Confiamos en que perdure su legado en materia de orden público y de crecimiento económico y que se erradiquen del escenario político latinoamericano las “bolsas de dinero”, los “autogolpes”, las “disoluciones de Congreso”, las “reorganizaciones del Poder Judicial” y las “Convocatorias a Asambleas Constituyentes”.
Tengo especial cercanía con el Perú. Hace ya más de 30 años fui designado por la OEA como Observador Internacional, cuando el “auto golpe” de abril de 1.992. El presidente Alberto Fujimori anunció la “disolución temporal” del Congreso y la “reorganización” del Poder Judicial y luego convocó a elecciones para un “Congreso Constituyente Democrático”, las cuales ganó por amplia mayoría. En 1.993 volví al Perú como Cónsul y pude vivir parte de la era Fujimori. Aunque mucho se hablaba de sus éxitos, encontré un país polarizado entre defensores y detractores del gobierno.
En 1990 Fujimori recibió un país en crisis, con una hiperinflación del 8.000% y con las medidas económicas del “Fujishock”, en el 2000 entregó el país con una inflación del 3,5%. En el orden público recibió un país con vastas zonas dominadas por Sendero Luminoso, una organización guerrillera marxista-leninista-maoísta extremadamente sanguinaria y brutal con cualquiera que en lo más mínimo se apartara de sus postulados, incluidos campesinos, trabajadores sindicalizados, empresarios y autoridades. Fujimori con medidas de autoridad, prontamente logró acabar con Sendero Luminoso.
Recuerdo dos hitos de orden público en su gobierno: El primero, la Operación Victoria de las fuerzas armadas del Perú en septiembre de 1992, que terminó con la captura del mítico líder de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán, en un escondite del popular distrito de Surquillo (Lima). Fue exhibido en una jaula con uniforme rayado y condenado a cadena perpetua, lo cual determinó el fin de ese grupo fundamentalista que por décadas asoló al país. Y el segundo, en abril de 1997, cuando en una operación sorpresa, las fuerzas militares del Perú liberaron a los rehenes (embajadores, cónsules y demás autoridades) secuestrados durante un agasajo en la residencia del embajador de Japón, por un comando de otro grupo extremista de izquierda, el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA). El secuestro duró 4 meses y terminó con la liberación de 71 de los 72 rehenes y la muerte de todos los terroristas.
Pero en los gobiernos de Fujimori no todo fueron éxitos: Primero vinieron los cuestionamientos por graves violaciones de los Derechos Humanos. Entre otras recuerdo la matanza de Barrios Altos, en la que un comando paramilitar conocido como el Grupo Colina masacró a 25 personas por sospechas de ser colaboradores de Sendero Luminoso y también la matanza de la Universidad de La Cantura en la que asesinaron a 9 estudiantes y a un profesor por acusaciones similares.
Ya avanzado su segundo gobierno, fue evidente la profunda corrupción que opacó sus logros. En septiembre del año 2000, estalló un escándalo mayúsculo que terminó con su gobierno: Vladimiro Montesinos, la persona de confianza de Fujimori, apareció en unos videos entregando bolsas con grandes cantidades de dinero a políticos y contratistas. Fujimori aprovechando su doble nacionalidad, huyó al Japón y se exilió. Años después fue capturado en Chile y extraditado al Perú y en el 2009 fue juzgado y condenado por tribunales de su propio país. El pasado 11 de septiembre falleció Alberto Fujimori, uno de los personajes más notables y polarizantes del Perú de las últimas décadas. Confiamos en que perdure su legado en materia de orden público y de crecimiento económico y que se erradiquen del escenario político latinoamericano las “bolsas de dinero”, los “autogolpes”, las “disoluciones de Congreso”, las “reorganizaciones del Poder Judicial” y las “Convocatorias a Asambleas Constituyentes”.










