Nervios como el olfatorio pueden convertirse en transportadores de bacterias, virus, hongos que eventualmente colonizan y enferman nuestra materia gris.
¿Sabías que nuestro cuerpo es como un pequeño universo? Dentro de nosotros viven millones y millones de microbios, tan pequeños que solo se pueden ver con un microscopio. Estos microbios, a los que llamamos microbiota, son como nuestros inquilinos invisibles. La realidad es que, sin esos microbios, nuestras vidas no serían posibles. El microbiota intestinal compite con los patógenos (microbios que nos enferman), además, entrenan a nuestro sistema de defensa. Ayudan a digerir los alimentos y producen ácidos grasos de cadena corta y vitamina B12. Juegan un papel fundamental en nuestro estado de ánimo y en nuestro comportamiento, dada su producción de serotonina. La piel, nuestro órgano más grande, tiene su propio microbiota que nos protege de aquellos que pudieran invadir nuestro interior por esa vía. Bueno, pues albergamos alrededor de cien billones de microbios que pueden pesar hasta dos kilogramos.
Hasta aquí no hay nada reciente. Resulta que hemos creído que nuestros cerebros, permanecen estériles gracias a que contamos con una barrera que impide que los microrganismos la atraviesen. Pero estos bichos pueden ocultarse en células de defensa como los macrófagos, al estilo de un caballo de troya, o la barrera puede llegar a ser porosa, u otras células inmunitarias, como la microglía, encargada de combatir intrusos y de limpiar escombros, pueden adoptar un papel contrario y hacer daño a las neuronas. Por si fuera poco, nervios como el olfatorio pueden convertirse en transportadores de bacterias, virus, hongos que eventualmente colonizan y enferman nuestra materia gris. Ya se sabía que Porphyromonas gingivalis y el virus del herpes simple están relacionados con cuadros de demencia, pero ahora ya hay evidencia de que el cerebro puede albergar una gran variedad y número de microrganismos, que como los del colon, pueden jugar también un papel protector dada la competencia con los patógenos, o sea, con los que hacen daño. Este avance redefine nuestra visión del cerebro y su relación con el resto del cuerpo, mostrando cómo microorganismos que consideramos insignificantes pueden influir profundamente en nuestra salud y calidad de vida. Además, abre el camino para que vacunas, antibióticos y antivirales puedan llegar a ser tratamientos efectivos contra la demencia y otros trastornos neurocognitivos. Ha sido difícil aceptar para nosotros, humanos arrogantes, acostumbrados a construir relatos que nos hacen creer que somos los dueños de la naturaleza, que ésta se empeñe en demostrarnos que nuestra subsistencia depende del equilibrio con todas las formas de vida.










