En ese proceso encontraron en las flores una manera de transformar su vida y, con ella, la de cientos de clientes que hoy confían en su talento para hacer de cada ocasión un recuerdo inolvidable.
“Recuerdo que llegamos al Parque Romero y nos dimos cuenta del potencial que se tenía vender flores. Motivados por el mercado y la zona, decidimos empezar de cero, vendiendo en baldecitos en la calle. Con valentía y las ganas de salir adelante logramos entrar a la asociación del Parque Romero y tener nuestro local”, comenta Karen.

Ese inicio en las calles fue el punto de partida para lo que hoy es una floristería consolidada, ubicada en el Parque Romero, frente al cementerio central, en el puesto 11. Allí, con un espacio propio, han logrado expandir su portafolio y atender a clientes que buscan un detalle especial para sus celebraciones.
“Nuestro propósito es que los clientes encuentren en las flores, una forma de expresar lo que sienten”, afirma Karen Torres, fundadora de la Floristería Jardín Florido.
Actualmente, ofrecen ramos de cumpleaños, aniversarios, arreglos florales y decoraciones para eventos como matrimonios, quinceaños, primeras comuniones y bautizos. Cada creación lleva un sello único: la dedicación de sus fundadores y la intención de que cada cliente encuentre en las flores el mensaje perfecto para expresar sentimientos.
“El aprendizaje más bonito es descubrir todo lo que representan las flores, su diversidad, sus colores, los motivos que simbolizan. Cada una transmite algo único y especial”, señala Karen.

Pero el emprendimiento no se quedó únicamente en la venta. Con el tiempo, esta pareja decidió dar un paso más allá y comenzaron a cultivar sus propios girasoles. Se convirtieron en un símbolo de su crecimiento, pues no solo abastecen su negocio, sino que también los comercializan a otras floristerías de la ciudad.
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Este esfuerzo les ha permitido diversificar ingresos y garantizar un producto de calidad para sus clientes, reforzando su independencia como emprendedores. Además, el cultivo propio les abrió la posibilidad de innovar en sus diseños, sumando autenticidad y frescura a sus montajes.
“Nos distinguen no solo la variedad que ofrecemos, sino el trato cercano y humano que brindamos. Con nuestro estilo propio, marcado por el amor al oficio y la atención personalizada, hemos logrado fidelizar a una clientela que confía en nuestra creatividad”, concluye la emprendedora.
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