Después de 29 años, el precipicio cercano al aeropuerto Palonegro será intervenido en búsqueda de los restos de entre 23 y 63 personas desparecidas.

Tres décadas de ausencias, sumidas en el silencio perpetuo de la impunidad, hasta ahora. Un vacío jamás colmado por el olvido, porque la ausencia se vuelve infinita. Después de 29 años, ahítos de dolor, un acuerdo firmado en La Habana, que también parecía olvidado, fue impulsado por decenas de familiares que no cesaban de preguntarle al mundo por los suyos, extraviados incluso después de muertos.
Así, la Unidad Nacional de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas -UBPD- asumió la fase de exploración en la oquedad de los abismos cercanos al aeropuerto Palonegro de Bucaramanga. Junto a científicos forenses, antropólogos y especialistas, iniciaron la búsqueda de los restos de quienes fueron lanzados allí por grupos armados ilegales, organizaciones criminales e, incluso, agentes del Estado.
El retorno anhelado se convirtió en desesperanza y, luego, en una búsqueda incesante de los restos de quienes, con certeza, han muerto, asesinados de manera infame.
La profesora que nunca cesó en la búsqueda
De tanto indagar por aquellos que, de un día para otro, se esfumaron, muchas familias se unieron a Asfades y otras asociaciones para no permitir el olvido. Entre ellas está “Los Guardianes de la Memoria”, grupo del que forma parte la profesora Aura María Díaz Hernández desde que su hijo, César Ariel Sepúlveda, desapareció.
Tuvo la certeza de su destino aquella noche del 5 de septiembre de 1994, cuando desconocidos llegaron a su casa con preguntas incisivas sobre el paradero de su retoño, su sitio de trabajo, su oficio...

“Años después hallamos a mi hijo, enterrado como N.N. en la provincia guanentina.
“Después, hace unos seis años, encontraron los restos de Pedro Albarracín. Sus huesos fueron sacados de El Mirador. Claro, teníamos ese pálpito...”
Doña Aura María ya se pensionó, pero nunca ha dejado de apoyar a quienes siguen sin respuesta a su angustia y su soledad.
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De esa forma, buscan acabar con la incertidumbre de entre 23 y 63 familias de Bucaramanga, Girón y Rionegro, a quienes les arrancaron retazos de afecto cuando les arrebataron la vida a sus seres queridos. Entonces, los precipicios rumbo al aeropuerto comenzaron a hacer eco entre quienes no hallaban rastro de los suyos.
Así ocurrió con la dolorosa historia de Aura María Díaz Hernández, quien debió repartir su tiempo entre su trabajo como educadora, formando hombres de bien, y la búsqueda incansable de su hijo César Ariel, desde que cruzó el umbral de la puerta de su casa para no volver jamás.
“Me dijeron que lo habían matado y arrojado al río Chicamocha. Había salido hacia Oiba porque teníamos unos carros y un chofer llamó a decir que se había varado. Mi hijo quiso ayudar, pero no regresó.
“Dieciséis años después hallamos sus restos por coincidencia. Un funcionario en San Gil revisó el hallazgo de varias personas enterradas como N.N. y leyó en los documentos forenses la descripción de alguien encontrado en la orilla del río, en El Palmar.
“El detalle de su pie fue la certeza que luego confirmaron con las pruebas de ADN. Era César...”
Dolor no solo por la repentina desaparición de decenas de personas lanzadas al vacío, embutidas en llantas para que el recorrido de la muerte terminara en una oquedad impenetrable.
Allá arriba, en el Mirador de la Muerte, a poca distancia de donde carretean los sueños de miles de viajeros, yacen aún los restos de decenas de personas que nunca regresaron a casa. Fueron sentenciados a morir y arrojados al abismo por los actores armados del momento, muchos dentro de llantas, lanzados para que el olvido cómplice sellara todo como una lápida.
El olvido pretendió sepultar los crímenes a unos cuantos metros de donde despegan los sueños e ilusiones de los santandereanos...


















