La investigación, realizada en 12 países hispanohablantes, advierte que la inteligencia emocional femenina puede ser una fortaleza para liderar, negociar y cuidar, pero también una carga invisible que pocas veces se reconoce.

Publicado por: Redacción Tendencias
En medio de jornadas laborales exigentes, tareas de cuidado y dinámicas sociales cada vez más tensas, muchas mujeres en América Latina siguen asumiendo una función que rara vez aparece en un contrato o en una descripción formal de cargo: leer el ambiente, detectar tensiones, modular conversaciones y contener emocionalmente a quienes las rodean.
Esa capacidad, conocida como inteligencia emocional, fue medida por la multilatina THT Company en un estudio aplicado a 20.050 mujeres de 12 países hispanohablantes de América. El análisis encontró que, en promedio, las participantes registraron mejores resultados en inteligencia interpersonal, es decir, en reconocer y valorar las emociones de otras personas, que en inteligencia intrapersonal, relacionada con identificar y regular las propias emociones.
El informe identificó además un punto crítico: aunque muchas mujeres muestran una alta capacidad para leer el estado emocional de los demás, los puntajes disminuyen cuando se trata de gestionar esas emociones ajenas, por ejemplo, al intentar desescalar conflictos, acompañar malestares o sostener la armonía de un equipo.
Lejos de tratarse de un dato menor, el hallazgo plantea una discusión de fondo sobre el lugar que siguen ocupando las mujeres en la administración cotidiana de los vínculos. En otras palabras, la habilidad emocional puede convertirse en una fortaleza para el liderazgo, la negociación, la docencia, el servicio al cliente o el cuidado, pero también en una carga cuando socialmente se da por sentado que ellas deben encargarse de sostener el equilibrio afectivo de los demás.
El estudio también encontró que variables como la edad y el nivel educativo se asociaron con mejores resultados. Según el documento, los puntajes aumentan a medida que crece el nivel de formación y tienden a alcanzar sus niveles más altos entre los 42 y 53 años. Después de ese rango, la puntuación comienza a disminuir, sobre todo en el componente intrapersonal.
En la comparación por países, Perú encabezó la medición: el 77 % de las participantes mostró un alto nivel de inteligencia emocional. Le siguió Ecuador, con 71 %. En contraste, Panamá y El Salvador presentaron los porcentajes más bajos del grupo, con 52 %. El reporte precisa que, en estos resultados, destacó especialmente la inteligencia interpersonal, es decir, la relacionada con el manejo de las emociones de otras personas.
En Colombia, el estudio también identificó diferencias territoriales entre los 17 departamentos con mayor participación. Norte de Santander y Atlántico aparecieron entre los de mejor desempeño, con 69 % y 68 %, respectivamente, en niveles de inteligencia emocional general superiores al promedio del estudio. En ambos casos, volvió a repetirse la misma tendencia: una mejor puntuación en el componente interpersonal que en el intrapersonal.
Sin embargo, el documento insiste en que estos resultados no deben leerse como si hubiera regiones “más emocionales” que otras. Lo que sugieren, más bien, es que cada territorio enfrenta presiones distintas como empleo, seguridad, acceso a servicios, redes de apoyo y factores culturales y que esas condiciones terminan moldeando la carga emocional cotidiana.
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Más allá de los porcentajes, uno de los aportes más sugerentes del estudio está en su lectura social del fenómeno. La inteligencia emocional femenina, sostiene el informe, no debería entenderse como un “don natural”, sino como una combinación de habilidades entrenables, experiencias de vida y expectativas culturales. Dicho de otro modo: no se trata de que las mujeres “adivinen todo”, sino de que, en promedio, suelen captar más matices en el tono de voz, los gestos o los cambios en la atmósfera de un grupo. El problema aparece cuando esa capacidad deja de ser una fortaleza y se convierte en una obligación tácita.
En entornos laborales, familiares y comunitarios, esa expectativa sigue operando de forma silenciosa. Si una mujer tiene más facilidad para detectar tensiones o acompañar emocionalmente a otros, con frecuencia se da por hecho que debe hacerlo siempre. Y cuando esa gestión afectiva no se reconoce, no se distribuye y no se compensa, termina por transformarse en desgaste.
La discusión, entonces, va más allá de quién siente más o quién se comunica mejor. El verdadero debate pasa por preguntarse quién está administrando las emociones en la vida diaria y bajo qué costo. En una región donde las desigualdades de género siguen marcando la organización del trabajo, el cuidado y la vida pública, esa pregunta no es menor.















